Europa en cinco minutos y medio

Artículo publicado el 6 de Julio de 2009
Artículo publicado el 6 de Julio de 2009

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

Bucarest, Bolzano, Berlín… Nurith, una joven de 24 años, se dirige a un agitado viaje por carretera a través de Europa y se deja llevar entre flirteos sin límites y la nostalgia de los países lejanos

©Nicolae Comanescu/ Dust 2.0Beber té con leche y miel en Bucarest, con galletas por solo 6 leus (la moneda de Rumanía) mientras fuera, el tráfico ocupa el Bulevar Magheru. A partir de las tres y media no se puede pasar, los autobuses puestos en fila uno detrás de otro, los tranvías, con sus puertas abiertas y la gente que sale, para continuar el camino a pie. Resuenan los claxons de los soliviantados conductores y las amenazadoras canciones pop en los autobuses. Solo cuando la oscuridad cae sobre la ciudad se hace el silencio en Bucarest, solo los perros, que vagabundean hambrientos por las calles, levantan la vista aburridos, como yo cuando pasaba por delante de ellos.

"Écris-moi en Français!", me escribe Benjamin en una carta que me pasa por encima de la mesa. Dos semanas después yo aún no le había escrito. Solo le escribí a Ciryl, pero tampoco tuvo noticias mías porque no estaba en casa. Yo tampoco recibí sus cartasYo ya había subido al tren, con la cabeza asomando por la ventanilla, con el pelo ondeando, y el compartimento vacío. Las estaciones de tren de pueblos perdidos entre campos dorados, en las tierras que cultivan los agricultores.

Cuando me levanto, aún es de noche sobre Bolzano, las montañas dormidas, las estrellas iluminan con su brillo. A través de las angostas callejuelas de la ciudad, a lo largo de mercado del Obstmarket, con los puestos cerrados, sobre el puente, bajo el que el río Talvera fluye -clac, clac, clac. Y una puerta que oculta tras de sí un abrazo somnoliento.

©So gesehen./flickr

Poco después me escribe Ricardo, cuando caen los primeros copos de nieve sobre la ciudad. Puedo sentir esa nieve, oler el invierno de Bolzano, cuando hace frío andamos en la oscuridad de la tarde. Dejé hace tiempo la ciudad en otro tren que me lleva en dirección norte.

Le he llevado a Amélie unos buñuelos, y Philippe me trae crema de caramelo y mantequilla salada. Comemos juntos, mientras un viento golpea suavemente contra la ventana. Los cruasanes todavía guardan el calor cuando se asoma el sol entre las casas. Cogemos el para pasar el día, nuestras bicicletas oxidadas, el biquini en la mochila y una idea mental aproximada del mapa a seguir.

A mediodía, descubrimos una playa entre las rocas en el frío Atlántico, que nos acoge y nos mece con sus suaves olas. Comemos crepes en el puerto hasta que la salsa de caramelo gotea sobre nuestras camisas y nuestras manos pegajosas por el azúcar.Cuando acaricio el jersey de Philippe, se me quedan pegadas pelusas negras, como ríos en mis manos. Con una tímida risa, Philippe apoya su brazo sobre mí y pone sus labios, con sabor a caramelo salado, sobre los míos.

©Mädchen aus Ostberlin/flickrMás tarde, me siento de nuevo en el barco, miro hacia atrás mientras Philippe se queda al borde del puerto. Coge su bicicleta y se dirige despacio hacia la calle principal, mientras los otros nos hacen señas. Au revoir, Amélie, au revoir, Manuel, cuando os vuelva a ver será primavera en Berlín, y decoraremos las habitaciones de nuestra gran casa con vestíbulo. Tras cuatro meses sin nuestras ollas y sartenes desgastadas, con sus mangos y asas que empiezan a tambalearse y finalmente se rompen.

He pasado el domingo con Jan, tirados sobre la alfombra. El día que adelantamos la despedida, había un vestido de verano tirado al lado de la puerta de entrada, el cielo está azul, se oye el risueño griterío del pueblo. Por las tardes nos encontramos con Tango en el museo antiguo, tomamos vino tinto en la pradera sobre la que habíamos extendido mantas.

“Tú deberías haberme visto en sueños, cuando sueño contigo”, susurra Jan. “Cuando me despierto, te has ido”. Yo guardo silencio. Sí, un día volveré a irme, cada cuál seguirá su camino. Y retomo mi viaje, un día de primavera estaba tumbada al aire libre, mientras, dentro, el fuego chispeaba en la chimenea. Pero aún es verano, nosotros nos cogemos del brazo, mis ojos brillan cuando escalamos las montañas sobre Budapest. Jugendstilbäder, vastos parques, palacios renovados, que aún huele a hierba mojada, al lado del gris pueblo adormilado. En el Café Demel, una famosa chocolatería vienesa, compramos chocolate con leche, cuyo papel de plata aún crujía entre mis dedos, mientras miraba con asombro los escaparates de azúcar y mazapán. Violetas escarchadas para las señoras y chocolate amargo sin leche para los caballeros.

Delante de la puerta, el calor del mediodía nos azota. Un viento silba sobre las casas, mezclado con el zumbido de los motoristas, desde la proa de un barco. Después de dos semanas, algunos mechones de nuestro pelo se habían dorado junto a nuestras brillantes caras quemadas y los ojos azul verdoso, que obsevábamos en el espejo por las mañanas. En la playa esperamos encontrar conchas con perlas dentro, sin embargo, todo lo que hayamos son trocitos de vidrio, que brillan con el sol. Pasamos la tarde leyendo libros, Kasper en el sofá, yo en una silla, Kasper tirado en la cama, en donde se amontonan los libros, yo en la mesa de la cocina, mientras fuera, la primavera se despliega sobre la ciudad.

Los croasanes de chocolate que él me había prometido, los fines de semana en el mar... En lugar de eso hay guisantes fríos con pan y café con la tía Trude, a la que no entiendo porque habla en dialecto. Yo solo sonrío, desvalida. Mientras, Kasper juega con el móvil bajo la mesa. Para despedirse, me regaló una sombrerera verde oscura con una banda roja, en la que yo más tarde guardaría sus cartas, con 'mi amor' en la dirección. Fuera va apareciendo una nueva primavera, una primavera llena de tulipanes mezclados con los timbres de las bicicletas en las calles llenas de baches y el olor a mar más allá de la colina.

Este artículo ganó el premio alemán dirigido a jóvenes periodistas 'Verliebt in Europa' (Enamorados de Europa). El jurado dice: "Nurith, a sus 24 años, describe una jornada llena de movimiento y de atmósfera a través de Europa. Refleja el tema que tiene en mente: abandono y amor más allá de las fronteras".