Europa sin europeos

Artículo publicado el 31 de Mayo de 2005
Artículo publicado el 31 de Mayo de 2005

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Tras los franceses, los holandeses también parece que rechazarán el Tratado constitucional. Por distintos motivos pero con igual espíritu: el del repliegue sobre sí mismos.

“Francia es el primer país de la Unión en rechazar la Constitción europea” reza la web de Le Monde. Ya compartamos la alegría de los partidarios del No –que han logrado un porcentaje contundente (54,87%)-, o la decepción de los responsables de los grandes partidos parlamentarios –todos a favor del Sí y lamentándose en los platós de televisión, mientras vuelven a hacer campaña a falta de algo mejor que proponer-, hay que pasar a la siguiente fase de la ratificación: Holanda vota el primero de junio.

No habrá sorpresas y el No debería ganar el miércoles en el país de los tulipanes con una horquilla de entre 60% y 63% de los votos. Sin embargo, todos los grandes partidos parlamentarios holandeses apoyan el Sí. La participación rondará el 40%, mientras que en Francia ha sido del 70%. Las razones del rechazo en Holanda son distintas: si los franceses han rechazado el texto a causa de la “mala situación económica del país”, y por ser considerado demasiado liberal (según un sondeo de Ipsos realizado a pie de urna), los holandeses lo harán debido a su descontento a raíz de la adopción del Euro, por temor a perder soberanía o por miedo de ver a Turquía dentro de la UE.

Egoísmos nacionales reforzados

Son motivos opuestos al “No de la esperanza” defendido por ciertos partidarios del No en Francia. Sin entrar a valorarlo con profundidad, es lícito pensar que el No francés y holandés –por encima de sus diferencias- demuestran tener, no una esperanza común, sino un recelo similar. Quizás no tanto respecto al texto constitucional en sí, como en relación con sus dirigentes nacionales en quienes ya no confían, y con una UE que consideran –a veces con razón- incontrolable y responsable de todos los males, desde las deslocalizaciones de empresas a la inmigración. En este sentido, el Sí español de febrero fue más bien una demostración de fe en el futuro de la construcción europea que un plebiscito del Tratado.

La frialdad política, la tentación del repliegue, el conservadurismo y los egoísmos nacionales parecen dominar lo que habrá que considerar como la vieja Europa del crecimiento anémico y el paro elevado. Una Europa estropeada en ausencia de un proyecto político que le devuelva la fe en el futuro.

No deja de ser muy paradójico que franceses y neerlandeses decidan deliberadamente detener lo que parecía el mejor medio para ellos de reinventarse, de abrirse y de unirse a quienes pueden ayudarles a salir de la apatía.

Sólo queda esperar que los líderes del No en Europa posean un plan B mejor que la Constitución para seguir avanzando. Concedámosles el beneficio de la duda. Pero como no lo tengan, los europeos podrían convertirse en una especie en vías de extinción, mientras en las mentes de todos vuelven a erigirse las fronteras.