Fotogalería: La Espera

Artículo publicado el 1 de Diciembre de 2011
Artículo publicado el 1 de Diciembre de 2011
Un pueblo que, tras ser expulsado de su patria, se ve obligado a sobrevivir en un territorio ajeno e inhóspito mientras aguarda el momento de poder regresar a su hogar, es una de esas historias que merecen por derecho propio toda nuestra atención.

Y sobre todo merece una aproximación por nuestra parte evitando ese prejuicio alentado por ciertos poderes bastardos, empeñados en que relacionemos todo lo islámico con ideas de intransigencia, fanatismo y terror.

Fotogalería de Isabel Porras

1.jpg La espera 1: “27 de Febrero”, pareja saharaui a la puerta de un comercio.

2.jpg La espera 2: “Rabuni”, parada de autobús.

3.jpg La espera 3: Laboratorio de análisis del agua, espacio exterior.

4.jpg La espera 4: “Rabuni”, saharauis a la puerta de su casa.

5.jpg La espera 5: “Rabuni”, carnicero a la puerta de su local.

6.jpg La espera 6: “27 de Febrero”, Depósito de agua y jirafa.

7.jpg La espera 7: Camino a “Smara”, siguiendo al camión de reparto de ayuda humanitaria.

8.jpg La espera 8: Alrededores de “Rabuni”, restos de camello.

9.jpg La espera 9: “Smara”, coche y cisterna de agua dentro de la wilaya.

10.jpg La espera 10: Camino a “Dajla”, viento siroco en el desierto.

11.jpg La espera 11: “Protocolo”, parte trasera de las casas.

12.jpg La espera 12: Alrededores de “Protocolo”, cubas de camiones de transporte.

13.jpg La espera 13: Saharauis cargando sacos de harina en el camión para el reparto de la ayuda humanitaria.

14.jpg La espera 14: Interior de jaima, chica saharaui preparando el té.

15.jpg La espera 15: Yo misma. Isabel Porras

Sea como sea, considero que a la hora de emprender un viaje a tierras extranjeras, uno debe hacerlo libre de condicionantes que impidan conocer la realidad del lugar, por eso, una vez allí, hice todo lo que estuvo en mi mano por ejercitar todo lo posible mi capacidad de aprendizaje al tiempo que realizaba mi trabajo como reportera. Considerando la dimensión de mi objetivo, mucho me temía que un mes sería insuficiente y que tendría que regresar antes de haber atravesado la primera barrera social, que no es más que una mera presentación del pueblo saharaui con todos sus tópicos, pero lo cierto es que en mi segunda noche ya estaba disfrutando, junto con mis compañeros, de una cena exquisita en la jaima de uno de los conductores de la ONG y de su familia. Y ese fue el principio de una hospitalidad generosa y desinteresada que duró durante toda mi estancia y de la que siempre estaré agradecida.

Fue de esta forma y gracias a mi labor, que pude moverme con bastante libertad por los campamentos pues mi trabajo consistía en documentar gráficamente el proyecto que se estaba llevando a cabo para abastecer de agua a las wilayas. Hice entrevistas a las personas encargadas y fue así como me informé de los diferentes sistemas llevados a cabo para que el agua llegase a los usuarios dependiendo de la situación de los campamentos con respecto a los pozos naturales. Por otro lado, me resultaba bastante contradictorio ver cómo los saharauis estaban asentando las bases necesarias para constituirse como sociedad funcional en un territorio que no sienten suyo y que no dudarán en abandonar en el instante en que se les dé la oportunidad de volver a su país. Le pregunté sobre este tema al responsable del agua en la wilaya de Esmara y me contestó que todo el sistema de tuberías, grifos, cisternas, laboratorio; todo estaba pensado de manera que pudiera ser transportado a su país llegado el añorado día de la “vuelta a casa”. Aquel tono categórico dejaba claro que no se trataba de una respuesta improvisada, sino que constituía una simple muestra de que para él, ésa resultaba una cuestión completamente obvia, de manera que casi me sentí avergonzada de haber dudado precisamente de aquello que, como pude comprobar a partir de ese momento, constituye el más fuerte nexo de unión de todo el pueblo saharaui en las actuales condiciones: su retorno a la patria, un sentimiento omnipresente y decisivo tanto entre la gente mayor, como entre las generaciones nacidas y educadas en el éxodo.

La naturaleza inhóspita y árida del paisaje en el que actualmente malviven los saharauis; una infinita llanura que ni siquiera tras la lejana línea del horizonte parece prometer otra cosa que más aridez y más “nada” y que no reconoce otro protagonista ni otra presencia que el omnipresente sol, acentúa entre sus habitantes el sentimiento de exilio y con él, curiosamente, también el de la esperanza, tal vez porque no existe otra forma que ésa para darle sentido a una espera que (nadie como ellos merece que sea breve).

Siendo éstas las condiciones de vida que padecen actualmente, es lógico imaginar lo difícil y doloroso que en su momento les resultaría el proceso de adaptación a este medio viniendo como venían de un lugar tan rico en recursos naturales. Lo cierto es que, ni estas condiciones de vida, ni el olvido de la comunidad internacional, ha conseguido hundirlos en la desesperación. De hecho, lo que más me impactó durante mi estancia allí, no fue tanto la pobreza (que es evidente), sino el carácter de un pueblo que no pierde su dignidad, ni ante su desesperada situación política, ni ante la tentación de explotar su propio drama ante la mala conciencia de las demás naciones.

Isabel Porras González