Europa - EE UU: las patatas fritas vuelven a ser francesas

Artículo publicado el 11 de Septiembre de 2006
Artículo publicado el 11 de Septiembre de 2006

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A pesar de que el poder de persuasión de Europa recibe un apoyo creciente en los baluartes del liberalismo en EE UU, el país sigue sin fiarse de las instituciones militares de la UE.

Justo después del 11-S, en Europa surgió una oleada de compasión hacia Estados Unidos. “Todos somos estadounidenses”, proclamaba el diario francés Le Monde en su edición del 12 de septiembre de 2001. Las diferencias en los modos de combatir el terrorismo llevaron a un distanciamiento cada vez más grande entre los aliados transatlánticos que hizo aumentar el antiamericanismo en Europa y creó aversión hacia la UE en Estados Unidos. Basta recordar cuando la cafetería de la Cámara de Representantes de EE UU cambió el nombre de las patatas fritas (French fries) por “patatas fritas libertad” (Freedom fries). Hace unas semanas esta medida fue revocada y las patatas fritas estadounidenses recuperaron su calificativo afrancesado de siempre. Ahora, en los baluartes del liberalismo se empieza a pensar que Europa es una aliada valiosa en la guerra contra el terrorismo.

Europa cuenta

La idea predominante en EE UU después del 11-S era que las negociaciones con los terroristas eran imposibles y que el interés por abrir una vía diplomática por parte de Europa no sería eficaz. Si los europeos se negaban a seguir el liderazgo estadounidense, el unilateralismo quedaba como la única opción disponible para los EE UU. Sin embargo, cinco años después, la mayoría de los estadounidenses en Washington y Nueva York –dos ciudades golpeadas por Al Qaeda- ven cada vez con mejores ojos los esfuerzos de Europa en la lucha contra el terrorismo. “Estados Unidos y la Unión Europea son aliados indispensables en la batalla actual contra el terrorismo internacional. Ninguno de ellos puede tener éxito sin el otro”, afirma Michael E. Brown, experto en asuntos de seguridad y decano de la Elliott School of International Affairs de la Universidad George Washington. La gente de a pie tiene ideas parecidas. James, coordinador de servicios de atención al estudiante en una escuela de idiomas en Manhattan, considera que Europa puede “ayudar a imponer una estrategia más amplia y eficaz”. Según una encuesta del German Marshall Fund realizada en 2005, más de la mitad de los estadounidenses creen que EE UU y la UE deberían trabajar en estrecha colaboración, y un sorprendente 73% se declaraban también a favor de un mayor liderazgo de la UE en asuntos internacionales.

Está creciendo el número de los estadounidenses que se dan cuenta de que el terrorismo no se derrota sólo con armas. Al fin y al cabo, el poder de persuasión de Europa podría resultar menos irrelevante e ineficaz de lo esperado, y de ahí que los estadounidenses aprecien cada vez más su ayuda. Julia, de 26 años, profesora de inglés en Nueva York, cree que EE UU ha creado tanta aversión y desconfianza en el extranjero hacia sí mismo que la colaboración europea es imprescindible para promover el diálogo y la diplomacia. Para los estadounidenses progresistas, Europa tiene éxitos en la lucha contra el terrorismo sin atentar contra las libertades y los derechos en nombre de la seguridad, en contraste con la Administración de George W. Bush en EE UU. “El fracasado complot contra aviones comerciales que volaban de Londres a EE UU demuestra que la lucha de Europa contra el terrorismo resulta eficaz”, señala Abby, periodista residente en Washington y que añade: “No me consta que allí escuchen las llamadas telefónicas de los ciudadanos como lo hizo la Agencia de Seguridad Nacional aquí o que tengan prisiones como Abu Ghraib”.

Los ataques en Londres y Madrid y los complots desenmascarados en países como Francia, Italia y Alemania decididamente han contribuido a que los estadounidenses recuerden que Europa también está en la vanguardia de la lucha contra el terrorismo internacional. Jeremy Shapiro, director de investigaciones en el Centro Estados Unidos y Europa, de la Brookings Institution y con sede en Washington, destaca la preocupación de los círculos que elaboran la política antiterrorista en Washington: “Al contrario de lo que cree la gente, ni las madrassas (escuelas islámicas) en Pakistán, ni las chabolas en El Cairo son capaces de producir a los guardias de asalto del terrorismo internacional. Muchos musulmanes jóvenes y enfadados en Europa se están radicalizando”. Al darse cuenta de que Europa podría ser una fuente de terroristas que amenazaran a EE UU, muchos expertos estadounidenses atribuyen al Viejo Continente una responsabilidad cada vez más grande.

Sin embargo, hay límites

No obstante, todavía se considera que la seguridad y las capacidades de defensa de Europa son débiles, infradotadas e incapaces de asimilarse a la maquinaria antiterrorista de Estados Unidos. “La Union Europea es importante, pero no muy útil. El Consejo Europeo, Europol, Eurojust y las demás instituciones de la UE adolecen de novatas y patéticas a la hora de responder al terrorismo”, sostiene Shapiro. Jon, de 33 años, que actualmente trabaja para la Embajada británica en Washington, hace hincapié en la necesidad de Europa de mejorar sus recursos militares y de inteligencia para enfrentarse al terrorismo internacional. Según Michael Brown, “la clave para una mejor política antiterrorista consiste en desarrollar la comunicación y el intercambio de información tanto dentro de los gobiernos como entre ellos”.

En baluartes liberales como Nueva York y Washington, se considera que Europa es una aliada importante en la lucha contra el terrorismo, pero en las regiones donde Bush tiene su base electoral, las cosas se ven de otra manera. Es más, sigue existiendo una diferencia fundamental en la forma de percibir el terrorismo a los dos lados del Atlántico. Según un estudio del German Marshall Fund, el 71% de los estadounidenses considera el terrorismo como una amenaza crítica para la seguridad nacional, mientras que sólo un 53% de los europeos comparten esta idea. Esta diferencia de opiniones afecta inevitablemente a las prioridades y estrategias de cada parte, infravalorando su capacidad de colaboración.

Colaboraron: Linda Mézes desde Washington y Lorenzo Erroi desde Nueva York