Gelsenkirchen: de la decadencia industrial al florecimiento artístico

Artículo publicado el 22 de Julio de 2014
Artículo publicado el 22 de Julio de 2014

Los fut­bo­le­ros sa­brán que Gel­sen­kir­chen es la ciu­dad del Schal­ke 04, si damos más de­ta­lles, es la ciu­dad que vio nacer a Mesut Özil. Los demás, ten­drán di­fi­cul­ta­des para co­lo­car en el mapa este mu­ni­ci­pio que sim­bo­li­za los es­tra­gos de la desin­dus­tria­li­za­ción de Ale­ma­nia. Pero es donde al­gu­nos so­ña­do­res in­ten­tan in­yec­tar el arte con­tem­po­rá­neo.

Con fre­cuen­cia, en Bo­chu­mers­tras­se, los edi­fi­cios están fa­bri­ca­dos con la­dri­llos rojos y el re­sul­ta­do no es muy feo. Hay al­gu­nas mues­tras de la ar­qui­tec­tu­ra Wil­hel­mi­ne, aun­que las cons­truc­cio­nes se des­mo­ro­nan por falta de man­te­ni­mien­to. En las plan­tas bajas hay lo­ca­les co­mer­cia­les pero mu­chos de ellos están ce­rra­dos o aban­do­na­dos. Si mi­ra­mos más de cerca per­ci­bi­mos que las ven­ta­nas están tor­ci­das, de hecho, al­gu­nos edi­fi­cios están cons­trui­dos sobre una base ines­ta­ble. No es po­si­ble des­truir­los uno por uno, sería algo de­ma­sia­do arries­ga­do de­bi­do a su cons­truc­ción anár­qui­ca, y des­truir­lo todo sal­dría de­ma­sia­do caro. Los re­sul­ta­dos son edi­fi­ca­cio­nes que con­ser­van una cier­ta pre­sen­cia mien­tras que otras han al­can­za­do la de­cre­pi­tud desde hace ya tiem­po. Bien­ve­ni­do al co­ra­zón del "ba­rrio crea­ti­vo" de Ücken­dorf, al sur de Gel­sen­kir­chen, una ciudad alemana a unos 500 kilómetros al oeste de Berlín. Con el tiempo, Ückendorf se ha convertido en el mejor lugar que la ciu­dad ha po­di­do es­co­ger para "ex­plo­tar el po­ten­cial crea­ti­vo".

el gueto de gel­sen­kir­chen

Bo­chu­mers­tras­se per­ma­ne­ció du­ran­te un largo tiem­po des­cui­da­do de los po­de­res pú­bli­cos, ahora este ba­rrio es apre­cia­do como el gueto de Gel­sen­kir­chen. El am­bien­te pa­re­ce más re­la­ja­do y fa­mi­liar. Sin em­bar­go, "las per­so­nas que viven a una man­za­na evi­tan pasar por allí", ex­pli­ca Vol­ker, en­via­do por el al­cal­de que pa­re­ce creer­se capaz de hacer mi­la­gros. "Lo que a ellos les da más miedo son los gi­ta­nos, la mayor parte son ru­ma­nos y búl­ga­ros, que se han ins­ta­la­do re­cien­te­men­te". En re­su­men, la des­con­fian­za es alta con res­pec­to a estos ha­bi­tan­tes, muchos de los cuales han asentado sus ma­le­tas en el Ruhr con la es­pe­ran­za de en­con­trar tra­ba­jo du­ra­de­ro en una in­dus­tria prós­pe­ra.

En esta calle se reúnen hom­bres y mu­je­res de 42 orí­ge­nes di­fe­ren­tes. Un dolor de ca­be­za a veces, pero sobre todo "un enor­me po­ten­cial que per­ma­ne­ce sin ex­plo­tar por­que cada uno se queda en su rin­cón", in­sis­te Vol­ker. Con los demás, él trata de cambiar todo esto contando con el res­pal­do de jó­ve­nes ar­tis­tas y es­tu­dian­tes de segundo año en la Riet­veld Aca­de­mie de Ams­ter­dam. En unos días, estos 53 jó­ve­nes lle­ga­dos de cua­tro rin­co­nes del mundo han si­tia­do los lu­ga­res aban­do­na­dos del ba­rrio para mejorarlos apro­ve­chándo­se de las ex­pe­rien­cias de los ha­bi­tan­tes. Ch­ris­tia­ne, que li­de­ra el pro­yec­to, está con­ven­ci­da de que las ex­pec­ta­ti­vas son reales: "desde que llegaron, está claro que la gente quiere participar, contar su historia", explica. "El otro día, yendo al trabajo, pasé por delante de un restaurante italiano y ya era la segunda o tercera vez que vi que chef estaba curioseando, pero esa vez me abordó y me invitó a entrar. Me contó toda su historia, en fin, yo no comprendía nada... ¡no hablaba ni una palabra de alemán!".  

