Fantaros griegos, soldados de buena fortuna 

Artículo publicado el 15 de Noviembre de 2016
Artículo publicado el 15 de Noviembre de 2016

Para muchos jóvenes griegos el servicio militar es una pérdida de tiempo, energía y dinero. Sin embargo es en este contexto donde se crean fuertes vínculos de solidaridad y amistad. Entre temores y esperanzas, supervivencia y embrollos, Kostas, Spyros y Alexandros* cuentan qué significa ser fantaros en Grecia.

Aquellos con doble nacionalidad sabrán de qué hablo. Cada año, voy a Grecia a visitar a una parte de mi familia que vive allí. Acabo con morriña, hablo la lengua y regreso a Francia con las maletas llenas de aceitunas, queso feta y miel. Pero esta vez, cuando llegué a la casa familiar para saludar a mi abuela, mi tía y mis primos, faltaba alguien. Mi primo Nikos, con quien me bautizaron hace 26 años, ahora es un fantaros

El fenómeno fantaros

'φανταρος' es la palabra que se utiliza en Grecia para designar a aquellos que deben realizar el servicio militar, obligatorio para todo hombre de 19 a 45 años. Aunque no le guste al chovinismo griego, el origen de la palabra «φανταρος» no es griega. Viene del italiano 'fanteria', derivado del latín 'infante', que designaba en la Edad Media al soldado joven. El reclutamiento en Grecia se introdujo en la Constitución tras el golpe de Estado de 1909, poco antes del estallido de la Primera Guerra Balcánica. Un siglo más tarde, en 2009, la duración del servicio militar va de 12 a 9 meses para el Ejército de Tierra, que es el que concentra casi la totalidad de los reclutados. 

¿Cuántos son exactamente? Sin duda, miles cada año. En el Ministerio de Defensa consideran el número de militares y de reclutados como una información confidencial. "El reclutamiento se hace por series: cada dos meses hay griegos que comienzan su servicio militar. Contamos con seis series de reclutamiento al año", explica el Coronel Nikolaos Fanios, portavoz de la Oficina General del Ejército Griego. "Septiembre es el mes en el que hay más reclutas nuevos", precisa el coronel. Los fantarous, se liberan de sus actividades en junio, por lo que pueden de esta manera disfrutar del verano antes de retomar los estudios.

Septiembre de 2016. Justo el momento en el que mi primo Nikos vuelve al ejército. Con el pelo corto y la barba afeitada cambia su atuendo de civil por el de fantaros, llevando en su boina los colores de la bandera griega. Cuarenta días de preparación en uno de los once Centros para Nuevos Reclutas o 'KEN' con que cuenta el país antes de que le envíen durante los meses siguientes a una unidad militar de algún rincón de Grecia. La austeridad es obligatoria, al menos en teoría, ya que para Nikos y los otros reclutas del centro la preparación dura apenas dos semanas. El 30 de septiembre todos vuelven a casa con un permiso. Quince días libres para Nikos antes de volver a sus funciones. Es el momento de poder verle. 

Después de tres días durmiendo, Nikos por fin hace aparición. Quedada con sus amigos del ejército: a la una en la Plaza Agia Irina, un punto de encuentro muy hipster. Los amigos que iban a ser dos acaban siendo veinte y en un abrir y cerrar de ojos me encuentro en medio de una mesa llena de jóvenes contentos por encontrarse por primera vez en un ambiente totalmente diferente. Los pedidos surgen de repente y la mesa se llena de freddos, cappuccinos, batidos, cafés griegos y tabaco de liar. "¿Ahora bebes batidos? No es eso lo que bebes en el ejército, ¿eh?". Recuerdan los buenos momentos y los malos. La decoración escolar del café contribuye al ambiente de recreación. Los fantaros saborean su libertad.

La vida en el KEN

El servicio militar lo hacen a regañadientes. En el centro donde se han conocido, Spyros y Alexandros compartían una litera. "¡Los gordos abajo y los flacos arriba!", bromea Spyros, que con su metro ochenta y cuatro duerme naturalmente abajo. En el mismo centro de entrenamiento, pero en otra cama, duerme Kostas, de 27 años, el mayor de los tres amigos. "Antes de entrar en el ejército, me daba miedo la relación con la jerarquía por el hecho de que aquellos que darían órdenes serían más jóvenes que yo", me explica Kostas. También Alexandros era reticiente pero por otros motivos: "Había escuchado muchas historias. Me hablaron de drogas, de gente desagradable, comida caducada. Al final es como estar en un campamento de vacaciones". Una gran diferencia.

En el centro de entrenamiento los días empiezan pronto. "A las cinco y algo de la mañana te levantas para vestirte y estar listo", recuerda Spyros. Durante toda la estancia, cada militar completa una o varias misiones. Para Alexandros es la organización: "Yo estaba en contacto con diez responsables de pelotones. Les comunicaba a qué hora se servía la comida, a qué hora se hacían los ejercicios". Kostas se escapa para su alivio de los jóvenes que dan órdenes, pues la mayor del tiempo lo pasa con Spyros en una oficina: "Repartíamos las tareas en función del orden alfabético de los reclutas, hacíamos las tarjetas de identidad militar, cortábamos etiquetas…". Una organización participativa que necesita la implicación de todos.

