Georgia: Lela ha dejado de soñar

Artículo publicado el 1 de Marzo de 2007
Artículo publicado el 1 de Marzo de 2007
Los derechos de la mujer son pisoteados a menudo en el Caúcaso. Reportaje en Tibilisi, capital de Georgia.

“Al principio, era la esclava de mi marido, ahora lo soy de mí misma”, se le escapa a Tamuna Gachokidse, cuyos cansados ojos miran al suelo. Desde hace tiempo, no puede demostrar felicidad ni luto. Lo que le sucede, no puede expresarlo con palabras. En algún momento dejó de llorar, perdió la costumbre de sentir dolor. Durante dieciocho años ha sido maltratada física y psicológicamente por un marido que la ha encerrado y violado.

El divorcio es un deshonra

Lo mismo que a esta mujer de 35 años, le sucede a muchas mujeres casadas en la república caucásica de Georgia, afirma Lela Gaprindashvili, sociólogo en la Universidad de Tibilisi: “Son víctimas de la violencia en sus familias. Hay muchas razones para ello. Las principales son el alcohol, el desempleo, la pobreza y el papel amenazado del hombre en la sociedad”.

Tamuna Gachokidse, que se autodenomina como “mujer afligida”, nunca ha confiado en lo público. Una tarde, su marido le maltrató hasta mandarle al hospital con varias costillas rotas y heridas por corte. Desde hace un año, esta madre de dos niños está separada con el autoestima destrozada y sin poder encontrar un trabajo. Las pocas cosas que pudo conservar tras la separación las ha vendido para poder sobrevivir. El divorcio es una deshonra para las mujeres, mientras que los hombres georgianos pueden, sin desprestigiarse, abandonar a su mujer para volverse a casar.

La violación es peccata minuta

“Leyes que protejan a la población femenina hay suficientes. Pero no se aplican”, critica Eliso Amirejibi. En su tarjeta de visita puede leerse: “Directora regional de la Asociación contra las violaciones de mujeres en Georgia, distrito de Tibilisi”. Suena rimbombante en comparación con el poder real de que dispone; un engaño sobre sus capacidades.

“La policía no interviene cuando una mujer es violada”, prosigue esta abogada de 40 años. “Es parte de nuestra tradición no inmiscuirse en los asuntos privados y de familia. Por lo tanto, nadie informa a las autoridades, cuando se discrimina a las mujeres en sus derechos.” La violación se considera poco grave y, dentro de la pareja, el hombre tiene derecho, según la opinión de la mayoría de los georgianos, a disponer de su mujer.

Ninguna ayuda estatal

La oficina central de la asociación está situada en un antiguo gimnasio. De las húmedas paredes se desprenden tiras de yeso. El sintasol se despega del suelo y la fachada enseña sus costras agrietadas. Al igual que en toda la ciudad, el terremoto de hace tres años ha dejado aquí sus huellas. No hay dinero para su restauración, y ni la ciudad ni el Estado subvencionan el proyecto.

“Las mujeres de este país no pueden esperar demasiado del Estado”, nos dice Eliso Amerijibi. Los padres no tienen que pagar la manutención a sus hijos ilegítimos y, en caso de divorcio, la mujer no puede formular ningún tipo de petición o exigencia a su marido.

Nona Aldamova-Dshapharidse es lo que se entiende como una mujer de éxito profesional. Gana el dinero para sus hijos y su marido. Esta ginecóloga de 39 años proviene de una familia de tradición intelectual. Nacida en Pankisi-Tal, se convirtió del islam al cristianismo ortodoxo y, muy pronto, se mudó a Tibilisi a estudiar en la universidad, a pesar de su maternidad.

Hace cinco años, fundó una organización para ayudar a las mujeres. “Tras el derrumbamiento de la antigua Unión Soviética, la situación económica ha empeorado en Georgia. Se perdieron muchos puestos de trabajo y ello produjo un agravamiento de la pobreza y la violencia en las familias”, afirma esta ginecóloga de 39 años. “Muchos hombres no se encuentran ya en situación de ganar dinero para mantener a sus hijos y su mujer. La decepción y la frustración que sufren la combaten a base de golpes”.

Esperanzas sobre Europa

Las feministas apenas reciben apoyos del extranjero. Sólo EE UU apoya esta causa. “En el extranjero, muchos creen todavía en la propaganda oficial comunista, que calificaba de forma entusiasta a la mujer como una pieza de la nueva sociedad, liberada de la explotación de las sociedades capitalistas”, coinciden en denunciar Aldamova-Dsphapharidse y Amirejibi. Eliso Amirejibi desearía una mayor ayuda de los países europeos. “Regentamos en Georgia la única casa para mujeres maltratadas. Los gastos de mantenimiento son altos”, nos confiesa. Las escaleras son de hormigón puro y duro, y las paredes hace tiempo que están sin empapelar. En las barandillas, los colores van desvayéndose. En el despacho suena el teléfono de urgencia. Se escucha una voz de mujer sollozando. Amirejibi abandona la sala para ir a una habitación contigua.

Sobre un colchón gastado se encuentra Lela en cuclillas. Por temor, prefiere no revelar sus apellidos. Tiene dieciséis años y es una de las siete mujeres que en la actualidad viven en esta casa. Su histórica es trágica. Despreciada como hija ilegítima por su propia madre, la joven ha cargado desde siempre una difícil situación dentro de su familia. Por ello, fue criada por una tía, y hasta los doce años no pudo ir a vivir con su madre.

En unas pocas semanas deberá irse a otro sitio. Tres meses es el período máximo de estancia permitida en la casa a las solicitantes de ayuda, después deben irse. Ella no puede volver a su familia. De forma clandestina, y hasta hace cuatro meses, tuvo relaciones con su novio y se quedó embarazada. Cuando la ginecóloga confirmó que era demasiado tarde para un aborto, su madre la abandonó sin una palabra ni dinero. Estuvo varios días en la ciudad, en el centro de Tibilisi, capital de Georgia, hasta que la policía la llevó a Eliso Amirejibi. En las paredes de la habitación cuelgan póster de estrellas del cine norteamericano. La triste pared sobre su cama está adornada con llamativas estrellitas. Pero Lela no es ya una niña. Ha dejado de soñar.