Fustigado en un bar masoquista de Leópolis, Ucrania

Artículo publicado el 8 de Noviembre de 2013
Artículo publicado el 8 de Noviembre de 2013

Acudí a un bar en Leópolis, Ucrania, donde el espíritu de Leopold von Sacher-Masoch, el padre del masoquismo, está todavía muy presente. Como siempre ando en busca de nuevas sensaciones, recibí un fuerte latigazo de una camarera musculosa. A veces el intercambio cultural se materializa de forma inusual.

Muchos ven Ucrania como un país esquizofrénico. Con dos lenguas, ucraniano y ruso, y dos fuerzas geopolíticas que tiran hacia direcciones opuestas en forma de Unión Europea y Rusia, la dualidad de Ucrania es ciertamente considerable. Antes solo conocía las regiones de habla rusa del sudeste, ya que había pasado tiempo en Crimea, Odesa y la capital, Kiev. En Leópolis, en la Ucrania occidental, no solo descubrí un nuevo idioma, sino un nuevo mundo; un carnaval de erotismo brutal y quimeras fantásticas.

Al pasar de Odesa a Leópolis, el ruso cede ante el ucraniano y las gruesas cúpulas con forma de cebolla son reemplazadas por los estilizados capiteles góticos. La majestuosidad medieval de Leópolis ha permanecido en su gran mayoría intacta y se ha salvado de la basura occidental que se ha hecho para algunas partes de Europa oriental. Las calles adoquinadas y los paisajes urbanos de torres redondeadas le dan un aire cautivador. Me siento como si hubiera retrocedido quinientos años, pero cuando cae la noche descubro que no estoy preparado para lo real que puede llegar a ser este ambiente anacrónico.

VIOLENCIA EN LA CAMA

Leópolis es la ciudad natal de Leopold von Sacher-Masoch, el autor que da nombre al placer sexual que deriva del dolor y la subyugación, también conocido como masoquismo. Soy consciente de que solo tengo un cerebro y para una única ocasión, y por tanto estoy obligado a llevarlo por todo el catálogo de sensaciones que el mundo puede ofrecer. Así pues, me dirigí a Leópolis para que me golpearan. El bar, Masoch, es un lugar oscuro y sórdido. Las cartas de las bebidas están forradas con cubiertas de piel y pelo morado. Una camarera enorme está azotando con un látigo a un cliente pequeño que no lleva camiseta. Él grita, su espalda está cubierta de verdugos violetas, pero no le pide ni una sola vez que se detenga.

Mi amigo y yo tomamos unas copas para calmar los nervios y levantar nuestra libido. Sé que va a ser difícil disfrutar de esto pero estoy decidido a aprovecharlo al máximo. Manifestamos nuestra curiosidad a la camarera y en unos segundos el coloso con el látigo irrumpe con furia y nos mira fijamente con unos ojos negros hambrientos. Coloca dos sillas juntas: “¡Arrodillaos!”, ordena. Es como si hubiéramos renunciado a todos nuestros derechos en la entrada. Nos arrodillamos. “¡Sujetad la silla frente a vosotros!”, exclama mientras nos levanta las camisetas y nos cubre la cabeza para dejar al aire nuestras delicadas espaldas vírgenes.

AZOTADO HASTA EL CIELO

En su libro La venus de las pieles (1870), Masoch explica su manera de entender las relaciones sexuales: “quien entonces no es capaz de imponer su yugo, sentirá pronto en su nuca el pie del otro”. Pocas veces he contemplado la dinámica de poder de apareamiento en unos términos tan gráficos. De hecho, nunca había visto estas relaciones de poder en prácticas. Para mí, el apareamiento siempre había consistido en un acto de unión e igualdad: el intercambio mutuo de placer y, a veces, de emoción. Pero ya nunca volverá a ser así.

Los dos primeros lametones del látigo provocan que los dos gritemos de dolor. Intentamos mantenernos en pie pero una camarera vestida de cuero nos echa abajo con un alarido salvaje. Por un momento pienso en oponerme, no tengo por qué estar arrodillado sobre este suelo sucio y que esta bestia enorme me dé latigazos. Pero entonces recuerdo que mis átomos y sus átomos y los átomos del látigo han estado en un movimiento continuo desde el Big Bang y posiblemente ninguno de nosotros podría estar en otro lugar en ese preciso instante. Agarro la silla y agacho la cabeza.

Los latigazos que llegan a continuación me azotan hasta más allá de los límites del dolor y alcanzo un mundo nuevo. El lametón del látigo es tan abrumadoramente excitante como para conseguir que cambie para siempre. Nunca volveré a ver a las mujeres como iguales. Siempre serán colosos potenciales que me harán estremecer de miedo y excitación. La emoción de ser completamente dominado por una bestia total es lo mejor que he sentido nunca y ha cambiado mi vida…

Es una broma. Solo estaba imaginándomelo. Me gusta creer que viajar y probar cosas nuevas puede cambiar tus puntos de vista, pero afortunadamente yo no me encontré a mí mismo en ese bar masoquista. Por suerte para mi cuerpo, mi cerebro no se impresionó. La experiencia simplemente confirmó mi idea de que no me gusta el dolor y no aprendí nada. Pero seguiré intentándolo. Me pondré en cualquier posición extraña y humillante que se presente porque, probablemente, será para mejor en un mundo de sorpresas.