El servicio militar es como un paréntesis en la vida de los jóvenes griegos. Para Alexandros, que trabaja desde los 18 años, la estancia en el centro es una ocasión para relajarse. "Aprovecho el tiempo libre por las tardes para no hacer nada", reconoce Alexandros. Sin embargo, no hacer nada tiene un precio, y es que, a partir de los veinte, muchos de estos fantaros tienen una actividad profesional que es difícil o incluso imposible de compaginar con el ejército. "Durante estas primeras semanas, no he podido trabajar", lamenta Alexandros, entrenador de fútbol en la Academia del Olympiakos. "Para mí, el servicio militar es una parada obligaroria", confía Alexandros.

Con contrato indefinido en una marca de deporte internacional, Spyros se siente afortunado. "Una vez haya terminado mi servicio militar, retomaré mi puesto en la tienda donde trabajo como vendedor. Si no tuviera contrato indefinido, hubiera perdido el puesto sin dudarlo", cuenta Spyros. Para Kostas es otra historia: "A partir del momento en que supe más o menos cuándo entraría en el ejército y tendría un permiso, me organicé y programé las publicaciones de mis clientes para los meses futuros". Kostas trabaja por cuenta propia como social media marketer y en realidad no tiene mucha elección. Si no planea las cosas, arriesga mucho. 

Un visma para arreglárselas

Cada uno se las apaña a su manera. Con brío, Kostas busca entre sus contactos de Facebook para encontrar un visma. "El visma, me explica, es una persona política o militar que te va a facilitar las cosas. Si tienes un visma tu servicio militar irá mejor. Normalmente durante tu primer mes en el ejército te envían a una isla o a algún centro de entrenamiento situado lejos de la capital. Yo tendría que haber ido a algún lado en Evros, a Quíos o a Kos cerca de las fronteras turcas". Gracias al visma, Kostas irá a hacer su servicio militar de principio a fin cerca de Atenas, lo que permitirá trabajar al mismo tiempo.

Alexandros optó por otra estrategia: "Mi visma no era muy bueno, alguien que me conocía de lejos, así que para evitar encontrarme en Evros, solicité ir a Chipre donde ganaría 270€ al mes en lugar de ocho euros y pico [en Grecia, la mayoría de los reclutados recibe todos los meses 8,80€ simbólicos, Ed]. Eso me permite cubrir mis gastos".

«¿Qué es lo que voy a aprender? ¿A pasar la fregona? »

Para quienes no van hasta Chipre, el servicio militar tiene un coste. Como en la escuela, les dan una lista de suministros a los nuevos reclutas antes de entrar en el centro. "El Ejército sólo nos proporciona la ropa y las botas. El resto, como saco de dormir, los medicamentos y los candados, son cosa de cada uno", remarca Spyros irritado. A los gastos iniciales se suman a veces otros ligados a la alimentación y los desplazamientos. En 17 días Spyros ha gastado 150 euros. "Es mucho, admite, pero lo necesitas si sales del centro ocasionalmente, y quieres comer otra cosa que la que te dan en el ejército o beber un café con otros fantaros en las horas de pausa". En un contexto de crisis, estos gastos pesan sobre los jóvenes griegos y sus hogares. "Aunque me dé vergüenza, debo contar con mis padres en lo financiero. Con el ejército pierdes mucho dinero, teniendo en cuenta que ya de por sí tienes poco", lamenta Spyros.

Más allá del coste financiero, lo que denuncian los reclutados es la inutilidad del servicio militar. "¿Qué es lo que voy a aprender? ¿A pasar la fregona? Ya lo hago yo en mi casa. ¿A cocinar? También sé hacerlo", afirma Spyros sin rodeos. Aunque comparte la opinión de su amigo, Kostas considera que los trabajos de mantenimiento también puedan ser de utilidad para algunos. "He visto a jóvenes que han aprendido en el ejército a limpiarse los zapatos o a hacer la cama", dice con tono de confianza. Si el servicio militar tiene una ventaja es en definitiva mezclar perfiles muy diversos. "Ves gente de orígenes distintos, admite Kostas. En nuestra cuadrilla somos la mayoría de Atenas pero también los hay de Creta o de Tesalónica…". Los encuentros compensan el sentimiento de ser inútil.

"Yo sólo quiero acabar lo antes posible"

Los tres amigos ya piensan sobre lo que harán después del servicio militar. Alexandros se muestra optimista. "Después de estos ocho meses llega el verano, el periodo ideal para encontrar personal trainings. A corto plazo contemplo ir a Gran Bretaña o España, donde mi trabajo está mejor valorado", dice Alexandros. Países donde el servicio militar es una opción, como en la mayoría de países europeos. Spyros tiene cierta prisa: "Yo sólo quiero acabar con el ejército para retomar el trabajo y poder ser independiente". Kostas planifica sus vacaciones: "He empezado el servicio militar en septiembre para estar tranquilo en verano. ¡El próximo junio estaré en alguna playa del mar Egeo!".

En un momento en el que la opción del servicio militar vuelve a ponerse sobre la mesa por la aparición de conflictos armados, ¿es el griego un ejemplo modélico o disuasivo? Para aquellos políticos que miran el reclutamiento con cierto interés podría ser en cierto modo útil.  Kostas, Nikos y Alexandros dan fe de ello: las ropas de camuflaje no ofrecen ningún consuelo de cara a la pérdida de caminos y de puntos de referencia al que se enfrenta la juventud europea. Todo esto les permite encontrar a otras personas con las que compartir sus esperanzas y dudas.

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* Los nombres de las personas citadas en el artículo han sido modificados.