Extranjeros en Europa: ¡A las urnas!

Artículo publicado el 24 de Noviembre de 2003
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Artículo publicado el 24 de Noviembre de 2003

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El parlamento italiano examina un proyecto de ley de Gianfranco Fini que pretende conceder el derecho de voto a los extranjeros extracomunitarios en las elecciones locales. ¿Un ejercicio del colegio? Respuesta Europea.

¿El mundo al revés? El muy conservador Gianfranco Fini (Alianza Nacional) quiere conceder el derecho de voto a los extranjeros. Su proyecto de ley se dirige a los residentes en situación regular en Italia que residan desde hace seis años en el territorio nacional. Se trataría de permitir a residentes de países no miembros de la Unión Europea el derecho de voto en las elecciones locales y europeas. El Tratado de Maastricht concede ya este derecho a los residentes de países miembros. En Italia, 750 000 personas estarían afectadas por el objetivo del texto.

Demasiado bonito para ser verdad: el texto de Gianfranco Fini precisa que estos derechos cívicos serán sometidos a la viabilidad de los ingresos del residente.

La Unión dividida

Europa está dividida en cuanto al derecho de voto de los extranjeros, que afecta a la concepción misma de la noción de Ciudadanía. Una noción de la que la amplitud de las interpretaciones resulta ser muy grande en el propio seno de la UE. Más allá de las divisiones tradicionales entre la derecha y la izquierda, el debate sobre la concesión a los extranjeros del derecho al voto en las elecciones locales anima la clase política europea por intermitencias. Pero no en todas partes de Europa. Los países escandinavos, los Países Bajos (donde la reforma ha sido puesta en marcha antes de Maastricht), Irlanda (para residentes después de más de seis meses) no tienen más que hablar de ello: ser extranjero no es incompatible con el derecho a elegir su gobierno local.

Portugal y Reino Unido han, por su lado, concedido el derecho de voto en las elecciones locales a los residentes de sus antiguas colonias. España tiene acuerdos de reciprocidad con ciertos países. En este entorno, y en el momento en que Italia y Bélgica examinan textos sobre este tema, Francia, Alemania y Austria desempeñan el papel de malos alumnos.

La economía, criterio determinante

Cada político va a posicionarse en esta cuestión que concierne en Europa a un electorado de casi 15 millones de personas. Cifra que explica en parte esta toma de posición, de primeras sorprendente, por parte de Fini: una voluntad de seducción.

Sin embargo la apuesta no es tan electoral, habida cuenta de la trascendencia del debate desde la izquierda a la derecha, las elevadas tasas de abstención de las población inmigrada, así como las tasas de participación casi nulas de los extranjeros en las elecciones municipales y europeas. Eventualmente el voto de los extranjeros permitiría hacer recular a la extrema derecha... si la medida no da lugar a una demagogia extremista.

A medio plazo por el contrario, el voto de los extranjeros extracomunitarios tendrá consecuencias para la gobernabilidad. En el plano político, el primer resultado previsto es una evolución de las dinámicas de integración al menos en el ámbito local. La consideración de una población ignorada por la clase política y que se encuentra catapultada al estatus de electorado tendrá sus efectos. No hay tampoco que esperarse conmociones en uno u otro sentido, diferentes estudios demuestran que los recién llegados adoptan rápidamente las costumbres del país de acogida.

Los defensores de este tipo de reforma insisten en su importancia en materia de integración. Todo conduce a preguntarse si la integración pasa por la participación política. A priori, lo que se designa bajo el término de integración atañe más bien a una lógica de inclusión que de exclusión. El civismo es un elemento (como cualquier otro) de incitación a la participación en la vida pública, y por lo tanto de integración.

Posiblemente, lo que está en juego económicamente hablando decidirá la puesta en marcha de tales reformas en los países de Europa más timoratos: en el texto de Fini, se trata de hacer al país atractivo para los inmigrantes útiles para la economía italiana.

El extranjero, ese otro yo

El debate permanece sesgado por un cierto número de inexactitudes, de quid pro quos semánticos (la propia definición de extranjero) y culturales, de certezas que resultan ser relativas a una tradición política. La asimilación de la ciudadanía a la nacionalidad permanece como principal obstáculo para la adquisición del derecho de voto de los extranjeros. Es tiempo de revisar el sentido de la palabra ciudadanía, acercándolo a la palabra participación.

Las discusiones sobre el derecho de voto de los extranjeros ocultan las cuestiones de fondo por las cuales pasa realmente la integración: el lugar de los extranjeros en la economía, su acceso al trabajo, las desigualdades económicas y sociales, su integración en la vida cultural y en las mentalidades. El derecho de voto es quizás un primer paso simbólico e indispensable en este sentido.

Es evidente que los extranjeros forman parte de la vida local, por su simple presencia, por sus cotizaciones, y a veces por su participación activa en instancias tales como el medio asociativo o los consejos de barrio. Aceptar este hecho, abrirles la puerta de la oficialidad permite considerar una evolución a largo plazo. En relación con la integración o a la adquisición del derecho de voto a escala nacional.