Ginebra vuelve a poner a Europa en juego

Artículo publicado el 4 de Diciembre de 2003
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Artículo publicado el 4 de Diciembre de 2003

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El nuevo plan de paz aspira a cortocircuitar los extremismos de Arafat y Sharon. Y a concentrar directamente las opiniones públicas. La aportación de Europa puede ser decisiva.

Una oportunidad que no hay que dejar pasar. Eso debería representar para la Unión Europea el acuerdo sobre Oriente Medio del lunes en Ginebra. Fruto de dos años y medio de negociaciones secretas, lanzado por dos ex-ministros, el israelí Yossi Beilin y el palestino Abed Rabbo, con el beneplácito de personalidades internacionales, el acuerdo de Ginebra es una iniciativa inédita en esta región atormentada que es Oriente Próximo.

En efecto, se trata de un plan de paz que no ha nacido ni del gobierno israelí ni de la Autoridad Palestina. Sin embargo, a partir del momento en que el Secretario de Estado estadounidense Colin Powell prometió reunirse con sus promotores, Beilin y Rabbo, en Washington, ya no podemos tachar el plan de virtual. Diga lo que diga el Viceprimer ministro israelí, Ehud Olmert, que ha acusado duramente a Powell de cometer un error y de tomar una decisión incorrecta para un dirigente estadounidense.

La revancha de la política

En realidad, tanto el método como el contenido del Acuerdo de Ginebra constituyen una alternativa prometedora al estancamiento actual que atraviesa Oriente Próximo. Además, están en perfecta armonía con la visión europea del conflicto.

Ante todo porque, grosso modo, el acuerdo prevé la creación de un Estado Palestino sobre el 97,5% del territorio ocupado por Israel en 1967; la renuncia al derecho al retorno de los refugiados palestinos, dejándolos elegir entre tres opciones diferentes (1); se llega también a una división administrativa, pero no física, de Jerusalén, con el tan disputado Monte del Templo confiado a la soberanía palestina.

Se trata fundamentalmente de un compromiso de oro para la Unión Europea porque, al contrario que la hoja de ruta, va derecho al corazón de los problemas. Y delimita según un modelo aceptable para los moderados de ambas partes- la creación de dos Estados. Tal y como deseaba la UE en tiempos de la Declaración del Consejo Europeo de Venecia en 1980.

En segundo lugar, Ginebra es una oportunidad para la Unión porque el acuerdo permite desplazar el centro de gravedad del conflicto desde el campo de batalla a la arena política. De las carreteras polvorientas de Oriente Próximo, plagadas de puntos de control, de autobuses y bombas de efecto retardado, al complejo universo de la opinión pública. Israelí y palestina. El objetivo de Beilin y Rabbo es claro: derrumbar los puntos de apoyo de Sharon y Arafat, probando a sus pueblos que una desmilitarización del conflicto es posible. Que al otro lado hay un interlocutor creíble. Una declaración de intenciones contra el militarismo israelí y el terrorismo palestino.

Un israelí de cada dos, a favor

Es la revancha de la política. Y, para una Unión Europea potencia civil, que ha justificado siempre su débil influencia en el conflicto por su militarización, hay que agarrar la bala al vuelo. Lo que no hace la Presidencia italiana, comprometida como está en su batalla provinciana para conseguir sacar a flote la Constitución europea en Roma. El Ministro de asuntos exteriores italiano, Frattini, no ha encontrado nada mejor que utilizar las tres pobres líneas de comunicado publicadas en la página oficial de la Presidencia para, poner en guardia a todos para no considerar el Acuerdo como una alternativa a la hoja de ruta. Por el contrario, Javier Solana, Alto representante para la Política Exterior de la UE, no se ha equivocado, definiendo el Acuerdo de Ginebra como un vigoroso ejemplo de la manera en la que la sociedad civil puede imponer un retorno a una perspectiva política y la resurrección del debate público.

Pero para que la iniciativa de Ginebra pueda producir sus efectos, la UE debe ayudar a sus promotores con generosos fondos. Para permitir que el plan de paz sea vastamente difundido en las sociedades israelí y palestina. Contra los extremismos cruzados. Desde luego, en una Palestina presa del caos será más difícil que en la democracia israelí. Pero el momento es propicio para las dos partes. Según los últimos sondeos, el 53% de los israelíes y el 55% de los palestinos apoyaría un plan de paz basado en las líneas principales del Acuerdo de Ginebra.

No podemos esperar más. En Ginebra, la política ha vuelto a la vida. Europa debe ayudarle a sobrevivir. Contra el terrorismo de Arafat y contra el militarismo de Sharon. Esta vez no tenemos excusas.

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(1) Los refugiados tendrían la posibilidad de:

establecerse en el nuevo Estado palestino;

-quedarse en los países donde se encuentren, recibiendo una compensación económica;

-volver a Israel según las modalidades (cuotas...) fijadas por el gobierno israelí.