Festival de Avignon 2016: El teatro ha muerto, ¡larga vida al teatro!

Artículo publicado el 26 de Agosto de 2016
Artículo publicado el 26 de Agosto de 2016

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Una escenografía cada vez más espectacular, pantallas y cámaras en el escenario, música en vivo... El teatro evoluciona, se transforma aún a riesgo de perder su esencia. Dos son los espectáculos que han destacado este año en Aviñón: Les Damnés, de Ivo Van Hove, dentro del programa oficial, y Tous contre Tous, dirigido por Alain Timár, fuera de programa. Dos obras, dos visiones diferentes.

Una técnica controladísima, actores de óscar

Todo está listo: la pantalla, los dos steadicams [cámaras con estabilizador óptico de imagen], los palcos visibles desde el escenario, la decoración y, sobre todo, los actores de la Comedia Francesa. Aunque algunos espectadores se asombran ante de presencia de dos operadores de cámara en el escenario, muchos tienen una sensación de déjà vu: la mezcla de géneros está de moda.

La pantalla ya se había utilizado en el Hamlet de Ostermeier, representado en el año 2008 en este mismo escenario del Palais des Papes (Palacio de los Papas o Palacio Papal) y después en el teatro Schaubühne de Berlín. En cuanto a los steadicams, los hemos podido ver recientemente en el teatro berlinés Volksbühne, en la representación de Die Kabale der Scheinheiligen. Das Leben des Herrn de Molière, del director Frank Castorf.

Se pone el sol en Aviñón y la obra comienza, las cámaras se encienden y, por supuesto, los ojos del público miran fijamente la pantalla. Algo ciertamente útil para los que están sentados en la otra punta del Palacio y que habrían querido ver a Guillaume Gallienne un poco más cerca. Irritante para otros: "¡cómo si no tuviéramos ya bastantes pantallas en casa! Cierto, Ivo Van Hove no llega tan lejos como Carstorf en la utilización de la cámara. De hecho, en la última creación de este último, el público se pasa casi cuatro horas mirando la pantalla (el espectáculo dura cinco), y los actores están sobre el escenario, pero camuflados entre los decorados. Ivo Van Hove utiliza la cámara como un accesorio más, para acortar la escena o alargarla. Así, mientras dos personajes dialogan en medio del escenario, la pantalla, por encima de ellos, emite las imágenes de los que están cambiándose un poco más allá. Del mismo modo, el público tendrá la oportunidad de recorrer el interior del Palacio de los Papas cuando el cámara se lance a la persecución de Elsa Lepoivre entre bastidores de frías piedras. Simpático, pero sin más.

La actriz reconoce, algo sorprendida, que solo han «trabajado tres semanas en París y después una aquí, así que en realidad es un espectáculo que se ha montado en cuatro semanas». Ivo Van Hove se ha pasado más de un año preparando la técnica y la escenografía… A Guillaume Gallienne le gusta contar en las entrevistas sus conversaciones con el director, en las que prestan poca atención a la psicología de los personajes: «Los desplazamientos, la relación entre el vídeo y la música, todo está supertrabajado de antemano, como en el caso de una ópera. Y los personajes no se abordan jamás de una manera psicológica: Ivo más bien nos empuja a seguir el guión (...)». El resultado de esto es que la crítica elogia la profesionalidad de los actores (pues sí, este trabajo en tres semanas es digno de aplauso), la riqueza de la obra (efectos especiales, músicos en vivo, cámaras intachables), y… Ahí está el resultado. Incluso los periodistas más entusiastas no pueden dejar de hacer referencia al entusiasmo moderado de los espectadores y a los aplausos que tardan en oirse. Les Damnés es una obra impecable, no hay duda, pero terriblemente sosa. Jacques Nerson resumió perfectamente la idea en el programa de radio Le Masque et La Plume del pasado 10 de julio, dedicado al Festival oficial: «Este espectáculo no me ha emocionado del todo, me he quedado en lo externo (…)». Es exactamente eso, lo contemplamos con admiración, nos embelesa, pero de ningún modo nos llega adentro. Chocar quizá, pero no calar, especialmente porque Ivo Van Hove nos «atrapa a menudo con ideas fáciles y fascinantes».

Sorprendentemente no hay pantalla, no hay desnudos inexplicables ni tabús terribles para transgredir en Tous contre Tous, una obra de Arthur Adamov (¡escrita en 1952!) llevada ahora a escena por Alain Timár. Aquí, es la fuerza del grupo la que impresiona al espectador, no los efectos especiales. Son quince los actores encima del escenario (nueve mujeres y seis hombres), se intercambian los papeles, cantan, silabean las decisiones de un gobierno que perfectamente podría llegar a ser el nuestro - ¿o tal vez ya lo tenemos? Esos son los efectos especiales del teatro: la magia del grupo, los movimientos, los cantos, sincronizados casi al milímetro, impresionantes por la fuerza y el poder que otorgan a las palabras, a las ideas que atraviesan los cuerpos para llegar justo hasta nosotros. Son quince pero parecen uno, un texto, una obra. El propio Alain Timár dice: «En lo que yo denomino "realismo poético y simbólico", el texto, los gestos de los actores, la música y la escenografía forman parte de una misma partitura».

