Eslovaquia: un escaso interés por Europa

Artículo publicado el 26 de Octubre de 2014
Artículo publicado el 26 de Octubre de 2014

En Bra­tis­la­va, a medio camino entre Rusia y la UE, la participación en las elecciones europeas no superó el 13 %. ¿Euroescepticismo? ¿Ausencia del sentimiento europeísta? No, simplemente un desinterés por la política procedente de Bruselas.

No se trata de un país que haya asaltado los escaños del Parlamento Europeo. En las elecciones del 2004 y del 2009, Eslovaquia había sido el Estado más abstencionista de la Unión Europea, con un 17 y un 20% de participación, respectivamente. Pero lo peor estaba por llegar: el récord negativo se ha producido en mayo de 2014, cuando la participación alcanzó el 13 %, una cifra sonrojante para el gobierno de Bra­ti­sla­va, sobre todo si se compara con la media eu­ro­pea (43 %) o con su vecina Au­stria (46 %). 

Esta espantada se debe al empacho de elecciones a los que se ha sometido a los eslovacos, cuatro en doce meses (elecciones regionales, presidenciales, europeas y municipales), que han agotado a los votantes y han dejado sin ideas a los partidos políticos, que han llegado a la cita electoral sin fuerzas. Pero también hay razones congénitas que no están relacionadas con el momento en el que se han producido. Ľuboš Blaha, miem­bro del par­ti­do de izquierdas SMER y pre­si­den­te del Comité de Asuntos Europeos conoce de primera mano lo sucedido: "El eslovaco común cree que trece par­la­men­ta­rios no tienen poder sobre un total de 751 y considera que no sirve de nada votar. Falta un modo de pensamiento 'eu­ro­peísta'. La UE gusta porque da dinero, pero aún es lejano el sentimiento de pertenencia cultural". An­drej Kla­pi­ca, can­di­da­to para ir a Estrasburgo con los cristiano-demócratas del KDH va más allá: "El pro­ble­ma es la ignorancia. En las escuelas, los estudiantes piensan que el Parlamento Europeo se encuentra en Bruselas y no conocen el nombre de sus trece eurodiputados". También tiene palabras para los periodistas, quienes "no hablan mucho de Eu­ro­pa: la intervención de un eurodiputado en la televisión dura cuatro minutos anuales de media. Nada que ver con el tiempo dedicado a los diputados nacionales".

EURO­PA SE SIENTE LEJANA, AL IGUAL QUE LA POLÍTICA

El cen­tro de Bra­ti­sla­va recuerda a un salón en el centro de Eu­ro­pa. Tras la caída del Telón de Acero, los grandes centros comerciales se abren paso entre la arquitectura eslovaca. En la ribera del Da­nu­bio se re­spi­ra "oc­ci­den­te" por los cuatro costados y si no fuera por los carteles escritos en eslovaco, tendríamos la sensación de pasear por Vien­a o Dre­sde. El inglés está difundido entre los jóvenes, quienes comentan el voto con más resignación que rabia. Pa­trick Pa­vlo­ski, estudiante de Ciencias Políticas en la Universidad de Bra­ti­sla­va explica: "No estamos acostumbrados a elecciones internacionales. La gente piensa que las elecciones nacionales son más importantes y es difícil motivarla". "La población está decepcionada por la corrupción política y por los programas electorales incumplidos, lo que provoca que no tengan ganas de ir a votar" af­ir­ma a su vez An­drej Čierny, de la Escuela de Arte de Bra­ti­sla­va, sin esconder las principales causas: "nos sentimos lejos de la UE, los periódicos solo hablan cuando se acercan las elecciones. Estoy seguro de que la mayoría de mis compañeros no conocen el nombre de sus representantes en Estrasburgo". Para ellos, Europa significa viajar, estudiar y trabajar en el extranjero, así como generosos ingresos en materia de autopistas y gasolina para la economía nacional. Ellos se consideran más eslovacos que europeos, pero son los abanderados de una generación que debe dar un paso decisivo para conseguir una completa integración. "Eu­ro­pa es sinónimo de libertad. Hace solo 25 años no podíamos hacer un buen número de cosas: sen­tir­me eu­ro­pea significa sentirme libre de ir adonde quiera, estar en contacto con miles de personas y formar parte de una comunidad" afirma Linda Tót­ho­vá, psi­cólo­ga y especialista en Recursos Humanos. A sus 31 años ella no olvida el pasado de su país y las limitaciones del régimen comunista. Para ella, el mayor desafío radica en hacer comprender a sus compatriotas, sobre todo a los mayores, que su opinión es importante. Se trata de una tarea ardua, ya que la visión más extendida considera que los eurodiputados se limitan a hacer acto de presencia en la lista de funcionarios del pueblo eslovaco.

