Etiopía y Sudán, al borde de la hambruna

Artículo publicado el 15 de Mayo de 2017
Artículo publicado el 15 de Mayo de 2017

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El Cuerno de África sufre el tercer año consecutivo de sequía y despierta la preocupación de la comunidad internacional. El pasado marzo, las Naciones Unidas hicieron sonar la alarma: calculan que «más de 20 millones de personas sufren hambre y malnutrición en Sudán del Sur, Nigeria, Somalia y Yemen.

 

Otro país de la región, Etiopía, también está afectado. 

En lo que va de año, en ese país solo se han recogido un 15 % de las precipitaciones previstas, lo que ha sumido las regiones de Borana (sur) y Somali (sudeste) en una grave crisis económica y alimentaria que puede terminar en hambruna: las familias ven cómo sus ahorros se consumen y no pueden adquirir alimentos básicos.

Sin cultivos ni vegetación, el ganado muere a diario en todos los pueblos de Borana, informa el fotoperiodista  Jonathan Fontaine. Con sus animales, las tribus de pastores pierden sus ingresos. Ahora deben hacer frente al hambre y la malnutrición.

La sequía hace especialmente difíciles las condiciones de vida de las mujeres y las niñas. Lina, de 11 años, debe caminar 6 kilómetros sola a través de lugares áridos para llevar agua a su familia. Las jóvenes deben recorrer 10 kilómetros para llevar agua a sus campamentos.

En En Sudán, una población exhausta por la guerra civil

En el campo de Malakal, los testimonios de los desplazados shilluk señalan la responsabilidad de la contra-insurrección del ejército sursudanés en la región. Akitch, antiguo granjero de 80 años, llegó en enero. En la comarca vecina de Panyikang, su pueblo subsistía gracias a la agricultura y la pesca. Desde que comenzó la guerra civil, «los ataques han diezmado nuestro ganado», se lamenta. Los combates también han impedido a los granjeros sembrar o cosechar y han cerrado las carreteras, asfixiando el mercado interior.

2,3 millones de sursudaneses han abandonado sus hogares; 1,7 millones de ellos han huido a países vecinos. Según el periodista Baptiste de Cazenove, la hemorragia se acelera. Esta crisis de refugiados, la tercera más grave del mundo, es la que se agrava a mayor velocidad, avisa el Alto Comisionado para los Refugiados (ACNUR). Más de 400 000 sudaneses se han exiliado ya; entre ellos, numerosos shilluks. Pero la frontera sudanesa está cerrada para los hombres y los adolescentes varones.

El «comandante» Olony recluta combatientes para contener los últimos asaltos del ejército. Ya en febrero de 2015, la UNICEF acusaba a Olony del secuestro de «cientos de niños» para enrolarlos. Entre todas las facciones sumaban más de 12 000 menores combatientes. 

El futuro del campo de desplazados de Malakal sigue siendo una incógnita. Johaness, el jefe shilluk, se muestra inquieto: «sólo Dios sabe cuándo vendrán a acabar con nosotros.» Los cooperantes temen que sea en cuanto hayan sido evacuados las mujeres y los niños.

En este lugar apartado, esta gente dejada a su suerte no entiende las razones de esta guerra civil, orquestada por las élites. Llegan a lamentar la independencia del país, "Estado fallido" antes de existir. Estos parias se dicen dispuestos, llegado el momento, a tomar las armas que tienen escondidas. «Esta hambruna es obra del hombre», se indigna Morten R. Petersen, de ECHO, la oficina humanitaria de la Comisión Europea.

Unos 100 000 sursudaneses corren el riesgo de morir de hambre en el centro del país, en las comarcas de Leer y Mayendit, una zona petrolífera favorable a la oposición. En los próximos meses, la amenaza se extiende a 1 millón de habitantes. La hambruna también es resultado de los bloqueos impuestos por las partes, según denuncia Petersen. Sin la autorización de los beligerantes, el personal de las agencias de la ONU y de las 150 ONG presentes, se expone a los disparos.

Desde que estalló el conflicto, han sido muertos más de 80 trabajadores humanitarios y los convoyes son saqueados regularmente. El Consejo de Derechos Humanos de la ONU acusa al Gobierno de desviar la ayuda humanitaria.