Retorno a la esencia misma del teatro

Una tela blanca simboliza el escenario. Los trajes están colocados en fila, en el suelo, al fondo. La intención es la misma que en Les Damnés: nadie sale del escenario, los actores se cambian a la vista del público. Pero los tocadores con mil accesorios que brillaban sobre el escenario del Palacio de los Papas han dejado paso a la sobriedad más absoluta. Tres colores para tres personajes. Dos vestidos: uno, de punto, símbolo de la pobreza; el otro, más coqueto, símbolo de riqueza. Abrigos con una señal roja para los refugiados, monos de trabajo para el pueblo. Los actores se los intercambian y se ayudan a vestirse en unos segundos, medio a oscuras, al ritmo de las percusiones del fantástico Young Suk, que toca en directo durante toda la obra. No se dice nada, y todo está claro. Cuando resuenan las últimas notas, todos están ahí, alrededor del cuadrado blanco. Anuncian al unísono el lugar, los personajes, quiénes van a entrar en escena. A medida que se va diciendo su nombre, avanzan un paso. En el suelo negro son neutrales, siguen siendo actores, totalmente ellos mismos y no totalmente otros. Son solo los soportes, esas voces que se callan un momento y hacen estremecernos. En el corto silencio que precede a la réplica, el cuerpo se transforma, se convierte en personaje, Jean se desploma, deprimido, Marie baja la cabeza, avergonzada, la Madre se inclina, ella cojea. Después van entrando uno a uno en el cuadrado blanco, donde de repente vemos los muebles de la habitación, los muros en la calle. Simplemente lo vemos, sin que se nos diga nada y, sobre todo, sin que se nos imponga nada.

 

Con unas pocas palabras basta

Desde luego, algunas palabras resuenan: «refugiados», «campos», «ejecuciones». Pero nadie nos dispara por el momento. En realidad, Les Damnés carecía de delicadeza. Acabar la obra dejando a un personaje disparar al público en medio de un ruido traumático, por si los más ingenuos no se hubiesen percatado todavía del paralelismo entre el nazismo y las masacres de hoy en día... Eso, francamente, no era necesario. Alain Timár confía más en el texto, en los espectadores y en sus actores, pues ese paralelismo no nos abandona ni un segundo. Esos campos de los que se nos habla no son solo vestigios de una Segunda Guerra Mundial de otro siglo. Hoy en día, literalmente, existen y cerramos los ojos, incluso ayudamos a construirlos al no querer acogerlos en nuestros países, al querer aparcarlos y encerrarlos en otros sitios. Y finalmente esos hombres, Jean y Zenno, que son los verdugos, después las víctimas, y finalmente otra vez los verdugos, prometiendo que tienen miedo a la muerte. No son hombres de otro país, sus caras son blancas. Lo absurdo de su condición también es nuestro absurdo. Nosotros que cerramos los ojos, las fronteras delante de esos refugiados cuya vida está amenazada, nosotros que los encerramos en campos, sacamos provecho de su presencia o de su marcha, henos aquí a nosotros mismos amenazados. Nuestras vidas están amenazadas en cualquier momento. Todos somos víctimas potenciales, sin distinción de género, religión o poder adquisitivo. De repente todo se mezcla. Y estamos solos, todos contra todos. La unidad (y no solo nacional) parece estar lejos.

La obra podría parecer demasiado larga, pero no lo es: hay tiempo para digerir lo que se está representando, a pesar de que el texto sea simple, muy simple, como el de Visconti [adaptado directamente por Ivo Van Hove, ndlr]. Un texto tan simple no necesita florituras. Cuando el arte se domina y se respeta, pasa a la categoría de genio. Visconti magnifica la imagen para ofrecer una película sublime. Timár regresa a los códigos últimos del teatro, buscando así la catarsis griega gracias a la cual el espectador podrá gritar y lamentar sus miedos. Van Hove nada entre los dos, y finalmente lo cuaja en una pintura. Colecciona las herramientas, los más bonitos pinceles, y nos regala un maravilloso cuadro. Un cuadro que, por principio, no está destinado a la obra. Le falta vida para aspirar al teatro, su lugar está en una pared.

Al final de Tous contre tous las lágrimas asoman a los ojos. Los espectadores se levantan, los «bravos» resuenan, las manos se golpean con fuerza la una contra la otra. Estamos impresionados por la fuerza del discurso, la grandeza de los actores, de la compañía, el talento del director, que de la nada hace un todo. Y no a la inversa, no, sobre todo no a la inversa.