Europa, un territorio político aún por conquistar

Artículo publicado el 26 de Mayo de 2009
Artículo publicado el 26 de Mayo de 2009
Hace ya treinta años que los ciudadanos europeos conseguimos el derecho a elegir a nuestros representantes al Parlamento Europeo. Treinta años en los que esta Asamblea pasó de ser un simple instrumento de consulta a convertirse en un colegislador de pleno derecho.
Sin embargo, el aumento de poder de la única institución comunitaria elegida por sufragio universal coincide con un descenso constante de la participación electoral. Esta tendencia abstencionista afecta más al Parlamento Europeo de la Juventud (PEJ) dado que la tasa de participación en las elecciones europeas es sistemáticamente inferior en 20 puntos a la de las elecciones nacionales que las preceden. El desinterés está, por consiguiente, específicamente relacionado con lo europeo ¿Cómo explicarlo?

¿Mala fe de los políticos nacionales que solo se refieren a Europa para achacarle todos los males? ¿Estupidez de los aparatos polítcos franceses que utilizan al Parlamento Europeo para asignarle las culpas y las desgracias? Aunque no habría que descartar estas razones, es dudoso que sean decisivas.

La Historia nos enseña que el voto es ante todo un asunto de empatía, tanto con relación a los candidatos como con las instituciones. En democracia, la movilización de millones de personas a partir de un tema común implica reunir dos condiciones necesarias y complementarias: que los ciudadanos puedan identificar a los candidatos que compiten y de que están convencidos de que las decisiones que tomen las instituciones de este modo estructuradas tendrán verdadero impacto en la sociedad. Pues bien, si los electores se alejan masivamente de la urnas, será tanto más difícil que puedan percibir el creciente poder del Parlamento Europeo.

Pero lo esencial no está todavía ahí. En realidad, nosotros no tenemos una verdadera democracia europea porque somos incapaces de percibir emocionalmente a la comunidad ciudadana que conforma Europa. Y esto se debe esencialmente a la falta de un espacio público común donde se pudieran intercambiar diferentes visiones de la Europa que se está construyendo. Debería disponerse de un foro civil y cívico, no partidario y no militante, en el que cada uno pudiera intercambiar ideas sobre los grandes temas de la sociedad en una perspectiva europea. El Parlamento de la Juventud intenta, dentro de sus modestos alcances, colmar ese vacío. El objetivo es simple aunque ambicioso: abandonar el estéril debate entre proeuropeos y euroexcépticos para iniciar un verdadero debate público europeo.

Porque el desafío de las elecciones europeas es de envergadura. En materia de transporte, energía, educación, protección de los consumidores como también en una cuarentena de campos políticos, los eurodiputados tienen la última palabra sobre los textos votados. En la asamblea nacional francesa, más de la mitad de las leyes analizadas se corresponden con textos previamente debatidos y votados en el Parlamento Europeo. El color político del Parlamento no es por lo tanto un detalle menor puesto que define el sentido de las decisiones aprobadas día a día en Estrasburgo y en Bruselas, e influye significativamente sobre nuestros destinos.

¿Cuánto tiempo más seguiremos abandonando un espacio político que produce la mayoría de las leyes sobre las que se asientan nuestros derechos? Independientemente de las opiniones que uno tenga sobre el actual funcionamiento de las instituciones de la Unión, urge que nos apropiemos lo más pronto posible del espacio político que constituye Europa, comenzando por movilizarnos para las elecciones del 7 de junio próximo. De otro modo, es inevitable que la Unión Europea siga permaneciendo para siempre como un objeto político no identificado, guiado tan solo por la pretendida apoliticidad de técnicos y de especialistas en temas europeos.

Por Guillaume BORIE, presidente del PEJ-Francia; Lacina KONE' et Laura LE'OTOING, vice-presidentes ; Thibault d'ORSO, encargado de relaciones públicas