Esos locos lamas siberianos

Artículo publicado el 25 de Junio de 2014
Artículo publicado el 25 de Junio de 2014

5.600 ki­ló­me­tros al este de Moscú, en una ais­la­da cima si­be­ria­na, se en­cuen­tra el mo­nas­te­rio bu­dis­ta más fa­mo­so de Rusia. Estos días los me­dios nos traen la Rusia de Putin y Gaz­prom, bra­vu­có­n be­li­ge­ran­te, opre­si­vo e in­to­le­ran­te. Si via­ja­mos hacia el este nos en­con­tra­re­mos con una Rusia di­fe­ren­te.

Un dat­san es un grupo desor­ga­ni­za­do de flo­ri­dos tem­plos y cho­zas des­tar­ta­la­das para los lamas. Llego tem­prano; el sol aún no se ha lle­va­do la nie­bla ma­tu­ti­na. Los fie­les deam­bu­lan tran­qui­la­men­te al­re­de­dor del pe­rí­me­tro, su­su­rran­do para sí mis­mos o hacia el cielo, ha­cien­do girar las chi­rrian­tes rue­das de ple­ga­rias, co­lo­ri­dos ci­lin­dros de metal mon­ta­dos sobre man­gos. Los tem­plos son como pilas in­cli­na­das de pla­tos de­co­ra­dos. Sus for­mas se in­cli­nan y so­bre­sa­len aquí y allá. Pa­re­ce que es solo tras la suma de tales irre­gu­la­ri­da­des que los tem­plos al­can­zan el equi­li­brio.

El mur­mu­llo de las ora­cio­nes se es­ca­pa de las cho­zas y tem­plos. Los ar­bus­tos que pla­gan te­rre­nos ad­ya­cen­tes están ador­na­dos con co­lo­ri­das cin­tas de ora­cio­nes y ha­ra­pos. Las ramas se mue­ven de forma si­nies­tra, como ni­gro­man­tes erran­tes.

Un va­rio­pin­to sur­ti­do de com­pa­ñe­ros de viaje en tren me pidió que vi­nie­ra hasta aquí: un mu­sul­mán de Azer­bai­yán, un cris­tiano or­to­do­xo ruso y un al­cohó­li­co ateo. Dis­cre­pa­ban en mu­chos as­pec­tos, pero todos es­ta­ban se­gu­ros de una cosa: el dat­san de Ivol­ginsky es un "lugar es­pe­cial". Aun­que es un mo­nas­te­rio bu­dis­ta, el atrac­ti­vo del dat­san pa­re­ce anu­lar otras leal­ta­des es­pi­ri­tua­les en Si­be­ria. Cual­quie­ra puede venir a esta co­li­na en busca del con­sue­lo y con­se­jo de los lamas lo­ca­les.

Mien­tras subimos a la co­li­na en una fur­go­ne­ta, char­lo con Mikhail. De etnia rusa, ha via­ja­do du­ran­te va­rios días desde Kras­no­dar para lle­gar hasta aquí. Se afe­rra a su asien­to, y re­bo­ta en él de forma fre­né­ti­ca cuan­do la fur­go­ne­ta se en­cuen­tra con algún bache, con su mo­chi­la y su saco de dor­mir su­je­tos entre las ro­di­llas. "Vengo aquí cada par de años" me cuen­ta, "es un lugar es­pe­cial. Los lamas pue­den hacer que tu vida sea mejor". El con­duc­tor lanza una mo­ne­da por la ven­ta­na cada vez que pa­sa­mos cerca de un arbol de rezos cu­bier­to de ha­ra­pos.