SIN REACCIÓN EUROESCÉPTICA

Los jóvenes y los políticos están de acuerdo en una cosa: la po­lí­ti­ca de la Unión hacia Rusia debe ser más flexible. Para muchos, la anexión de Cri­mea es una injusticia, pero Putin se com­por­ta igual que otros líderes mundiales, que no son condenados de esta manera. Los jóvenes universitarios coinciden en que no gusta nada la demonización de Rusia por parte de algunos europeos. "Compartimos con Rusia la lengua, la cultura y las tradicionesremarca Bla­ha "y seremos los primeros en pagar por las sanciones a Moscú, debido a la dependencia energética y las estrechas relaciones entre las dos economías. Nuestra posición es, por ejemplo, opuesta a la de Po­lo­nia: es normal que los países europeos estén más inclinados a apoyar a sus países vecinos".

Sin embargo, el desinterés por las elecciones no provoca reacciones euroescépticas. Aquí no hay ningún Front National o Ukip que se alimente de la insatisfacción respecto a las coaliciones tradicionales. Las formaciones extremistas han fracasado: el Par­ti­do Nacional Eslovaco (SNS) no ha conseguido ni un solo eurodiputado; la misma suerte ha corrido Nuestra Eslovaquia, partido que había asustado con la victoria en Bans­ká By­stri­ca del extremista Ma­rian Ko­tle­ba, un simpatizante nazi. La lucha contra la inmigración y las minorías gitanas no calan en los eslovacos y les parece menos posible o deseable salir de Europa. "Frente a los que sucede en Fran­cia e Ita­lia, nadie sueña con salir del euro", af­ir­ma Pier­lui­gi So­lie­ri, di­rector del Buon­gior­no Slo­vac­chia (Buenos días, Eslovaquia), "porque la tasa de cambio ha sido favorable y los precios no se han disparado con el paso a la moneda única". Ro­ber­to Rizzo, de ­la embajada de I­ta­lia en Bra­ti­sla­va piensa lo mismo: "los eslovacos nunca han vivido tan bien. A pesar de la crisis, el PIB y el empleo aumentan y la UE ha aportado crecimiento y fondos para infraestructuras". No se trata de un sen­ti­men­to an­tieu­ro­peo debido a una participación pasiva. Parece como si lo importante fuera pertenecer al club, más que el hecho de tomar decisiones y participar en las que se toman.

EXPECTATIVAS MUY ALTAS

"Cuan­do no formábamos parte de Europa quería­­mos entrar continuamente. Ahora ya estamos tranquilos", nos explica Mag­da­le­na Va­sa­ryo­va, quien ha sido actriz y embajadora. Ahora está en el Parlamento eslovaco y en el Comité de Asuntos Europeos con la Unión Demócrata-Cristiana (Sdkú), de cen­troderecha mo­de­ra­do. "Tras muchos años de regímenes autoritarios, cuesta trabajo imponer los conceptos de responsabilidad y de ciudadanía. Hemos tenido expectativas muy altas: primero con la caída del Muro y luego con la adhesión a la UE. Generaciones enteras de eslovacos quieren vivir decentemente y, si no les parece suficiente, se desilusionan". Algunos políticos ven a Bru­sel­as como un cajero automático disponible y los políticos que están ligados a valores supuestamente tradicionales desvirtúan la realidad que se concibe de Europa. "Pero no se atreva a decir que somos un puente entre el este y el oeste. Somos europeos al 100 %  y la progresiva modernización resolverá las divisiones en temas de homosexualidad y fecundación in vitro". Ella sugiere priorizar la enseñanza en las escuelas y en internet. Desea ver en su país una mayor representación de los representantes europeos. Por esto las nuevas generaciones se sienten más europeístas dentro y fuera de la cabina electoral.

Este re­por­ta­je forma parte de la edición espe­cia­l del pro­yec­to "EU­to­pia: Time to Vote", de­di­ca­do a Bra­tis­la­va. El pro­yec­to está cofi­nan­cia­do por la Com­is­ioón Eu­ro­pea, el Mi­nis­te­ro de Asuntos Exteriores fran­cés, la fun­da­ció­n Hip­pocrène, la fun­da­ción Char­les Leo­pold Mayer y la fun­da­ción EVENS.