No hace falta mucho para darse cuen­ta de que la gente en el ba­rrio sien­te cu­rio­si­dad. Una joven mujer entra de so­pe­tón en el es­pa­cio abier­to e in­te­rrum­pe nues­tra con­ver­sa­ción. Trein­ta­ñe­ra, mo­re­na, muy afec­ta­da y vi­si­ble­men­te bo­rra­cha. Son solo las 4 de la tarde. Bo­te­llín de cer­ve­za en la mano, nos ataca con un in­glés chapurreado e in­ten­ta con­ven­cer­nos del im­pac­to que estos jó­ve­nes ar­tis­tas están cau­san­do en el ba­rrio: "this is not a mas­ca­ra­de, it's about life". Vol­ker y sus dos co­le­gas se ven afec­ta­dos, pero están or­gu­llo­sos de que los lu­ga­re­ños en­tren en los lo­ca­les como Pedro por su casa: ese era uno de los ob­je­ti­vos.

DOS SE­MA­NAS PARA "HACER ARTE"

Los es­tu­dian­tes de la Riet­veld Aca­de­mie se han ins­ta­la­do en una an­ti­gua tien­da de bi­ci­cle­tas. Todo ha sido re­no­va­do a toda prisa para la causa: tres meses antes de que lle­ga­ran no había nada. Las pa­re­des están aún sin ador­nar, ex­cep­to aque­llas que han sido gra­fi­tea­das en un sprint final por los más pi­llos del ba­rrio. Pa­ne­les de ma­de­ra con­tra­cha­pa­da sir­ven de se­pa­ra­ción apro­xi­ma­da entre dos ha­bi­tácu­los. El más es­pa­cio­so sirve de ta­ller, de sala de reunio­nes y, al mismo tiem­po, de ga­ra­je para bi­ci­cle­tas y es­pa­cio de al­ma­ce­na­mien­to. Al fondo, oímos un ruido que pro­vie­ne de una ta­la­dra­do­ra, lo que nos re­cuer­da que este lugar fun­cio­na como un hor­mi­gue­ro, donde nunca se deja de crear. En el ex­te­rior, unas ban­de­ro­las gran­des anun­cian el pro­yec­to que está en mar­cha. El es­ca­pa­ra­te es enor­me, como para de­mos­trar que todo está lim­pio y des­pe­ja­do. Los ar­tis­tas, aún en fase de for­ma­ción, no tie­nen nada que es­con­der. Tan­tean, ex­plo­ran... y al­gu­nos to­da­vía no saben muy bien lo que tie­nen que hacer.

El hom­bre que los trajo aquí es Joost van Haaf­ten, pro­fe­sor de Artes Plás­ti­cas en la Riet­veld Aca­de­mie. Todo em­pe­zó a raíz de una con­ver­sa­ción entre Joost y un so­ció­lo­go que co­no­ce bien la zona durante un en­cuen­tro el pa­sa­do ve­rano. "Fue como un re­lám­pa­go ar­tís­ti­co: me contó que el ba­rrio es­ta­ba des­pre­cia­do y casi aban­do­na­do. Por mi parte, le ex­pli­qué nues­tro deseo de ex­po­ner a los es­tu­dian­tes al mundo, para sa­car­los de sus bur­bu­jas. No que­ría­mos una ex­pe­rien­cia fic­ti­cia; ellos deben exa­mi­nar la reali­dad".

En el sitio de esta es­cue­la, donde ofre­cen todas las sa­li­das de for­ma­ción ar­tís­ti­ca, desde el di­se­ño de moda al trabajo con ce­rá­mi­ca, nos en­te­ra­mos de que los estudiantes son los res­pon­sa­bles de desa­rro­llar su "de­cla­ra­ción" como ar­tis­ta. Por ejem­plo, en Gel­sen­kir­chen, vemos a tres chi­cas que ocu­pan el es­ca­pa­ra­te de una tien­da aban­do­na­da. Una hila lana en el in­te­rior, mien­tras que las otras dos, ves­ti­das con unos monos de color azul cielo y con es­tam­pa­dos que rezan wa­shing bri­ga­de en le­tras do­ra­das, lim­pian los cris­ta­les; una desde el in­te­rior y la otra desde el ex­te­rior. Es di­fi­cil saber qué "de­cla­ra­ción ar­tís­ti­ca" sacan de esta pe­que­ña ha­za­ña, pero cada una pa­re­ce estar en su salsa.