Gitanos estrasburgueses: “Aquí todos apoyamos a Hollande”

Artículo publicado el 20 de Julio de 2012
Artículo publicado el 20 de Julio de 2012
“¡Enhorabuena, señor presidente, nosotros también queremos formar parte del futuro!”, felicita a través de un vídeo un pequeño procedente de Forbach, una población situada al este de Lorena. Después de pronunciar estas palabras, los hombres que están tras él tocan La Marsellesa en una versión en violín y guitarra con aires gitanos y de jazz.
La Union Française des Associations Tsiganes pretendía con esta interpretación un tanto diferente del himno nacional felicitar a François Hollande por su elección como presidente el pasado 6 de mayo. Pero ¿le han dado el resto de sintis y demás gitanos una tan calurosa bienvenida al nuevo jefe de Estado francés?

Germain Mignot es coordinador de Médicos Sin Fronteras en Estrasburgo. Su oficina se encuentra justo al lado de la Place de la République, en el centro de la ciudad. Los gitanos, de cuya asistencia médica es responsable, están encantados con la derrota de Nicolas Sarkozy. A pesar de que muchos de ellos no disponen de una televisión o un ordenador, conocen a la perfección el discurso que pronunció Sarkozy en julio de 2010 en Grenoble.

Por aquel entonces, suscitó mucha polémica la promesa del expresidente de “desmantelar los campamentos ilegales de gitanos”. Las expulsiones, la discriminación y las evacuaciones de los campamentos ocupaban la posición número uno en el orden del día en la etapa de Sarkozy. 

Sin embargo, en Estrasburgo no solo residen gitanos de Europa del Este, sino también los sintis —llamados manouches en Francia y que proceden de Alsacia, los Países Bajos y los estados germanohablantes— y los calés, a quienes por su origen español se les denomina les Espagnols. La multitud de puntos que me señala Germain sobre mi mapa indica dónde habitan los gitanos, los sintis y los calés.

No te olvides de leer Tirón de orejas a Francia por la expulsión de romaníes.

La primera marca en el plano es el asentamiento situado en Polygone, al sur de la ciudad. Es el único lugar al que se pueden mudar durante los meses de verano los sintis y los calés. Antes de tomar la calle que me llevará al campamento, un hombre me advierte: “¿Sabe que esa es una zona peligrosa? ¿Qué está buscando?”. “La asociación Lupovino”, le respondo. Parece que en ese momento toma consciencia del sol radiante y me señala que siguiendo ese camino encontraré el asentamiento.

A la derecha, casas unifamiliares grises. Una mujer sacude el polvo de una alfombra. A la izquierda, tras una valla de una obra, una excavadora retira los escombros del jardín de una de las muchas nuevas casas de tonalidades rojas y anaranjadas. “En menos de un mes, aquí se mudan 150 familias”, me cuenta Boualem Ayad, vicepresidente de Lupovino. Esta organización trata de proporcionarles una “vida normal” a la población nómada que se instala en Polygone y Alsacia.

Con el pecho henchido de orgullo, Boualem me informa de cómo ha participado en la planificación de los nuevos adosados coloridos: “Me ocupé de averiguar cómo viven ahora las personas y cómo quieren vivir”. En cada casa hay lugar para una caravana. La calefacción es de leña para que en caso necesario, si no tienen dinero, puedan ir al bosque y recolectarla ellos mismos. No obstante, remarca que este proyecto solo funciona gracias a la excepcional colaboración entre Lupovino y las autoridades.

Apoyo a Hollande

Tras los nuevos adosados, nos encontramos con el asentamiento que ha ido tomando forma durante los últimos 40 años: casas autoconstruidas con jardineras, algunas caravanas, dos o tres perros y el cacareo de los gallos. Patricia se encuentra en el jardín delantero de su casa cubierta de listones de madera y conversa con una vecina en el idioma de los sintis. Le pregunto qué le parece el nuevo presidente: “Aquí en realidad todos apoyamos a Hollande”. Sin embargo, no alberga grandes esperanzas de que el sucesor de Sarkozy acometa cambios: “Una vez elegidos, todos actúan igual”.

Tamara, que vive con su marido entre una caravana y un contenedor metálico, opina lo contrario. Se alegra de que los “regalos” realizados por parte de Sarkozy a los ricos hayan llegado a su fin. Según ella, Hollande se empleará a fondo con los pobres como su familia. No obstante, la idea de dos homosexuales casados no le apasiona especialmente. Contraviene a su religión: el protestantismo. 

Más tarde, en el Polygone, me encuentro con una anciana que barre delante de la puerta de su casa. Cree que a Hollande le falta sensatez: “Abrir las fronteras supone un peligro porque vendrán los árabes y los franceses tendremos acceso a una menor cantidad de ayudas”. Tener vía libre a Alemania no parece suponer ningún problema para ella: la nación vecina le parece preciosa y le encanta pasear por la Selva Negra. Además, los precios son inferiores allí.

Prejuicios

Cerca del parque Schulmeister, varias caravanas de gitanos se han instalado con motivo de una fiesta. Las bailaoras de flamenco se mueven grácilmente sobre el escenario al ritmo de música melancólica. La tradición del flamenco se encuentra estrechamente ligada a los calés. Frente a la caravana conozco a Lindo, que porta un sombrero negro. Al principio, se presenta con el nombre de Antoine. La semana que viene él también firmará el contrato de alquiler de una de las nuevas casas en Polygone. Sin embargo, una vez instalado, pretende buscarse una vivienda en otro barrio. No le agradan las conversaciones monótonas que solamente versan sobre los habitantes del asentamiento. Lindo se siente ligado al “mundo del trabajo” y opina que los demás tan solo están ligados a una botella. Podría contradecirle al contarle la historia del joven vendedor ambulante que comercia con camisetas de marca o del padre de familia que me regaló un pequeño cocodrilo de juguete para la bañera, escogido de entre todos los juguetes que ofrece en los mercadillos.

El único campamento legal de gitanos en Estrasburgo.

Finalmente me dirijo a otro punto del mapa: Espace 16. Situado detrás de la estación, es el único asentamiento legal de gitanos en Estrasburgo. Veinte familias lo consideran su hogar. Viven en caravanas blancas tras una alta valla verde en la que se puede leer: “Acceso totalmente prohibido”. A través de la verja, hablo con una mujer de mi misma edad quien en brazos lleva a su hija de 4 años: “Necesitamos un permiso de trabajo. Hollande no va a modificar esa condición”, sentencia con un deje de amargura. En ese mismo momento, suena mi móvil: “Bienvenido/a a la Unión Europea”, anuncia el mensaje.

Este artículo forma parte de Multikulti on the Ground 2011-2012, una serie de reportajes sobre el multiculturalismo realizados por cafebabel.com en toda Europa. Nuestro agradecimiento al equipo de cafebabel.comen Estrasburgo.

Fotos: portada, (cc) nromagna/Flickr; texto, © Iris Nadolny. Vídeo: (cc) gabrielufat/YouTube.