Exportar derechos con o sin Bush

Artículo publicado el 1 de Marzo de 2005
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Artículo publicado el 1 de Marzo de 2005

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Cierto, sobre el papel la Constitución mejora la cohesión de la política exterior europea. No obstante, el verdadero problema es la voluntad política de los veinticinco. Ha llegado la hora de exportar derechos y bienestar.

Tuvo que sentirse un poco aturdido George W. Bush cuando, la semana pasada, protagonizó la primera visita de un Presidente de los Estados Unidos a la Unión Europea. Tras la introducción del “Presidente de turno” de la Unión Europea Jean Claude Junker -"¿presidente de qué?”, parecía preguntarse el tejano-, y el propio mensaje de Bush, fue el turno de diez micro discursos por parte de diez seleccionadísimos micro líderes nacionales. Chirac habló del papel de la Unión Europea en el mundo (“Un rol en el mundo, ¿qué rol?”), Blair del proceso de pacificación en Oriente Medio, el Primer Ministro eslovaco Dzurinda sobre Irak, y así sucesivamente. El pobre Bush, al igual que la sarta de traductores que le socorrieron, tuvo que haber entendido poco o nada. Excepto el hecho de que, fruto de la propia inconsciencia y no ciertamente de ingerencias extranjeras, la UE queda muy dividida sobre la escena internacional, anclada en una vieja e ineficiente idea de soberanía.

Micro-política exterior: ¿Cuánto innova la Constitución?

Sería como si el Presidente de la Comisión Europea, José Barroso, llegase a Washington y tuviese que aguantar de parte del Gobernador de Florida discursos sobre las relaciones con Cuba, del Gobernador de California sobre el crecimiento económico y del de Nueva York sobre las políticas antiterroristas. Sería ridículo. Pero, ¿hasta qué punto el Tratado Constitucional, que los españoles acaban de ratificar hace sólo unos días, podrá conseguir una política exterior más cohesionada? Sólo con el paso del tiempo lo sabremos. En efecto, la figura recién creada de un Ministro de Asuntos Exteriores Europeo (léase el artículo de Marco Agosta), o la creación de un servicio de acción exterior, preludio de un servicio diplomático común, prometen cambiar las cosas. Al menos sobre el papel.

Una América que pide exportar democracia

No obstante, sobre el plano político, todas las jugadas son posibles. Y es ahí donde la Unión Europea ha estado siempre más debilitada. El odio étnico y los genocidios en los Balcanes han sido descuidados durante largos años no porque no existiese la PESC, sino porque las antiguas potencias europeas no supieron elegir entre instigar a sus poblaciones protegidas durante siglos (los serbios por parte de Francia, los croatas por parte de Alemania) o ayudarles a no desintegrarse proponiéndoles soluciones integradoras. No sólo eso, la primera víctima de la última guerra de Irak fue la política exterior de la Unión Europea, y no porque faltase la figura del Ministro de Asuntos Exteriores de la UE, sino porque también en este caso, la Unión fue incapaz de elaborar una estrategia común para resolver el problema llamado Sadam Hussein. Un asunto que por mucho que se discutiera en Bruselas, siempre quedaba estancado. También porque la Norteamérica “diplomáticamente correcta” de la ex maléfica Rice, recién nombrada Secretaria de Estado, queda cuanto menos orientada a difundir libertad y democracia en el mundo entero. ¿Y Europa? ¿Cómo cuenta reaccionar? Esta es la auténtica cuestión.

Nuevo punto de partida: 11 de marzo

El principal foco queda reflejado en la división de intereses y valores comunes a hacer valer sobre la escena internacional. Es un interés común de la Unión Europea la lucha contra un terrorismo fundamentalista atroz y sanguinario que ya golpeó el 11 marzo de 2004 en la estación de Atocha de Madrid. Es por tanto un valor común de los Veinticinco la promoción de los derechos humanos en el mundo. Pero, frente a la retórica, ¿cuándo llegará el momento en el que exista una Europa que reaccione en estas dos cuestiones estratégicas para el futuro de nuestra seguridad? De forma insólita, el 11 de marzo entró en la conciencia colectiva de los europeos con menor impacto que el 11 de septiembre: para muchos, las imágenes de la CNN de las Torres Gemelas son más recientes que las de los 191 fallecidos en Madrid. Y son los menos los que se cuestionan que dicho ataque pudiese haber ocurrido en Roma, Varsovia o Londres. En lo que respecta al asunto de los derechos humanos, el diagnóstico es aún más desolador para la Unión Europea: la diplomacia mediterránea continúa apoyando las más viejas dictaduras del Mediterráneo; la memoria de la represión de la Plaza de Tianamen se ha diluido por desgracia para renunciar al próximo levantamiento del embargo de armas a China; con Irán se comercia y se parrandea mientras el pretendido reformista Presidente Jatamí continúa reprimiendo los derechos civiles. Todo con la más escandalosa complicidad -esta vez sí- de los Veinticinco.

Sin embargo, habrá una estrategia europea. Muy diferente y revolucionaria respecto al militarismo y a la arrogancia de los neoconservadores en el poder en Washington, esta estrategia se llama integración económica. Si bien es cierto que no podrá contar con el apoyo global, aterrados por la economía de mercado, funciona y ya transformó las entonces frágiles democracias española, portuguesa y griega en primer lugar, y centro europeas posteriormente, realidades hoy donde el Estado de derecho, el libre mercado y los estándares de democracia no son meros espejismos. Los nuevos desafíos son ahora los Estados periféricos de la UE: Turquía, Ucrania y Bielorussia; por no hablar de los regímenes corruptos que debilitan el arco mediterráneo. ¿Qué podemos proponerles a estos pueblos ávidos de derechos? ¿La adhesión? ¿La unión aduanera? ¿O sólo las imágenes de nuestros espectáculos televisivos y, después, inhumanas odiseas de distracción en nuestros mares? Son aspectos sobre los cuales no podremos continuar tergiversando de por vida; sobre los cuales Europa debe comenzar a actuar. No más círculos de ricos que frecuentemente disertan sobre improbables miembros, sino sobre verdaderos exportadores de derechos que puedan sostener los movimientos democráticos que luchan en Irán, han luchado en Ucrania y lucharán en Bielorrusia sobre el camino de la libertad. Es por nuestro propio interés, con o sin Bush.