Fietsdepot: ¡No aparques ahí tu bici!

Artículo publicado el 31 de Enero de 2014
Artículo publicado el 31 de Enero de 2014

Cada año se requisan en Ámsterdam más de 60.000 bicicletas mal estacionadas que son almacenadas en el Fietsdepot a la espera de que sus dueños las reclamen.

Para los ha­bi­tan­tes de Áms­ter­dam exis­te un pe­que­ño te­rror que les ate­na­za cada día: lle­gar al lugar en el que han apar­ca­do su bi­ci­cle­ta…y que no esté. En una ciu­dad con 881.000 ve­lo­cípe­dos -más que ha­bi­tan­tes, 780.000 según el censo de 2011- los hur­tos y desa­pa­ri­cio­nes de bi­ci­cle­tas son una reali­dad muy común. De hecho, Áms­ter­dam cuen­ta con un po­ten­te mer­ca­do negro de bicis ro­ba­das.

Por ello, cuan­do una ma­ña­na cual­quie­ra des­cu­bres con ho­rror que tu Ba­ta­vus o tu Or­bi­ta sim­ple­men­te ha des­a­pa­re­ci­do, la pri­me­ra reac­ción es pen­sar que ha caído en manos de los “ami­gos de lo ajeno”. Sin em­bar­go, exis­te la po­si­bi­li­dad de que en reali­dad des­can­se tran­qui­la­men­te en Fiets­de­pot, el al­ma­cén mu­ni­ci­pal de bi­ci­cle­tas mal apar­ca­das o aban­do­na­das. Es el hom­bre del saco ho­lan­dés, el enemi­go de los ci­clis­tas dís­co­los o des­cui­da­dos.

Im­pla­ca­bles en su tarea, los tra­ba­ja­do­res mu­ni­ci­pa­les re­co­rren la ciu­dad con un ca­mión car­gan­do las bi­ci­cle­tas es­ta­cio­na­das en lu­ga­res no per­mi­ti­dos: fa­ro­las, se­ña­les de trá­fi­co, va­llas… Y es que, aun­que en cier­tos pun­tos se in­di­que cla­ra­men­te que no es legal apar­car, son mu­chos los ci­clis­tas que hacen caso omiso a los avi­sos y dejan sus ve­lo­cípe­dos donde quie­ren. De hecho, du­ran­te 2012 el Fiets­de­pot aco­gió cerca de 63.000 bi­ci­cle­tas y en 2013 unas 70.000.

Cómo re­cu­pe­rar una bici re­qui­sa­da

Hay que tener en cuen­ta que el ser­vi­cio de re­co­gi­da no deja nin­gu­na señal que in­di­que que la bi­ci­cle­ta ha sido re­ti­ra­da. ¿Cómo saber en­ton­ces si tu com­pa­ñe­ra de dos rue­das ha sido ro­ba­da o so­la­men­te con­fis­ca­da? No hay más re­me­dio que lla­mar al cuar­tel ge­ne­ral del Fiets­de­pot, en las afue­ras de la ciu­dad.

Allí son trans­por­ta­das y ana­li­za­das las bicis y se les crea una ficha con sus datos: lugar en el que fue re­co­gi­da, color, mo­de­lo, de­ta­lles ca­rac­te­rís­ti­cos (en Ho­lan­da es muy po­pu­lar per­so­na­li­zar las bi­ci­cle­tas con pe­ga­ti­nas, tim­bres de co­lo­res o flo­res) o pe­que­ños des­per­fec­tos. Luego se es­ta­cio­nan, junto a las otras miles de bicis re­ti­ra­das, en la ex­pla­na­da que rodea al Fiets­de­pot. Y ahí se que­dan las po­bre­ci­llas, solas, huér­fa­nas, es­pe­ran­do que sus due­ños las re­cla­men para vol­ver a casa y re­co­rrer de nuevo los 400 ki­ló­me­tros de ca­rril bici de Áms­ter­dam.

De todas for­mas, cuan­do el atri­bu­la­do ci­clis­ta con­tac­te con el de­pó­si­to para ave­ri­guar si su vehícu­lo está ahí, de­be­rá su­perar un in­te­rro­ga­to­rio. Saber que tu bici tenía un tim­bre rojo o una cesta puede ser la clave para re­cu­pe­rar­la. Eso y pagar 10 euros de multa. En el caso de que al re­ti­rar la bici no haya sido ne­ce­sa­rio rom­per la ca­de­na o que cuen­te con un can­da­do es­pe­cial, el usua­rio de­be­rá de­mos­trar que puede abrir la ce­rra­du­ra y no es nin­gún far­san­te.

