España y Marruecos, esa extraña pareja

Artículo publicado el 3 de Julio de 2002
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Artículo publicado el 3 de Julio de 2002

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La marroquí y la española son dos monarquías cuyos lazos se han estrechado desde un plano Personal abrigado por las simpatías entre el Conde de Barcelona (padre del rey D. Juan Carlos) y Hassan II.

Para todo aquel que quiera saber, la marroquí y la española son dos monarquías cuyos lazos se han estrechado desde un plano personal abrigado por las simpatías entre el Conde de Barcelona (padre del rey D. Juan Carlos) y Hassan II.

El contacto personal sería constante e incluso trascendente al plano político: Durante la Transición y ya con una democracia consolidada el rey D. Juan Carlos ha facilitado una buena interlocución entre el gobierno español y el marroquí, patente en el conflicto por la Marcha Verde (1977), diversas visitas oficiales, etc. Comunicación que se consolida en 1991 con la firma del Tratado de Amistad, Buena Vecindad y Cooperación entre ambos países y en la que el rey D.J.C participó como testigo, abriendo así una ronda de cumbres bilaterales periódicas. En palabras de Felipe González la relación de confianza personal y fraternidad entre los reyes de España y Marruecos allanó el camino decisivamente en más de un momento para solucionar situaciones delicadas.

En un plano económico, las relaciones entre estos países también gozan de gran fluidez, especialmente desde que en 1993 se eliminara la ley que limitaba la participación extranjera en empresas marroquíes, favoreciendo de esta manera la entrada de capital, la implantación de más de 800 empresas españolas y un intercambio económico que se eleva a más de 500.000 millones de pesetas al año, superando de este modo las cifras mantenidas con cualquier otro país de América Latina.

Sin embargo esta aparente relación de buenos vecinos se ve empañada por una realidad llena de escollos internacionales de gran calibre: la ya citada Marcha Verde, la cuestión del Sahara Occidental, los difíciles acuerdos de pesca, la inmigración ilegal, o las ciudades autónomas de Ceuta y Melilla. Todo parecía mantenerse en un punto estático a pesar de los malentendidos más o menos lógicos entre dos culturas diferentes (como por ejemplo en lo que respecta la libertad de expresión y prensa) el apoyo español a la creación de un censo de población en el Sahara para comenzar un día el referendum de autodeterminación y el rechazo al plan Baker... Sosteniéndose así unas tradicionales relaciones de doble filo.

Puesto que nada parece haber cambiado, ¿qué supone entonces la llamada a consulta del embajador marroquí en Madrid? ¿Y la prohibición a la prensa española para cubrir la visita oficial al Sahara de Mohamed VI? ¿ Y el retarso de la reunión hispano marroquí prevista para diciembre del 2001? Desde el Ministerio de Asuntos exteriores se ha declarado el desconocimiento de la/s causa/s que han provocado semejantes reacciones por parte del monarca alauita. Incluso la oposición socialista en España opta por una postura de prudencia y desconcierto semejante a la del Ejecutivo. En este tiempo no se ha recibido más explicación por parte del Marruecos que la de un desconcertante silencio.

Actualmente el contexto internacional es rico en acontecimientos y nuevas incertidumbres, especialmente desde que sabemos que en un futuro más o menos próximo no serán los países comunitarios quienes unilateralmente concluyan acuerdos internacionales, ni quienes acuerden una solución a sus controversias sino que será la propia Unión Europea. El ejemplo español será uno de tantos que salpicará de dificultades el camino hacia una línea única que dirija la política exterior de la Unión, ¿a caso España abandonará su postura de apoyo al Sahara Occidental? ¿Quizás Francia no volverá a concluir acuerdos de explotación petrolífera para varias de sus empresas en las aguas territoriales del Sahara Occidental con el gobierno de Rabat? Son cuestiones ejemplares que pueden ampliarse a otros diversos terrenos y cuyo fin más inmediato es el de despertar en los interesados una reflexión constructiva respecto a la nueva Europa que deberá dibujar unas relaciones exteriores coherentes y continuas y sobretodo comunitarias.