Estudiar en El Cairo: Choque de civilizaciones

Artículo publicado el 16 de Febrero de 2012
Artículo publicado el 16 de Febrero de 2012
En Egipto, los Islamistas se convirtieron en la fuerza más poderosa, en parte gracias a los votos de los jóvenes musulmanes. La religión es su manera de distanciarse de Occidente. Una estudiante alemana en El Cairo nos explica su punto de vista.

La idea de la Primavera Árabe estaba muy bien: los miles de jóvenes que se sublevaron contra los déspotas, se manifestaron de manera pacífica y al final consiguieron vencer. Ben Ali huyó del país, Mubarak renunció a su cargo. Por primera vez, el Occidente y el mundo árabe estaban de acuerdo en algo fundamental: la Democracia es el objetivo. Pero cuando los pueblos de Túnez y Egipto acudieron a las urnas por primera voz, no dieron su voto a los partidos liberales. En ambos países al máximo poder llegaron los grupos islamistas.

¿Cómo sucedió? ¿Valió la pena para los los jóvenes árabes luchar por la libertad, para ser privados de ella poco después? ¿Por qué eligieron unos partidos que demandaban volver a introducir la poligamia, o querían prohibir a los turistas a lucir un bikini en la playa? Tal vez se pueda explicar esta contradicción con la ayuda de una historia. He estudiado varios meses en El Cairo, aproximadamente un año antes de que estallara la Revolución. Nosotros - cinco estudiantes de Alemania - fuimos los primeros estudiantes de intercambio aceptados por la Universidad de El Cairo. No es que nunca se haya aceptado a extranjeros en El Cairo, pero solían optar por las escuelas privadas: el MIU y la American University, donde estudiaba la clase alta egipcia. A la Universidad de El Cairo iban aquellos que no se podían permitir pagar unas tasas universitarias elevadas.

¿Valió la pena para los los jóvenes árabes luchar por la libertad, para ser privados de ella poco después?

Los estudiantes alemanes cursábamos unas asignaturas de economía en un instituto especializado, que costaba como mínimo unos cientos de euros por semestre. Estos cursos estaban reservados para la clase media egipcia y había pocos alumnos en la clase. Los estudiantes hablaban inglés con fluidez y nos recibían con una tímida curiosidad. Un día, un grupo de estudiantes jóvenes nos invitó a compartir con ellas un paseo en barco por el Nilo. Se llamaban Nesma, Heba, Yara y Lobna, cuatro compañeras de clase entre 17 y 19 años de edad, que soñaban con ser gerentes de marketing o empleadas del banco. Habían planeado el viaje con todo detalle: cuando llegamos a la orilla de río, el barco ya estaba preparado; nos esperaba también Koushari, un plato egipcio de lentejas y arroz que se enrolla como un sándwich; había una porción para cada uno de nosotros. También había dulces. Por la radio sonaba la música, reíamos e íbamos paseando por la cubierta.

"Escenas inapropriadas"

Pero cuando el muecín llamó por la noche, las chicas se callaron de repente. "Tenemos que escucharlo", dijo Lubna. Las cuatro se sentaron en los bancos de madera y escucharon la oración con atención. Más tarde, hablamos de política. En Occidente se tiene una imagen completamente equivocada del Islam, dijo una estudiante. "No somos todos terroristas". Israel era para ellos una cuestión de especial importancia. "Vienen y les quitan las tierras a los palestinos", dijo Heba. Estábamos calladas y conmovidas.

A pesar de todo, nos sentimos bienvenidas, porque se habían tomado tantas molestias... De nuestra parte, quisimos devolverles el favor por un día tan bonito. Invitamos a las chicas a cenar con nosotros, ver una película y charlar un rato por la noche. Pero no aparecieron. Primero la excusa era que vivíamos muy lejos; después, que no se lo permitían sus padres. Una de ellas sugirió que la película podría contener "escenas inapropiadas".

El viaje en barco, como pronto constatamos, fue un acto de promoción del estado egipcio. Han querido mostrarnos su mundo, pero no querían formar parte del nuestro. De hecho, era difícil imaginar a estas cuatro jóvenes en nuestro apartamento. A pesar de todas las convenciones existentes, a menudo tomábamos el sol en el jardín y por la noche intercambiábamos cerveza en packs de plástico, un servicio ofrecido por una empresa llamada "Drinkie's". Nesma, Heba, Yara y Libna no tenían ni idea de esto. Lo que sabían es que estábamos corriendo con los brazos desnudos al sol de la primavera, fumando cigarrillos liados a mano, muy lejos de nuestras familias. A los ojos de nuestras compañeras, este comportamiento era una razón suficiente para concluir que éramos más libres de lo que nos hacía falta.

La inmoralidad de Occidente

Cuando se nos dirigían los chicos en la universidad, las jóvenes estudiantes lo observaban con una mezcla de envidia y repugnancia. Representábamos todo un símbolo de Occidente. Incluso una tentación; una tentación inmoral. Estas mujeres estaban convencidas de que fueron creadas para combatir la inmoralidad del mundo. Era su garantía de que, a pesar de los buenos puestos de trabajo que obtendrían más tarde, a pesar de todos los viajes que harían, jamás estarían tan “perdidas” como nosotros. ¿Y después de la revolución? El mundo les está esperando. No era la libertad lo que necesitaban, sino la orientación. Y sólo los partidos que hacían de religión el punto central de su programa podían ofrecerles la seguridad que el Islam no se perdería de camino a la Democracia.

Después de un semestre en el extranjero, nunca más supe de aquellas chicas. Sólo una vez entré en la página de Facebook de otro ex-compañero de clase egipcio. En la sección "Opiniones políticas" con orgullo lucía la palabra “Democracia. Desde 25 de enero 2011 :) ”. Y más abajo “La religión: musulmana”.

Fotos: portada, (cc)Héctor de Pereda/flickr; texto (cc)*Zephyrance - don't wake me up/flickr