Europa como en Kinshasa

Artículo publicado el 31 de Julio de 2006
Artículo publicado el 31 de Julio de 2006
A ocho mil kilómetros de casa, la comunidad congoleña en París permanece más pendiente que nunca de la política de su país y poco convencidos de que las elecciones del pasado 30 de julio cambien algo.

Pocos turistas se atreven a adentrarse en el área que comienza en la estación de metro de Château Rouge, en el norte de París. Es viernes, son las seis de la tarde y la calle está llena de gente. Un hombre de origen malí vende nuez de cola a la entrada de la rue des Poissonières, mientras los ríos de personas se reparten entre las tiendas que venden lacres de cera. Los hombres, formando grupos, hablan animadamente en Lingala, una lengua congoleña hablada en el noroeste de su país, junto a las tiendas que rebosan de hojas de yuca y de plátano.

Todo se vende. Los capós de los coches se convierten en escaparates improvisados de joyas y las mujeres se transforman en maniquíes, con un vestido colgado a cada brazo. De un restaurante congoleño sale el olor a pez recién secado, el olor del fumbwah, el plato nacional del Congo-Brazzaville. A la entrada del restaurante, la gente se desparrama en conversaciones callejeras, donde se ríe y donde se habla de bizness y política. Bien podría ser Kinshasa. O casi.

Las elecciones robadas

“¿Cómo vamos a ser felices aquí? Éste no es mi hogar. Incluso si tuviera papeles aquí en Francia, seguiría siendo congoleño: una persona no puede nunca olvidar sus orígenes”, dice Antoine, que lleva en Francia más de 30 años. Primero, “sin papeles”, y después legalmente cuando el gobierno socialista regularizó la situación de 150.000 inmigrantes en 1982. Se siente muy unido a su tierra-madre, y mientras la República Democrática del Congo (DRC) celebra sus primeras elecciones democráticas en 45 años, sus sensaciones no son positivas: “Estas elecciones han sido establecidas por los que ya ostentan el poder: ellos no cambiarán nada”.

Jean, que voló hasta Francia hace quince años en busca de asilo político, le interrumpe: “Estas elecciones no son democráticas: el Gobierno está impidiendo que la oposición haga campaña en las zonas rurales, y están repartiendo votos falsificados a la gente de Burundi que hay en el este del país”. Todos y cada uno de los congoleños con los que he hablado compartían este profundo malestar. Victoriana nació en la RDC, pero salió de allí cuando tenía un año para trasladarse a Francia. Ella se queja de la hipocresía de la Unión Europea con su país: “Invierten todo ese dinero, pero sólo como cortina de humo. Todos sabemos que Kabila será elegido presidente.”

Entre las acusaciones de manipulación y falsificación de papeletas, es la influencia de las fuerzas externas lo que produce más inquietud. Para los congoleños que hacen su vida en Château Rouge, las elecciones son parte de una larga historia de injerencias extranjeras en los asuntos de su país. En 1961, Patrice Lumumba, la gran esperanza pan-africanista de los movimientos independentistas, fue asesinado. A día de hoy, hay pruebas sólidas que sugieren que el Reino Unido pudo estar implicado. “Estamos totalmente en contra de estas elecciones: han sido dictadas desde fuera, y los de fuera serán los únicos beneficiados”, sostiene Inkabala, un joven elocuente que no oculta su enfado por la explotación que sufre su país. “Lo tenemos todo: cobalto, diamantes, oro… Deberíamos ser el país más rico de África y, en vez de eso, somos los más pobres. Y peor aún, son los más ricos los que causan el sufrimiento de nuestro pueblo”.

A buscarse las habichuelas

Desde el fin del colonialismo, miles de congoleños se han trasladado a París. Durante los años sesenta, Francia impulsó la entrada de inmigrantes africanos, pero la guerra de Argelia desbarató el flujo migratorio natural que tenía que acabar llenando las factorías francesas de mano de obra. Desde 1974, el proceso se volvió más difícil, con el Gobierno exigiendo permisos de residencia y de trabajo obligatorios para poder quedarse. Desde los años noventa, la ley de inmigración francesa se ha vuelto cada vez más y más draconiana.

Aun así, la gente viene

En 2004, 4.317 congoleños solicitaron asilo en Francia, algo que da buena cuenta de que la inestabilidad sigue siendo una constante en su país. Es difícil contabilizar cuántos congoleños viven en suelo francés sin papeles, viviendo una vida en los márgenes de la sociedad.

En parte, la razón de la huida de los congoleños se explica con el derrumbe de su Estado. En 1955, el 34% de la población estaba empleada en la economía declarada. A principio de los noventa, esa proporción era ya sólo del 5%. La gente sin perspectiva de empleo en el Congo van a París para probar mejor suerte, para se débrouiller, dicen ellos, para buscarse las habichuelas. Y proporcionárselas a otros. Las empresas de transporte marítimo o las de envío de dinero que salpican Château Rouge viven de una población que no para de mandar a casa dinero y bienes de todo tipo. En París, los que buscan fortuna se mezclan con los que buscan obtener una buena educación o los que han pedido asilo político.

La foto del gran referente

Inkabala llegó a París hace un año, con su mujer y dos niños, y pidió asilo. “Por supuesto que quiero volver, pero si no puedo expresar mis creencias libremente: ¿cómo voy a volver?”, exclama mientras damos un paseo. El tono de su voz se ensombrece cuando habla de los periodistas asesinados en Kinshasa en las últimas semanas.

Vive de la pequeña ayuda económica que le corresponde como refugiado político, y ahora, Inkabala busca un partido al que afiliarse. “No puedo pensar en otra cosa que en política. Incluso cuando duermo”. Se pasa “algunas veces hasta diez horas al día” viendo las noticias que ponen en la televisión sobre su país. Mientras hablamos, saca una fotografía de su cartera. Es una imagen descolorida de Lumumba. “Aún creemos en las ideas, pero la Historia es muy clara: cada vez que alguien intenta sacar adelante al Congo, ese alguien acaba muerto por las influencias extranjeras”.

Viviendo el presente

Seguimos hablando, y un grupo de mujeres pasan corriendo y riendo, escondiendo bolsas bajo los coches justo antes de escurrirse por entre los callejones. Segundos después, tres policías doblan la esquina, buscando mercancía del mercado negro y “sin papeles”. Sin embargo, diez minutos después, las mujeres vuelven a tomar la calle, con sus bolsas de safu, una fruta congoleña, abiertas y ofreciéndose al viandante. Es una existencia en precario. Mientras hay miles de congoleños trabajando dentro del sistema francés, miles más trabajan en el bizness, el primo ilegal del “business”. Todo es como una extensión de la vida en la RDC. En un país con un Estado depredador que deja al pueblo al margen, la economía informal es la que manda. En Francia, muchos congoleños acaban, también allí, al margen de la sociedad, y la economía sumergida es una de las pocas formas de kobeta libaga, es decir, de romper las barreras que uno tiene que franquear para poder vivir.

Inkabala no parece estar muy preocupado. “La vida es dura, pero tenemos suficiente para comer. El problema no es el presente, sino el futuro. ¿Para qué tenemos un futuro si no podemos volver a casa? Aquí, sólo podemos vivir el presente”. Para algunos congoleños en París, es poco probable que las elecciones puedan cambiar eso.

Colaboró: Sophie Feyder