Para fa­ci­li­tar este pro­ce­so, el Ayun­ta­mien­to de Áms­ter­dam re­co­mien­da ac­ti­va­men­te  a los usua­rios que ins­cri­ban su bi­ci­cle­ta en los re­gis­tros ofi­cia­les. De hecho, equi­pos mó­vi­les re­co­rren la ciu­dad “cen­san­do” gra­tui­ta­men­te las bi­ci­cle­tas y otor­gán­do­les un có­di­go de iden­ti­fi­ca­ción que las saca del ano­ni­ma­to y las hace mucho más fá­ci­les de lo­ca­li­zar.

Pero no sólo de bicis mal apar­ca­das vive Fiets­de­pot. Tam­po­co es­ca­pan de sus ga­rras las que lle­van mucho tiem­po es­ta­cio­na­das en el mismo lugar y pue­den haber sido aban­do­na­das. En ese caso, se deja una eti­que­ta avi­san­do al usua­rio de que, si no cam­bia su bici de sitio en unos días ésta será re­ti­ra­da. Claro, si, como el 57% de los ha­bi­tan­tes de Áms­ter­dam usas tu bici dia­ria­men­te esto no es un pro­ble­ma, pero ¿y si te has mar­cha­do a re­co­rrer Tai­lan­dia o a se­guir la Ru­ta66? En ese caso puede que al vol­ver te en­cuen­tres con una des­agra­da­ble sor­pre­sa, o mejor dicho, con nada.

No, no te la han ro­ba­do

Áms­ter­dam cuen­ta con una am­plia po­bla­ción ex­tran­je­ra y para mu­chos de sus miem­bros el pri­mer con­tac­to con Fiets­de­pot re­sul­ta trau­má­ti­co. Así fue la ex­pe­rien­cia de Clara San­chiz, una ma­dri­le­ña que tra­ba­ja en Áms­ter­dam como pe­rio­dis­ta: “Había de­ja­do mi bi­ci­cle­ta fren­te a un hotel y cuan­do fui a por ella ya no es­ta­ba. Pensé que me la ha­bían ro­ba­do y entré en pá­ni­co…Tuve la suer­te de que una amiga ho­lan­de­sa me con­ta­ra que exis­tía Fiets­de­pot, si no jamás hu­bie­ra re­cu­pe­ra­do mi bici”. 

En honor a la ver­dad,  a San­chiz ya se le han lle­va­do la bici dos veces, y ambas en el mismo sitio, por lo que es una ex­per­ta en el tema: “cuan­do lle­gas a la ofi­ci­na te in­vi­tan a un café, ¡claro! ¡Es lo mí­ni­mo que pue­den hacer des­pués de darte un susto de muer­te por­que pien­sas que te han ro­ba­do la bici!”, ex­cla­ma entre risas.

En reali­dad, a pesar de lle­var 10 años en fun­cio­na­mien­to, el Fiets­de­pot es bas­tan­te des­co­no­ci­do tanto para los ho­lan­de­ses como para los ex­tran­je­ros. Tanto es así, que sólo un 25% de las bi­ci­cle­tas re­qui­sa­das son re­cla­ma­das por sus due­ños, bien por­que es­tu­vie­ran aban­do­na­das, bien por­que, efec­ti­va­men­te, pen­sa­ran que se la ha­bían ro­ba­do.

Dicen que nada es para siem­pre, y el al­ma­ce­na­mien­to de Fiets­de­pot no es una ex­cep­ción. Las bi­ci­cle­tas sólo son guar­da­das allí du­ran­te tres meses. Si en ese tiem­po nadie las re­cla­ma, se uti­li­zan para ac­ti­vi­da­des de in­te­gra­ción o ta­lle­res de des­em­pleo en los Paí­ses Bajos, se ven­den a tien­das de se­gun­da mano o se des­ti­nan a pro­yec­tos de coope­ra­ción en otros paí­ses, como Tan­za­nia o Af­ga­nis­tán. Al fin y al cabo, todas las bi­ci­cle­tas se me­re­cen una se­gun­da opor­tu­ni­dad.