Españoles expatriados en Bruselas: ¿Depresivos en potencia?

Artículo publicado el 30 de Septiembre de 2011
Artículo publicado el 30 de Septiembre de 2011
Recientemente, ha visto la luz un inquietante sondeo: uno de cada tres europeos sufre una enfermedad mental o neurológica, sean estas leves, aunque muy molestas, como el insomnio, o claramente peligrosas para uno mismo y su entorno, como la demencia.
La cifra impresiona y nos invita a plantearnos una cuestión: ¿hay ciertas categorías socio-profesionales más expuestas que otras a este tipo de enfermedades?. Los empleados de las instituciones europeas en Bruselas tienen la reputación de ser víctimas de estrés y adicciones diversas. ¿Rumor o realidad? El testimono anónimo de una empleada parece confirmar el mito y tabú del emigrante depresivo...

Margarita* es española y hace ahora más de 15 años que vive en Bélgica. Vino para estudiar y al final decidió seguir aquí y casarse. . Entre sus preferencias no figuraba trabajar en el seno de las instituciones europeas de Bruselas, pero opositó y lo consiguió. Ha trabajado en la misma Dirección General durante muchos años, hasta que, hace tres, la cambiaron de departamento: “hay una importante política de movilidad dentro de la Comisión, que hace que, cada seis años, más o menos, se te cambie de sector”. Margarita se encuentra ahora en una nueva Direción General, con nuevos colegas y superiores, y, ante todo, nuevas responsabilidades: “en aquel momento sufrí un burn-out. Comenzó con insomnio. No conciliaba el sueño a causa del estrés. Mi nuevo puesto me demandaba una gran responsabilidad, particularmente financiera, y no me sentía preparada para ello. Dormía mal, comía mal. Creía que no iba a poder con ello”.

Sentía que no estaba a la altura

Entre sus nuevos colegas, Margarita no se siente arropada ni apoyada: no hay nadie que le explique sus nuevas funciones y se siente como en un circo donde debe superar pruebas a toda velocidad. Es perfeccionista y quiere hacer bien su trabajo, sin descuidar a su familia y sus hijos pequeños: "siempre he estado muy dotada para los estudios y, en la Comisión, también traté de estar entre los mejores. El problema es que allí es más difícil ser “el mejor entre los mejores”. Quizás era algo arribista al principio, pero he cambiado mucho. He tomado conciencia de que el camino que he seguido me satisface y que estoy muy apegada a mi vida familiar”.

Margarita cuenta que numerosas mujeres han tenido un dilema similar: “muchas de mis colegas hacen un paréntesis en su carrera durante algunos años; es muy difícil llevar las dos cosas”. Se toma un tiempo antes de nombrar el mal del que ha sido víctima porque todavía hay tabúes en el ámbito profesional: “Lo veía todo negro y no era fácil aceptarlo. A tu alrededor hay  hay mucha gente que sufre depresión o problemas de ansiedad o adicción al alcohol. Sin embargo, al contrario que con una enfermedad como el cáncer, nadie se atreve a hablar”. En efecto, son raros los casos de aquellos que muestran sus problemas de salud mental en el trabajo: “No es como una pierna rota, no es visible a la fuerza; incluso yo he tratado de ocultarlo”.

“Cuando pedí un psicólogo a la Comisión, lo tuve”

Tras un mes de baja médica, de visitas al psiquiatra y sesiones de sofrología, Margarita ha vuelto al trabajo y encuentra difícil explicar a sus compañeros lo que le ha pasado. Termina por hablar con algunos de los superiores que se han mostrado más comprensivos: “Expliqué que quería empezar a trabajar a tiempo parcial (al 80%); lo aceptaron bien pero, de hecho, suponía afrontar la misma cantidad de trabajo en menos tiempo”. Igualmente, se dirigió al servicio médico-social de la Comisión (que ella supiera, solo había un psiquiatra para centenares de empleados). Le respondieron que no había ninguna estructura dispuesta para ayudar a las personas víctimas de depresión: “No es como los alcohólicos anónimos, no hay ningún recurso al que dirigirse, ningún grupo con el que hablar. Es una verdadera pena”. Aunque se deje lo peor atrás, no se sale indemne de una depresión y las cicatrices permanecen. Más de tres años después de su burn-out, Margarita no ha dejado todavía algunos fármacos contra el insomnio y aún se siente frágil en el trabajo: “ya no tengo la misma capacidad de soportar el estrés”. A todos aquellos que puedan estar en su caso, ella quisiera decirles: “¡Rodeáos y hablad! Sé que es más fácil decirlo que hacerlo, pero no hace falta dejarse engullir por el trabajo. Hay que saber mantener una vida equilibrada y, si estáis lejos de vuestra familia, reconstruid donde estéis los círculos de amistad y de confianza”. Hoy, Margarita se siente mucho más estable, sus hijos han crecido y además, ha vuelto a coger la guitarra, un viejo sueño adolescente. De aquí a tres o cuatro años, la deberían cambiar de nuevo de sector y atribuirle nuevas funciones, aunque, ahora mismo, ella se siente más preparada para afrontar ese cambio.

*Margarita ha preferido mantener el anonimato. Se trata de un nombre falso

Fotos: Portada(cc)TimmyGUNZ/flickr ; Texto : Comisión Europea (cc) Stuart Chalmers/flickr, Cabeza estresada (cc)ian boyd/flickr, Despacho (cc)budgetplaces.com/flickr ; Vídeo : rtbf/youtube