Feminismo puro y duro: una clase de “thai boxing” en Berlín

Artículo publicado el 18 de Noviembre de 2012
Artículo publicado el 18 de Noviembre de 2012
Por primera vez, el boxeo femenino tuvo su reconocimiento en los Juegos Olímpicos de Londres de 2012. En Berlín, una de las capitales consideradas más gais y feministas de Europa, la asociación Lowkick ofrece clases de defensa personal y deportes de combate específicamente para mujeres transexuales, aunque la mayoría de sus participantes son mujeres que nacieron con el sexo femenino.
Exploramos este proyecto que se define como feminista.

La sesión ha empezado hace solo 15 minutos, pero las luchadoras ya están cubiertas de sudor y el vaho se acumula en los cristales. Es viernes por la noche y estamos en el sur de Berlín, en una de las clases de Ruth en la que hoy hay ocho participantes. En este club feminista del barrio de Neukölln llevan practicando thai boxing desde hace dos años: “En las clases mixtas, siempre tenía la sensación de tener que demostrar que valía para que me tomaran en serio”, dice Caro, una mujer con pelo corto y pantalones rosa que lleva el cuello tatuado. Nicole, una veterana en clases de artes marciales, lo corrobora: “O te pegan flojo porque eres una mujer y, por eso, débil o, o te pegan fuerte para demostrar que los hombres son mejores”.

Una aventura femenina y feminista

Claudia Inken y dos de sus exestudiantes, Ruth y Gisa, fundaron en 2009 la asociación Lowkick. El centro ofrece un espacio exclusivamente femenino para que las mujeres practiquen kick-boxing, defensa personal y thai boxing, y actualmente cuenta con 250 miembros. La aventura no solo se limita a ser femenina, es feminista: “Para mucha gente, un club feminista es el único lugar donde no tienes que pensar en tu género, aquí no aceptamos guerras de poder”, explica Ruth con su franca mirada y una sonrisa.

El cartel que consta en la entrada de esta asociación.

Las participantes se sientan en círculo antes de cada clase, se presentan y explican cómo se encuentran, física y emocionalmente. Una de ellas tiene una lesión en el pie, otra quiere ir con cuidado con su hombro. Para Ruth, esto “es una manera de incidir en que cada una de ellas es única, con su propia historia a sus espaldas”. Su filosofía feminista es crítica con el mundo de las artes marciales. “Es un centro único con orígenes militares y en el que se respira un sentimiento muy fuerte de respeto al maestro”. Lowkick ofrece una versión alternativa a este deporte. Para quienes los precios de las clases son demasiado altos –de 25 a 50 euros– existe la posibilidad de hablar con los miembros del equipo para encontrar una solución.

Ich bin ein Berliner queer

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La sesión empieza con carreras y flexiones, después viene el calentamiento en pareja. Mientras cae la noche, bajo las luces de neón, el suelo amarillo cubierto con colchonetas da color a la sala. Se protegen las manos con vendajes y las boxeadoras practican los mismos movimientos: una espera por la derecha el golpe con la cabeza de su adversaria y responde con un golpe en el costado por la izquierda hasta que el gesto se convierte en mecánico.

Un pitido procedente de una caja negra al lado del aparato de música señala la duración de cada ejercicio y el ritmo del movimiento. Ruth se ríe cuando le pregunto si el thai boxing es más feminista que otras artes marciales. “¡No! Depende de los gustos de cada uno. Utilizamos todo el cuerpo, incluso las piernas, mientras que en el boxeo solo se usa la parte superior y en el kick-boxing no se utilizan ni los codos ni las rodillas”, me contesta.

Caro se quita el pirsin que lleva en la nariz y se coloca el protector dental. Se acaba el precalentamiento y hay que ponerse las protecciones en las rodillas y los guantes. Con música tailandesa de combate de fondo, las mujeres empiezan a emitir un sonido similar a “¡Tsss!” cada vez que golpean y exhalan. Neko vino por primera vez para aprender defensa personal, Pauline quería probar el kick-boxing y ahora las dos practican el thai boxing y disfrutan del ambiente.

Dos boxeadoras durante la sesión de “thai boxing”.

“El desarrollo de los reflejos mentales te da más confianza”, comentan Caro y Maria. En efecto, esto es el empowerment, un término que nos descifra Céline Jayrome Robinet en su blog Ich bin ein Berliner queer: “El empoderamiento tiene que ver con ser consciente de aquello que quieres conseguir —por ejemplo, sentirte seguro— y de los resortes para hacerlo. Y también la legitimidad que sientes para utilizar esos resortes. A veces, obviamos un tercer elemento: la defensa personal te aporta una dimensión psicológica”. Esta noche, en Lowkick no hay clases de defensa personal. “Si te amenazan en la calle con un arma, es mejor reaccionar con un movimiento de autodefensa con el cual te echarían de cualquier cuadrilátero”, apuntala Ruth. “El thai boxing, el kick-boxing y el boxeo tienen reglas muy precisas que se tienen que respetar”.

El “¡Tsss!” continúa, pero la sesión está a punto de acabar. Lucha libre y último ejercicio cuerpo a cuerpo: agarrar la cabeza de la adversaria con los brazos y golpearle el estómago con la rodilla. Ruth pone un CD del grupo alemán de ska-reggaeIrie Révoltés y las rodillas impactan con los estómagos a ritmo de “Vuelven los revolucionarios, tenemos que continuar resistiendo. Vuelven los revolucionarios, la música y el movimiento nos corren por las venas”.

Aunque el objetivo era ofrecer clases a mujeres transexuales, muchas de las participantes pertenecen al sexo femenino.

La inclusión de las personas transexuales

Son casi las ocho y media de una noche de otoño en Berlín, se acaba la clase y las mujeres montan en sus bicicletas en dirección de la Weserstrasse, una calle de moda en el barrio. En la clase de hoy, todas las mujeres son del sexo femenino, aunque Lowkick se dirige a todas aquellas personas quienes “se identifican con el género femenino”, lo que incluye también a las transexuales. Sin embargo, mientras toman una cerveza, las mujeres explican que Lowkick no tiene muy buena reputación respecto a los transexuales, aunque Caro asegura que su inclusión es una cuestión que surge a menudo: “En Seitenwechsel —un tradicional club deportivo lésbico de Berlín— pasa lo mismo”, añade. “Lo que le falta a Lowkick es un foro abierto para hablar de ello, sea cual sea la opinión de cada uno”. Aunque les gustaría que el club estuviera más abierto a otras identidades de género, reconocen que se necesitan más espacios reservados para las mujeres.

Este artículo forma parte de Orient Express Reporter II, una serie de reportajes sobre los Balcanes que ha sido desarrollada por cafebabel.com entre 2011 y 2012. Este proyecto ha sido cofinanciado por la Comisión Europea y cuenta con el apoyo de Allianz Kulturstiftung.

Fotos: portada, (cc) dabemurphy/Flickr; texto, © Céline Mouzon.