Europa-Rusia: a todo gas

Artículo publicado el 30 de Abril de 2006
Publicado por la comunidad
Artículo publicado el 30 de Abril de 2006

Atención, este artículo no ha sido revisado ni publicado en ningún grupo

2006 viene con el signo de la emergencia energética. Cercada por la dependencia del gas ruso, Europa busca soluciones: ahorro energético, fuentes renovables, más mercado y nuevos socios.

Europa recordará el primer trimestre de 2006 como el momento más duro de una inédita crisis energética. El 1 de enero de 2006 Rusia cerró el grifo del gas destinado a Ucrania, cortando así también los aprovisionamientos directos de gran parte de Europa: se destapa la crisis al estilo Putin, quien así envía un mensaje clarísimo, no sólo a Kiev, sino sobre todo a la Unión Europea, que queda subordinada a la política energética de Moscú.

Esta dependencia es nuestro talón de Aquiles geopolítico: limita el espacio de maniobra en las fronteras orientales, en aquella tierra de en medio que duda entre la esfera de influencia europea y la rusa. Sobre la mesa verde de este conflicto, que además tiene poco de diplomático, Putin juega al juego de la energía, y Europa -que en 2020 podría llegar a importar el 70% de su gas- corre el riesgo de ser dejada a un lado.

Una nueva estrategia comunitaria

La respuesta de la Unión Europea a esta emergencia viene recogida por el Libro Verde sobre la energía. Los puntos clave del documento son: el ahorro energético hasta el 20% de aquí a 2020, a través del uso de biocombustibles y energías renovables y con la construcción de centrales más productivas; y la liberalización del mercado de la energía, que permita la creación de una comunidad paneuropea capaz de desarrollar una red energética, allí donde ahora sólo hay esfuerzos de naciones aislados. Y todo bajo la supervisión de un recién creado Observatorio para el aprovisionamiento energético, cuyo 25% provendrá de fuentes renovables.

Sin embargo, en las directivas comunitarias la utilización de las energías alternativas es marginal y el intento de crear grupos internacionales que operen en régimen de concurrencia se topa con la defensa de los monopolios nacionales.

No ha resultado el cara a cara de marzo entre el presidente de la Comisión Europea, Durão Barroso, y Putin. El líder ruso ha garantizado su fidelidad como proveedor de energía, pero no ha respondido a las demandas europeas: no ratifica nada de la Carta de la Energía, un tratado que abriría el mercado de la energía rusa a los inversores europeos (Gazprom, el coloso ruso del gas, se encuentra aún en manos del Estado ruso), y ninguna concesión de los propios gasoductos y oleoductos para importar gas directamente desde Europa central. Cómo decirlo de otro modo: no habrá otro proveedor del extranjero excepto yo (Rusia).

El difícil camino hacia el este

Europa busca una vía de escape para librarse de la opresión de Putin: nuevos socios internacionales, nuevos gasoductos y oleoductos que traigan gas y petróleo del extranjero. Por ejemplo, construyendo un gasoducto de 3.400 km que una la parte suroccidental del continente con el Mar Caspio, el denominado gasoducto “Nabucco”, comprendiendo Ucrania y la larga manga rusa. Otros socios en este proyecto podrían ser Kazajstán, Turkmenistán y Uzbekistán, por otro lado ya cortejados por Putin, que les promete un gasoducto del Caspio. La preeminencia rusa, por tanto no parece que vaya a desaparece tan fácilmente.

Alemania, mientras tanto, trabaja en la construcción de un gasoducto de 1.200 km que atravesará el mar Báltico, uniendo directamente el territorio alemán con el ruso. El gran inconveniente de este proyecto es Polonia, ya que su presidente, Lech Kaczynski, esgrime que es un proyecto que topa directamente con los intereses de Polonia. “Somos aliados de Alemania, sea en la OTAN o en la UE, luego ¿por qué construir un gasoducto sobre el perímetro de Polonia?”, inquiere.

Mientras tanto, el gas y el petróleo del mar del Norte van disminuyendo y el consumo aumentando un 2% cada año. El gas existente en Europa es suficiente sólo para veinte años y al igual que el carbón, a costa de extracciones cuatro o cinco veces superiores a la media mundial. Sordas ante la urgencia, nuestras naciones luchan entre sí para conservar viejos monopolios y evitar repensar el mercado de la energía, apoyando a las viejas castas de “los señores de la luz”. El riesgo existe: si en política internacional vale el principio de divide y vencerás, nuestras divisiones internas son ya un regalo para “el emperador” Putin.