Fútbol entre pasión, ultras y negocio

Artículo publicado el 3 de Diciembre de 2015
Artículo publicado el 3 de Diciembre de 2015

Estandartes neo-nazis, comportamientos racistas y actos de violencia coronan las crónicas sobre el Ferencvárosi ("Fradi", para sus seguidores), el club más prestigioso de Hungría. Hemos indagado a cerca de este extremismo y su influencia en los aficionados y el sistema actual. Y nos hemos preguntado: ¿Se puede vivir esta pasión por el Fradi de una manera diferente?

Cuando busques a alguien, lo primero que tienes que hacer es llamar a la puerta de casa. En el caso del club de fútbol Ferencvárosi la casa se llama Groupama Arena, un estadio moderno inaugurado en la entrada de Budapest en 2014 gracias a una inversión pública de 15 millones de fiorines (alrededor de 48 millones de euros). Queda a mis espaldas el águila de metal, símbolo del equipo, y me preparo para la visita guiada.

Historia, seguridad y negocio

En la recepción la azafata responde con miedo cuando pido información sobre los seguidores: "Tenemos hinchas normales e hinchas locosLos locos - explica - rechazan las nuevas normas de ingreso, que suponen básicamente la posesión de una tarjeta"Aquí la tarjeta de socio incluye el escaneo biométrico de las palmas de ambas manos; esto ha sido introducido por la sociedad BioSec, además sirve de banca electrónica para las compras que se realizan dentro del estadio. 

La visita empieza con las Skybox, pocos metros cuadrados para los millones de euros que cuesta el alquiler al año: Aquí las empresas personalizan sus áticos para tener un lugar donde discutir sobre sus negocios, entre sofás y alcohol. No muy lejos de la pasión y de la inquietud de los seguidores.

Tomasz es mi guía: Bajo una lluvia constante y leve, nos asomamos sobre el manto verde del campo, verde intenso como las tribunas con los colores del club. "Tengo acceso libre al estadio", dice Tomasz, "pero he comprado un abono para el sector C-2. Durante los partidos quiero que quede claro que estoy aquí por el equipo. Primero viene el 'Fradi' (como llaman al club, n.d.r.), después el trabajo". 

En el Fradi Muzseum abrir uno de los pequeños armarios es como hojear un libro sobre los últimos 100 años de historia húngara: Del nazismo al capitalismo, pasando por el comunismo, cuando el equipo cambió el nombre y los colores. El museo acaba en la boutique, donde se pueden comprar uniformes oficiales, toallas, llaveros y botellas de pálinka blancas y verdes. 

El merchandising hace felices a algunos, pero aleja a otras personas de su amor por el fútbol, como Attila Boro. Trabajador en logística, 27 años, Attila vive el fanatismo en un limbo entre la pasión y el desencanto: "Antes casi siempre estaba en el estadio. No me considero un ultra - concreta -, pero ellos me han enseñado mucho. Además de la fe en el equipo, tienen valores profundos como lealtad y fraternidad. No son ángeles, pero tampoco criminales como los describen". Sobre la dirección, las críticas son más severas: "Quieren clasificar a las personas. Excluyen a la clase menos acomodada subiendo los precios de los billetes y criminalizando a aquel que no se adapte al cambio. Prefieren a aquellos que pueden gastar dinero. Es uno de los motivos por los que ya no voy al estadio".

Estadio de ensueño, pesadilla para la seguridad

Si en casa no encuentras a nadie, llama a la puerta de casa del amigo. O del enemigo. Me voy en bus directo a Felcsút, pueblo natal del Primer Ministro Orbán. Se juega el desafío del campeonato entre Ferencvárosi y Puskás Akadémia. En medio de tierras húngaras, emergen los fabulosos alrededores de esta mini-catedral del fútbol. En las gradas hay policías preparados para parar cualquier atisbo de sublevación y hay otros 200 agentes de seguridad.

Entre ellos, con una postura militaruna decena de homónimos con las cabezas rapadas, dirigen las operaciones. "Trabajamos a sueldo con el Ferencvárosi, con tal de intimidar a sus propios seguidores. A menudo son ex ultras, algunos con antecedentes penales", me explican. Espero a que lleguen los bad boys a desfogarse entre cantos y gritos. Suposición incorrecta. Los ultras no llegarán nunca: Prosiguen el boicot al club. En las gradas sólo hay un pequeño grupo de seguidores, que a duras penas entonan el coro. La atmósfera se apaga rápido y la partida acaba en un tirante empate cero a cero.

¿Dónde están los ultras?

"La brecha entre los ultras y el club es grande. El objetivo es echar al presidente del club, Kubatov", nos cuenta Gábor Csekey, que desde el 2008 se encarga del sitio web Ulloi129. Creado para informar a los aficionados y apoyar al equipo durante el descenso a segunda división, el sitio cuenta además con 20 mil accesos periodísticos y millones de comentarios. El origen del encuentro, por Gábor, se remonta a 2013: "Un centenar de ultras entraron en el estadio para exponer un cartel dando apoyo a un criminal nazi". Muchas empresas han amenazado con anular las esponsorizaciones si el club no pone medidas.

Más que aislar a los extremistas por motivos políticos y de dignidad, se trata de preservar los intereses que unen de la misma manera a empresas, equipo y al partido del gobierno, Fidesz, del cual Kubatov es actualmente parlamentario. "Los extremistas no son más de un centenar, pero arrastran a millones de jóvenes, a menudo inconscientes del mensaje político que apoyan". Durante los partidos jugados en casa, se monta una gran pantalla en el exterior del Arena. Una iniciativa para no exasperar los ardientes espíritus de los ultras. Según Gábor: "Uno a uno volverán al estadio. A lo mejor hace falta un año o quizá diez. ¿Quién lo puede saber?".

El Fradi en estado puro

A la altura de la península Margit-Sziget, me encuentro con Peter Molner. En una zona donde muchos hebreos encontraron refugio lejos del acoso racista, la abuela de Peter se convirtió al catolicismo para salvarse. En su habitación, Peter custodia una colección de unas cien bufandas, decenas de chapas, libros y un álbum que se desborda con billetes y recuerdos fotográficos. Todo con la marca de Fradi. Me muestra orgulloso un trocito del viejo estadio, recogido por su abuelo mientras los tanques marchaban sobre Budapest. Una reliquia.

Peter tiene las ideas claras: "Un chico joven ve a los ultras divertirse y viajar por el país, a menudo borrachos. Esto puede ser magnético. Podría haber sido parte de ello, pero prefiero que no sea así. Si los líderes dicen algo, tienes que hacerlo. No me convence. Soy capaz de pensar por mí mismo". Además se sostiene sobre violencia y estandartes filonazis: "En el estadio te debes comportar igual que como lo haces cuando vas por la calle. Está bien desahogarse porque estás estresado de la vida y el trabajo. Pero si no expones un cartel nazi por la calle o delante de una sinagoga, ¿porque crees que puedes hacerlo en un estadio?".

Al mismo tiempo, Peter está cansado de ese estadio vacío, ocupado por los equipos de seguridad antes que por los aficionados. "Faltan", precisa, "nos falta la atmósfera y nos faltan los jóvenes".

Miro a Peter y entiendo lo que significa el amor por un equipo en estado puro. Puede que obsesivo, pero inocente y muy lejos del negocio y de la estupidez que ahora merodea en gran parte de los estadios europeos.

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Este artículo forma parte de la serie de reportajes EUtoo 2015, un proyecto que busca contar la desilusión de los jóvenes europeos, financiado por la Comisión europea.