Esa imagen que arrastran los alemanes

Artículo publicado el 1 de Diciembre de 2003
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Artículo publicado el 1 de Diciembre de 2003

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De Lisboa a Viena, la imagen de los alemanes apenas varía: disciplinados, fríos, rigurosos, beben cerveza, comen salchichas. Clichés y viejos rencores difíciles de erradicar. Pero quien tiene la peor imagen de los alemanes puede que sea el propio alemán...

La búsqueda de un orgullo nacional es uno de los ejercicios mas complicados para los alemanes, que hoy en día todavía soportan el enorme peso de la responsabilidad que tuvo su país durante la segunda guerra mundial. La imagen que tienen de ellos mismos esta minada por la culpabilidad y los complejos. «En el extranjero, los alemanes se sienten culpables respecto a los demás en cuanto a la historia» asegura Sven, de 27 años y originario de Braunschweig, en Alemania del Oeste. «Cuando estaba en Berlín, nos cuenta Sandra, una francesa que vivió un año y medio en la capital alemana, me chocó una campaña de carteles muy importante y que debió ser muy cara, para decir a los jóvenes que tenían que estar orgullosos de ser alemanes. Como si fuera realmente difícil.»

Pero muchos jóvenes se rebelan contra este yugo heredado de la historia y esta imagen de «Hitler» que los demás europeos les siguen dando: «La guerra terminó hace 60 años. Es una pena que tanta gente nos siga odiando» se lamentaba Seraph, un joven alemán, durante un chat en que el participaba.

Al margen de este tema, los alemanes no gozan de una imagen muy agradable en el resto de Europa. «¿Mi imagen de los alemanes? Fríos y rigurosos» dice Marc, un informático francés de origen portugués. «Los que vienen de vacaciones a Inglaterra no parecen muy abiertos» afirma Bella, una londinense de 40 años. Hay que decir que los valores de trabajo, rigor y disciplina, que forman parte de la cultura alemana, no son muy apreciados, sino más bien percibidos como poco conviviales.

Alemanes ricos, fiables y tímidos

En cambio estos valores han contribuído a crear una economía poderosa y sólida. El llamado «milagro alemán » ha servido de modelo durante mucho tiempo. De este modo, aunque Berlín haga frente a dificultades económicas estructurales, y no haya sabido respetar los criterios del Pacto de Estabilidad europeo, la palabra «alemán» sigue siendo sinónimo de riqueza, buenos coches y saber-hacer industrial. También significa fiabilidad. «Cuando le dije al propietario de mi piso de dónde era - nos cuenta Sven, que vive en Francia desde hace unos meses- me dijo: Bien, por lo menos estoy seguro de que vas a pagar el alquiler sin problemas. » Los clichés a veces tienen su lado bueno

Cuando la nueva generación política, representada por Fischer, antiguo hombre de izquierdas, y el canciller Schröder, ha intentado desmarcarse del pasado alemán a su llegada al gobierno, no ha conseguido cambiar la imagen que tiene el gran público europeo con respecto a Alemania...

Por la sencilla razon de que son prácticamente desconocidos fuera de sus fronteras, donde la política alemana no consigue movilizar a nadie. La indiferencia envuelve a un pueblo que ya no se considera peligroso, pero tampoco muy interesante.

Al final, como explica Michel Meyer (1), especialista de Alemania, «Los alemanes, acomplejados debido a la historia, están convencidos de su imagen negativa y se preguntan cuál es la percepción de los demás. Nada que ver con los ingleses y los franceses, tan convecidos de ellos mismos, que son arrogantes. »

Un poco de timidez a veces da mejor resultado que un orgullo desmesurado. A base de humildad y de hacer esfuerzos, puede que los alemanes consigan deshacerse de la imagen poco favorable que tienen de ellos sus vecinos. No hay que perder la esperanza: los jóvenes europeos que nacieron durante el «milagro económico alemán» y la construcción europea, suelen tener una visión más optimista que la de sus primogénitos. Son más abiertos, menos ignorantes porque están mas acostumbrados a cruzar las fronteras y relacionarse con jóvenes de otros países, y puede que sepan borrar esa «vieja desconfianza, ese desamor () debido seguramente a una ausencia dramática de trato recíproco» que evoca Michel Meyer.

Sea como sea, es hora de olvidar, desde ambas partes, una historia en la que no hemos participado y por la que ya nadie puede hacer nada. Miremos más bien hacia adelante. Hacia una Europa abierta que saque a los alemanes de su relativo aislamiento.

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(1) Director de radio France Bleue y autor de « ¿El demonio es alemán? » ed. Grasset, 2000.