Europa debe seguir abierta al Imperio Otomano

Artículo publicado el 11 de Junio de 2003
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Artículo publicado el 11 de Junio de 2003

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La llegada del partido islamista moderado al poder no cambia nada en la excepción turca: Europa no puede permitirse perder un socio que cree en sí mismo.

La Unión Europea, en su gestión de la cuestión turca, se enfrenta a las tergiversaciones propias de su debilidad en política exterior. Como ocurre a menudo, está sufriendo las mayores dificultades para hablar con una única voz, en lugar de elegir la acción como modo de funcionamiento, prefiere encerrarse en un statu quo estéril esperando días mejores.

Pero la candidatura de Turquía llega en un momento delicado de la historia de la construcción europea, en el momento en el que los Quince intentan dotar a la Unión de una constitución y preparar la ampliación a 25 miembros. En este contexto, la intervención de Giscard d’Estaing ha tenido el mérito de plantear buenas preguntas. En efecto, al estimar necesario el mencionar la herencia cristiana de Europa en la futura constitución europea, d’Estaing pregunta a Europa sobre su identidad y por lo tanto sobre los límites (religiosos, culturales, geográficos) que deben definirse. Sin embargo, no se equivoca de objetivo al plantear el debate sobre la identidad religiosa y la mirada que pone sobre Turquía, sólo nos queda preguntarnos sobre una cierta falta de clarividencia en lo relativo a la esencia del régimen político de este país.

Turquía: laboratorio político del mundo musulmán

La llegada al poder de los islamistas “moderados” del AKP (Partido de la justicia y el desarrollo) ha hecho saltar las alarmas en Europa. Pero no hay que subestimarlos, su demonización es síntoma de un gran desconocimiento de la escena política turca. En efecto, su victoria ha sido analizada con frecuencia como un paso atrás del laicismo en la patria del kemalismo y como la recuperación de la ideología islamista propia del mundo musulmán. Sin embargo, hay que saber perfectamente de qué laicidad estamos hablando. El AKP representa un sector importante de la población turca y se ha sometido al sufragio popular antes de llegar al poder. Se trata de una de esas raras ascensiones legales al poder y sobre todo, sin una dura oposición de un partido islamista en un país musulmán en la cima de los aparatos legislativo y ejecutivo. Ahora bien, el Islam, en su forma religiosa y política, debe plantearse seriamente un nuevo debate de ideas, en un combate intelectual sin violencia para dejar que se exprese libremente la pluralidad de las opiniones. Esta modernización del Islam tiene que pasar sin duda por la modernización política de los países musulmanes y por lo tanto el mantenimiento en el paisaje político de los partidos islamistas aceptando las reglas del juego democrático.

Pero para llevar a término esta idea de transformación es necesario un doble proceso. En primer lugar un proceso endógeno: el islamismo integrista ha demostrado su incapacidad para responder a los desafíos económicos, políticos y socioculturales de la modernidad y terminará por aislarse de la población de los países musulmanes mientras tenga dificultades para definirse como proyecto político y para unirse a una verdadera fuerza política. A continuación vendría un proceso exógeno en el que Occidente en general y Europa en particular, pueden ofrecerse como socios activos de este proceso.

Turquía simboliza esta fase de cambio y se encuentra en el núcleo de esa transformación. Como prueba, la mayoría de los dirigentes de los países árabes no ven diferencias significativas entre la naturaleza de los regímenes que ellos han instaurado y la especificidad turca. Para ellos se trata simplemente de un régimen como los demás, donde el poder ha sido confiscado por los militares. Pero se trata en realidad de dos experiencias profundamente opuestas en la medida en que en Turquía, el ejército ha aceptado la llegada al poder de los islamistas, algunos corregidos y revisados para responder a los principios de la democracia y el laicismo.

Nuevas relaciones entre el Islam y la democracia

Quizás ésta sea una ocasión única que deja escapar Europa sin darse cuenta de la especificidad de la experiencia turca y la orientación política que se ha dado Ankara con miras a entrar en la Unión Europea. La cuestión tiene el mérito de haber sido planteada. Para numerosos países, la perspectiva de formar parte de la Unión Europea se convierte a medio y a largo plazo en un objetivo que influye en su política nacional. Incluso es posible afirmar, en base a varios aspectos, que esta perspectiva aparece como uno de los factores que permite a estos últimos entrar en la modernidad en el sentido amplio del término, tanto desde un punto de vista económico como sociocultural.

