Familia rodante: 15 años de viaje por el mundo en coche 

Artículo publicado el 11 de Febrero de 2015
Artículo publicado el 11 de Febrero de 2015

Hace ya una década y media que Herman y Candelaria Zapp viven su sueño de recorrer el planeta. Lo hacen de un modo muy especial: con poco presupuesto, en un coche antiguo y junto a sus cuatro hijos, que fueron llegando por el camino. Antes de partir hacia Kenia para terminar su gira africana, le cuentan a CaféBabel cómo es su rutina, la educación de los niños y cómo financian su vuelta al mundo.

La historia que sigue bien pudo haber salido de una novela de Julio Verne, un filme de Wes Anderson o una canción de Bob Dylan. Es que su aventura, de tan extraordinaria, resulta inspiradora: desde hace 15 años, la familia Zapp viaja por el mundo en un coche Graham-Peige de 1928.

Durante esta década y media, Candelaria Chovet (44) y Herman Zapp (46) visitaron un centenar de países en cuatro continentes, recorrieron más de 250 mil kilómetros y fueron recibidos por unas 2.500 familias de diferentes culturas, religiones y economías. En medio de este gran paseo han ido naciendo y creciendo sus hijos: Pampa (12, Estados Unidos), Tehue (9, Argentina), Paloma (7, Canadá) y Wallaby (5, Australia).

“Nuestro sueño era dar la vuelta al mundo”, dice Herman, muy lejos de su California natal, aún recordando los épicos viajes de su abuelo en un Ford A. Electricista devenido en viajero, en seguida aclara que necesitaron mucho coraje para decidirse: “Estábamos dejándolo todo, pero también íbamos por todo”.

Y vaya si lo hicieron. La primera parte de sus andanzas, que los llevó de Argentina a Alaska, figura en su libro Atrapa tu sueño, que lleva once ediciones y es su principal fuente de ingresos. Una buena porción de su audiencia los ve como “mentores”: aunque no proponen recetas ni dictan catálogos, sí generan entusiasmo, motivan y, sobre todas las cosas, ayudan a derribar los temores viscerales que a menudo impiden a distintas personas perseguir lo que más quieren en la vida, sea viajar, cultivar frambuesas o hacer bungee jumping.

A diferencia de muchos otros viajeros osados, la odisea de los Zapp tiene muy buena prensa: puede encontrarse en miles de entrevistas que les hicieron por todo el mundo (como ésta en Sydney, ¡durante la cual la reportera les rompió el auto!) o en las entradas que ellos mismos dejan en su página web Argentina-Alaska.

A bordo del Macondo Cambalache

Cuando Candelaria y Herman partieron del Obelisco de Buenos Aires con destino a Alaska, el 25 de enero de 2000, nada salió como lo habían planeado. En primer lugar, se imaginaban una despedida emotiva con amigos y familiares, pero nadie se acercó. Y luego, en vez de salir mochila al hombro, acorde con el plan, lo hicieron a bordo del Macondo Cambalache, como apodaron a este coche Graham-Peige de 1928, digno de un coleccionista.

Este coche es también su hogar. Nombrado en clara alusión al pueblo fantástico de García Márquez y a la expresión lunfarda, llegó remolcado por una grúa y fue recibido con cierto desdén. Y aunque prometía puros problemas, nunca los tuvo en el Tíbet, a 5.300 metros de altura, ni en las nieves de Canadá, ni en las dunas del desierto de Namibia, ni en los paisajes africanos donde, para poder ingresar, debieron “simular” que se trataba de un vehículo 4x4.

El coche costó cuatro de los ocho mil dólares del presupuesto para un viaje que, desde el principio, estuvo signado por la imprevisión: aquel primer día, el Macondo Cambalache sólo pudo hacer 55 kilómetros porque se rompió, el dinero se acabó a los seis meses, la travesía se prolongó casi cuatro años y nació el primer hijo en el tramo final.

Lo mejor del viaje: las personas

“Nuestra rutina es que no hay rutina”, cuenta Herman, risueño. Se amoldan a la vida de quienes los reciben: desayunan con sus huéspedes, los acompañan en sus actividades, se acuestan cuando ellos lo hacen. “Casi todo está fuera de nuestro control y esa es una de las cosas más lindas de la vida: las sorpresas”, afirma. Para ellos, esto es lo mejor del viaje: “La gente que nos abre las puertas de sus casas y nos deja estar en contacto con su cultura, su tradición, sus comidas”.

Además, el camino sirve de aula. Un paseo por un parque nacional o una tarde al pie del Everest son el escenario perfecto para una lección de geografía o biología o historia. Los niños Zapp siguen el programa formativo a distancia, oficial del Ministerio de Educación argentino, junto a su madre que oficia de maestra. Rinden examen cuatro veces al año en las embajadas que visitan.

“En realidad están aprendiendo con sus vivencias y eso es maravilloso”, acota Herman, quien alguna vez escribió: “Que un niño crezca viendo el mundo en el mismo mundo, que aprenda idiomas en el lugar en el que los hablan, que sea recibido en la casa de un pescador, un campesino, un rico, un pobre, un Amish, un protestante, un judío, un musulmán, y si alguien les dice que se cuiden de ellos, que ellos puedan decir que estuvieron en su casa”.

La cuenta, por favor

"La bendición más linda del viaje fue quedarnos sin dinero, porque nos abrió totalmente el camino de una forma distinta”, dice Herman, recordando los días en Ecuador cuando, agotados los ahorros, apelaron a destrezas insospechadas: “Empezamos a hacer a artesanías, Candelaria aprendió a pintar acuarelas y yo a enmarcar y vendimos cuadros de pájaros”.

Para Herman, es esperable suponer que un viaje de esta magnitud requiere de infinidad de dinero. “Porque claro, cuando se es turista, por lo general se suele gastar mucho. Pero siendo viajero es totalmente distinto, es más tranquilo, pausado y ahorrativo”, indica y luego da algunos ejemplos: casi siempre los hospedan en casas de familias, buscan empresas que los ayuden a costear pasajes onerosos, venden sus libros y ofrecen charlas.

Siempre optimistas, los Zapp ven el mundo como una oferta de oportunidades, solidaridad y calidez humana. Ahora, desde Kenia, seguirán su lento camino hacia el continente europeo, donde, creen, darán por cerrado el círculo. Mientras, mantendrán su técnica de desplazamiento, tan despreocupada que pinta su aventura como la cosa más sencilla que existe. Así lo explican: “Cuando llegas a un pueblo sólo tienes que buscar la forma de llegar al próximo. Y cuando miras para atrás, ves que estás dando la vuelta al mundo”.