Gas y paños calientes en la cumbre entre Europa y Rusia

Artículo publicado el 27 de Mayo de 2006
Artículo publicado el 27 de Mayo de 2006

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El 25 de mayo, la energía ha centrado las discusiones entre la Unión Europea y Rusia durante la cumbre celebrada en Sotchi, al borde del mar Negro.

La UE debe adoptar este año una nueva estrategia a largo plazo respecto de Rusia. El Acuerdo de Asociación y Cooperación (AAC) sobre el que reposan las relaciones entre la UE y Rusia expira en 2006 y ambas partes deben trabajar para el replanteamiento de sus objetivos. Además, los protagonistas de la cumbre parecen por fin haberse puesto de acuerdo en facilitar los visados y en la readmisión de ciudadanos; dos temas que monopolizaron el orden del día de los debates durante años. De hecho, Sotchi, se ha usado siempre como lugar de encuentro ideal las tensiones mutuas. Aun así, lejos de las sonrisas oficiales de satisfacción, muchos problemas siguen amenazando todavía el futuro de las relaciones entre el gigante ruso y Europa.

Un nuevo pacto Ribbentrop

El tema más peliagudo es el de la seguridad energética. La cumbre de Sotchi es el preludio del G-8 que se celebrará en junio, íntegramente dedicado a este tema. Los Estados europeos dependen en gran medida de la oferta rusa energética. El principal obstáculo para un diálogo fructífero en este terreno está ligado al hecho de que algunos de los socios de los 25, y en especial Alemania, prefieren mantener relaciones bilaterales y directas con el Kremlin, puenteando así a Bruselas. No existe consenso alguno en la UE sobre esta cuestión y se reavivan las tensiones entre “vieja y nueva Europa”. El ministro polaco de Defensa, Radek Sikorski, ha llegado a comparar la cooperación germano-rusa actual con la de 1939 en la que Molotov por parte de la Unión Soviética y Ribbentrop por parte del tercer Reich alemán sellaron el pacto de no agresión que determinó el reparto de Polonia con la ayuda de un ataque relámpago. El gasoducto del báltico es un proyecto común entre la compañía rusa Gazprom y las empresas alemanas E.ON y BASF. El objetivo es suministrar directamente gas desde Rusia a Alemania. Polonia, que no ha sido tenida en cuenta en el proyecto, es uno de los países bálticos cuyo territorio será atravesado por el gasoducto y no verá un solo euro de beneficios en todos esto.

¿Un vaso medio lleno o medio vacío?

Otro tema de discusión en Sotchi concierne la tentativa de OPA de Gazprom sobre otras empresas del sector energético comunitario. El recelo con el que ha acogido Tony Blair la propuesta del gigante ruso sobre la compañía Centrica, que controla una buena porción del mercado gasístico británico, ha empujado a Vladimir Putin a amenazar con redirigir su oferta de gas desde Europa a Asia. Desde su privatización, Gazprom es la tercera compañía energética más grande del mundo y Centrica no será, con toda seguridad, la última víctima de esta sed de adquisiciones. ¿Cómo responderán los demás países a esta actitud? La reciente ola de proteccionismo que recorre el continente no presagia nada bueno.

Dos soluciones aparecen en el horizonte: plantarse ante las tentativas de Gazprom o buscar soluciones legales que permitan asegurar un acceso igualitario al mercado ruso de la energía para las empresas europeas. Parece evidente que esta última solución es la mejor, pues evita la lógica de confrontación con Rusia y satisface de sobras los intereses de los empresarios europeos. De todos modos, la UE tendrá que insistir en que Rusia ratifique la Carta de la Energía, que esta última firmó en 1994. El texto obra a favor de una mayor liberalización del sector energético en Rusia, incluyendo medidas de apertura de tal mercado a las compañías extranjeras. Para asegurar la estabilidad de su oferta energética, el Kremlin ha reiterado su exigencia de poner en pie un estricto monopolio. El margen de maniobra de los Europeos es, pues, estrecho: si Rusia no ratifica el tratado, el mercado europeo será muy vulnerable a las OPA de sociedades rusas bajo control estatal.

Amigos que intimidan

Otro problema que la UE quiere tratar es la fastidiosa costumbre rusa de usar su capacidad energética como instrumento de intimidación. En enero de 2006, Rusia le cortó el grifo energético a Ucrania, provocando cortes de suministro en varios países europeos. La desventura se ha reproducido hace poco entre Ucrania y Bielorrusia. Por desgracia, la UE no posee ni el peso suficiente, ni los argumentos necesarios para persuadir a Rusia de no aumentar el precio de la energía a sus vecinos.

Por otro lado, existen más desacuerdos que se materializan entre Rusia y la UE. ¿Qué hacer con Irán, cómo negociar con Hamas, cómo disciplinar al dictador bielorruso Alexander Lukaschenko, cómo acelerar el proceso de adhesión de Rusia a la OMC? Aunque estos interrogantes no figuren en la agenda oficial de la cumbre, un acuerdo sobre estos temas volvería a la UE menos vulnerable respecto del monopolio ruso.