Bajo el impulso de Europa, Turquía ha debido plantearse cuestiones fundamentales en cuanto a la esencia de su régimen. Su carácter laico viene del fundador de la República Turca, Ataturk, pero es bueno para Europa que Turquía haya abolido la pena de muerte. Y cuando se pone esta decisión en perspectiva, por ejemplo, con los debates éticos y morales que suscitó la abolición en Francia (en 1981), podemos ser conscientes del profundo significado, en términos de apuesta de una sociedad, que toma esta decisión. Turquía debe prolongar, siempre bajo el impulso de Europa, lo que se considera como una experiencia

Así pues, la paradoja se encuentra en la dificultad para apreciar el hecho democrático en estos países. El alarmismo tras la victoria del AKP es signo de una esquizofrenia reveladora: Occidente se alegra del aumento de la democracia en el mundo, pero no esconde que le gustaría tallarla a su imagen y semejanza. Es en esa situación donde el Islam se encuentra incómoda frente a la modernidad. En primer lugar, porque es incapaz de situarse temporal y espacialmente en esa modernidad. Desarrolla un cierto respeto a la modernidad, un sentimiento de frustración, de angustia, ya que esa modernidad parece que se le escapa, o al menos que no consigue apropiarse de ella. Así, por ejemplo, el retraso acumulado en las ciencias es revelador de esa situación en el mundo musulmán ya que aunque sea capaz de dominar la tecnología, no ha producido nada significativo desde el siglo XVII. A esto cabría añadir que Occidente no está en el origen de la crispación de identidades que afecta hoy por hoy al Islam, pero indiscutiblemente participa en ello siendo el único que otorga o quita el título de modernidad.

Europa, conductora de la modernidad en la cuenca mediterránea

Turquía, a su manera, ha decidido volverse hacia esa modernidad. Sin embargo, la ausencia de respuestas claras a las demandas turcas conlleva una fuerte inquietud de las opiniones públicas europeas y turca. Por un lado está en juego la definición de Europa. ¿Cuáles son los medios para afirmar su identidad? Por otro lado, se olvida muy a menudo que Turquía, a partir del final de la Primera Guerra Mundial, ha entablado un proceso de acercamiento político y militar con el mundo occidental: en primer lugar, por la voluntad reformadora de Mustafa Kemal Ataturk quien, apoyándose en el modelo occidental, hizo entrar a su país con paso firme en la modernidad; en segundo lugar, por un constante posicionamiento pro occidental a lo largo de la guerra fría cuando Turquía tenía un papel preponderante en el encauzamiento de la URSS (entrada en la OTAN en 1952, en el Consejo de Europa, la OCDE...).

Pero si ocurriese que la candidatura turca fuese rechazada en la Unión Europea por razones claramente definidas, el mayor peligro sería el de una Europa que no propusiese alternativas a ese rechazo. Pues no hay que equivocarse en eso. En el fondo, la entrada de Turquía a corto plazo en Europa es a la vez una utopía e incluso algo suicida por varios aspectos. La candidatura de Turquía deber ser objeto de un trabajo en profundidad. Se trata de poner en marcha un proceso de negociaciones teniendo en cuenta todas las especificidades de la cuestión turca. En efecto, el peligro vendría sobre todo de una Unión Europea que ceda a imperativos pragmáticos y a la precipitación. En primer lugar, a Europa la falta un proyecto político (como lo demuestran los avatares de la elaboración de una constitución europea y el incierto desafío impuesto por la ampliación de 15 a 25 miembros).

A continuación, Turquía debe, según creo, formar parte de una visión global de la modernización y homogenización de la cuenca mediterránea. La tarea de Europa no es sacar al Mediterráneo del atolladero. Pero tampoco está de más, desde una perspectiva pragmática, que sus intereses residan en una cuenca mediterránea estable política, económica y socialmente. En efecto, los países árabes acusan un retraso considerable en un gran número de campos: debilidad de las instituciones, inexistencia de la sociedad civil y corrupción de las élites desde un punto de vista político; falta de diversidad de recursos económicos, debilidad o más bien inexistencia del sector privado, lentitud de la administración y arcaísmo del sector público desde un punto de vista estructural. A este reto, una visión global de la modernización de la cuenca mediterránea, donde Turquía tendría un papel preponderante, favorecería el surgimiento de un polo económico poderoso, integrado y que reconciliaría a Europa con su vocación universalista en materia de derechos humanos. Hay un gran riesgo al querer dotar a Europa de unas fronteras definidas y de una “identidad”: verla convertirse en una entidad cerrada que deja a sus puertas una periferia subdesarrollada que lucha en los meandros de la pobreza.