Buria­tia: Una bes­tia muy di­fe­ren­te 

Con­for­me uno se aden­tra en el este de Si­be­ria, Rusia se con­vier­te en un lugar muy di­fe­ren­te. El as­fal­to da lugar a la arena, el polvo y los crá­te­res. Fla­man­tes Mer­ce­des dan paso a vehícu­los im­pro­vi­sa­dos con ex­ten­sio­nes ator­ni­lla­das. Las vacas deam­bu­lan por los ca­mi­nos como igua­les, ne­gán­do­se a dar paso a los vehícu­los que in­ten­tan ade­lan­tarlas. En vez de su­per­mer­ca­dos ahora vemos ex­ten­sos mer­ca­di­llos. Las ne­bli­no­sas mon­ta­ñas se hacen notar si­len­cio­sa­men­te de­trás de un océano de te­ja­dos de as­bes­to. El de­ba­te de es­la­vó­fi­los con­tra oc­ci­den­ta­lis­tas se vuel­ve re­dun­dan­te en este lugar. Bur­ia­tia es una bes­tia muy di­fe­ren­te.

Des­pués de dar unas vuel­tas por el dat­san, hablo con una mujer de me­dia­na edad que se sien­ta pa­cien­te­men­te con su hija a la en­tra­da de su choza. Maria ha via­ja­do va­rios cien­tos de mi­llas para venir aquí: su hija está en­fer­ma. Nos ex­pli­ca que se su­po­ne que de­be­rían mu­dar­se a Moscú muy pron­to, pero temen que la en­fer­me­dad sea un mal au­gu­rio. "Soy mé­di­co," nos dice, "pero los lamas del Dat­san de Ivol­ginsky tie­nen algo que la me­di­ci­na no ofre­ce. Ha­blad con ellos y lo en­ten­de­réis".

Y eso hago: hablo con un lama.

En­cuen­tro una pe­que­ña choza en los al­re­de­do­res del dat­san, llamo a la puer­ta y entro. Un lama echa un vis­ta­zo desde un rin­cón y me hace señas con la mano para que entre. Su ca­be­za afei­ta­da se alza ele­gan­te sobre su fi­gu­ra es­bel­ta. Cie­rro la puer­ta. Es­ta­mos solos en la choza. La luz se es­cu­rre entre las grie­tas de las ta­blas de ma­de­ra.

Me lleva a una ha­bi­ta­ción en la que hay una ca­mas­tro de ma­de­ra, un es­cri­to­rio y dos si­llas. Se sien­ta tras el es­cri­to­rio y su manto gra­na­te cuel­ga li­ge­ro en torno a él. "¿En qué puedo ayu­dar­te?", pre­gun­ta gen­til­men­te en ruso.

Me sien­to como si pu­die­ra ayu­dar­me en todo y en nada. No estoy ni en­fer­mo ni tengo nin­gún con­flic­to es­pi­ri­tual, así que im­pro­vi­so.

"Tengo malas sen­sa­cio­nes den­tro de mí. No sé de dónde vie­nen, pero son malas de ver­dad".

Asien­te con un mur­mu­llo y re­fle­xio­na, luego pre­gun­ta mi fecha de na­ci­mien­to. Se la digo y me anun­cia que soy un ca­ba­llo. Afir­ma que esto ex­pli­ca las malas sen­sa­cio­nes, las cua­les son, es­pe­cí­fi­ca­men­te, "tris­te­za, falta de poder, for­ta­le­za men­guan­te y can­san­cio". Me mues­tro de acuer­do, aun­que no sé a qué se re­fie­re con "falta de poder". Me dice que puede li­brar­me de esas sen­sa­cio­nes a base de ri­tua­les y me­di­ta­ción. Me manda a por leche, la cual será ne­ce­sa­ria para mi cu­ra­ción.

Rusia: Un mo­sai­co Ét­ni­co 

Los bu­ria­tos son in­dí­ge­nas de Si­be­ria. Es­ta­ban aquí antes que los rusos, antes in­clu­so de que los mon­go­les in­va­die­ran en el siglo XIII. Rusia no es un país es­la­vo ho­mo­gé­neo, or­to­do­xo y be­li­ge­ran­te, como mu­chos me­dios de co­mu­ni­ca­ción ma­ni­queos oc­ci­den­ta­les pue­den ha­cer­nos creer. Es un mo­sai­co de di­fe­ren­tes cul­tu­ras y et­nias, y Bu­ria­tia es el ejem­plo per­fec­to. Un 20% de Bu­ria­tia es bu­dis­ta, otro 30% de la gente es de etnia bu­ria­ta, y en toda Rusia hay al­re­de­dor de 1'5 mi­llo­nes de bu­dis­tas.

