Extranjeros para siempre: cuando Europa niega la ciudadanía a sus propios hijos

Artículo publicado el 12 de Julio de 2011
Artículo publicado el 12 de Julio de 2011
Nacer y crecer en Italia, hablar un dialecto, compartir de lleno usos y costumbres o sentirse de naturaleza italiana no garantiza a los hijos de extranjeros nacidos en el país la adquisición de la ciudadanía italiana. Un problema común en muchos países europeos, donde el ius soli, el derecho de suelo, no existe casi nunca: ésta es la historia de Bassam y de miles de  sus coetáneos.

Bassam Elsaid tiene padres egipcios, ha nacido y crecido en Italia, tiene 24 años, estudia Ciencias Políticas en la Universidad de Turín y no tiene la ciudadanía italiana. Por razones burocráticas, su camino para ser reconocido italiano por el Estado no nada sencillo. De hecho, este mes de julio corre el riesgo de verse desprovisto del permiso de residencia en Italia y ser arrestado, como desertor, una vez de vuelta en Egipto. Voluntario de la Cruz Roja Italiana, implicado en el servicio civil para inmigrantes, traductor e intérprete para abogados de Cuneo, Saluzzo y Mondovì. Bassam no tiene dudas respecto a que se siente italiano por el hecho de que habla de forma natural la lengua de este país, comparte su cultura y se reconoce en sus valores constitucionales.

No tiene ningunda duda: se siente italiano

¿Regalo por la mayoría de edad? No siempre

Según el decreto legislativo 91 del 5 de febrero de 1992 los hijos de inmigrantes nacidos en Italia no son italianos pero, al alcanzar la mayoría de edad, tienen un año de tiempo para solicitar el reconocimiento de la ciudadanía. Si todo va bien, tras haber sido considerados extranjeros durante más de 18 años se convierten finalmente en italianos. Sin embargo, muy a menudo las cosas se complican porque la ley exige que se demuestre la residencia continua en el país durante 18 años, algo que no siempre es posible. Esto significa que en el momento en que se verifica un problema burocrático por el que la petición no es aceptada, una persona de naturaleza italiana corre el riesgo de convertirse en clandestina en su propio país y tener que volver a aquel del que provienen sus padres. Se calcula que en la actualidad hay cerca de un millón de chicos de segunda generación y que este número aumentará en los próximos años. Por eso, es necesaria una modificación de la ley: lo pide con fuerza la Asociación Nacional Más Allá de las Fonteras (ANOLF) con la campaña de sensibilización "Un reto para todos" y "18 Ius Soli", cuyo objetivo es la adopción del ius soli.

La lucha por el Ius soli

Un estado puede elegir determinar las normas de concesión de la nacionalidad según el Ius soli o, por el contrario, según el Ius sanguinis. Según el primer criterio, tiene derecho al reconocimiento de la ciudadanía quien está fuertemente ligado al territorio del país; por lo tanto, más aún quien ha nacido y crecido en el país. El Ius sanguinis, criterio adoptado en Italia, entiende la nacionalidad como un factor hereditario y que, por lo tanto,  se transmite de padres a hijos.

Hoy en día, el Ius sanguinis es el criterio más común. Los estados que lo adoptan intentan sobre todo favorecer el mantenimiento de los lazos culturales con quien desciende de emigrantes. Por ello, no necesariamente la adopción de este criterio implica un cierre total hacia los inmigrantes y las generaciones sucesivas. En cualquier caso, las leyes cambian según el país. Quien nace en Austria de padres que no tienen la ciudadanía austriaca puede pedir su obtención tan solo a través del proceso que sigue cualquier inmigrante, es decir, demostrando haber residido en el territorio en los últimos diez años. Por la ley griega, son ciudadanos griegos los hijos de griegos aunque hayan nacido en el extranjero;sin embargo, quien nace en Grecia de padres extranjeros y reside en el país puede obtener la nacionalidad por naturalización pero no tiene que demostrar, como el que emigra, que ha residido por lo menos diez años en el país. También en España la adopción del Ius sanguinis no impide facilitar el proceso al que ha nacido en el país. Basta con demostrar que se ha residido durante un año. Más sencillo es en Bélgica, donde quien nace de padres extranjeros puede presentar una declaración de nacionalidad belga entre los 18 y los 30 años de edad.

Irlanda es uno de los pocos países donde rige el Ius soli. Hasta el 31 de diciembre de 2004, cualquiera que naciese en territorio irlandés obtenía la nacionalidad. Los flujos migratorios que se han dado en el país en los últimos años han llevado a Irlanda a redefinir la norma. Por esta razón, en la actualidad la ley no concede la nacionalidad por nacimiento a los hijos de personas que no la tienen. De todas formas, en estos casos para obtenerla es suficiente una petición formal. Cada Estado europeo tiene una reglamentación específica y, por lo tanto, afronta de diferente forma la relación con las segundas generaciones. Ya que, parece superfluo decirlo, tras las leyes están las personas sobre las que leyes tienen efectos y consecuencias, ninguno de los chicos de la considerada segunda generación puede ayudarnos a entender la cuestión.

Una ley medieval

Bassam describe así la situación: “Por un lado ,están las instituciones que tienen las manos atadas; por otro, están los jóvenes que piden su derecho, en medio hay una ley medieval” y propone establecer claramente en la ley “el proceso que hay que seguir para la obtención de la nacionalidad, un proceso que se base en requisitos por méritos o por el nivel de integración alcanzado, no en los ingresos”. Se considera desconfiado cuando piensa en Italia: “un país en el que quizá nacen más hijos de inmigrantes que de italianos pero en el que no existe una política real de integración”. Para Bassam los jóvenes de segunda generación son una gran riqueza que Italia no aprovecha porque cada uno de esos jóvenes son un puente entre dos culturas. Por lo tanto, en un mundo cada vez más globalizado y en el que los movimientos migratorios son cada vez más comunes y están destinados a aumentar con el tiempo, el país tendría la posibilidad de disponer de las habilidades de personas que, por su conocimiento natural de las realidad, usos y costumbres de dos países serían una excelencia sobre todo en el ámbito diplomático y en la mediación cultural.

Sin embargo, hoy en día muchos de esos chicos, al no tener la nacionalidad italiana, “no pueden acceder a cargos públicos, votar, ser candidatos de un partido político”. Bassan pone la atención en otro aspecto que caracteriza las relaciones sociales: “Cuando te acercas a los demás tienes la necesidad de definirte a ti mismo. ¿Qué eres? ¿Italiano o egipcio? Sabes que tienes enfrente a una persona con una identidad definida, un occidental, que quiere saber quién eres”.

Fotos: portada (cc) Noemi Bisio/flickr; texto© Daniela Vitolo