Sta­lin trató de erra­di­car el bu­dis­mo. Los lamas fue­ron ex­pul­sa­dos por con­si­de­rár­se­les "es­pías ja­po­ne­ses", se fu­si­ló a cre­yen­tes, y se dice que los sol­da­dos so­vié­ti­cos lia­ban ci­ga­rri­los usan­do ma­nus­cri­tos bu­dis­tas. Pero, desde la caída del Co­mu­nis­mo, el bu­dis­mo ha re­sur­gi­do con fuer­za. En abril de 2013, Vla­di­mir Putin vi­si­tó este mismo dat­san para ex­pre­sar su "total apoyo" a los bu­dis­tas rusos. "El bu­dis­mo ha desem­pe­ña­do un papel muy im­por­tan­te en Rusia", dijo Putin a los lamas del dat­san de Ivol­ginsky. "Siem­pre ha sido así. Es un hecho bien co­no­ci­do que los bu­dis­tas ayu­da­ron du­ran­te ambas gue­rras mun­dia­les". De­cla­ró que el bu­dis­mo es "un co­no­ci­mien­to hu­ma­nis­ta y be­né­vo­lo ba­sa­do en el amor por los demás y en el amor por el pro­pio país".

La Hora de la cu­ra­ción

Re­gre­so a la choza lle­van­do la leche. El lama se in­cli­na y saca una bolsa de polvo verde de un cajón, vier­te una línea sobre un lecho de arena y la en­cien­de. La es­tan­cia se llena de vapor ma­lo­lien­te.

El lama me sien­ta muy de­re­cho, co­lo­ca mis manos sobre mi vien­tre y me pide que, mien­tras él re­ci­ta sus can­tos, yo inspire len­ta­men­te, vi­sua­li­zan­do un Buda rojo ver­tien­do de una va­si­ja bon­dad, ale­gría y una larga vida sobre mi ca­be­za. Cuan­do mis pul­mo­nes estén lle­nos de­be­ría en­ton­ces ex­ha­lar todo lo malo que lleve den­tro antes de vol­ver a res­pi­rar un poco más de bon­dad, ale­gría y larga vida.

Cie­rro mis ojos y los can­tos co­mien­zan. Buda, en mi mente, in­cli­na la va­si­ja sobre mí y me colmo de bon­dad. Luego ex­pul­so todo lo malo y ya me sien­to mejor. Ins­pi­ro de nuevo, ex­pi­ro, y me noto aún mejor.

Cuan­do la sal­mo­dia con­clu­ye, el lama me manda fuera. Me pide que gire sobre mí mismo, que vier­ta leche en di­rec­ción oeste y toque el suelo, hacia el norte y toque el suelo, re­pi­ta el pro­ce­so hacia el este y sur, todo el rato ab­sor­bien­do bon­dad, ale­gría y larga vida en cada punto car­di­nal. Para cuan­do ter­mino las diez ro­ta­cio­nes me en­cuen­tro sobre un char­co de barro le­cho­so, pero estoy lleno de bon­dad y la su­cie­dad es irre­le­van­te.

De vuel­ta a la choza re­ci­bo una ben­di­ción final, la bon­dad se sella den­tro de mí y el lama me res­trie­ga una gota de acei­te aro­má­ti­co por la fren­te.

Cuan­do fi­nal­men­te emer­jo me sien­to in­fi­ni­ta­men­te mejor (cuan­do entré ya me en­con­tra­ba bas­tan­te bien). No viene al caso si esta me­jo­ría es real o solo una ilu­sión; cuan­do se trata del alma lo único que tie­nes son tus sen­sa­cio­nes. Me sien­to mejor, y lo voy a dejar ahí.