'Glocal' Europa!

Artículo publicado el 2 de Abril de 2002
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Artículo publicado el 2 de Abril de 2002

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Asfixia. La Europa de Niza, la del euro y la de la vaca loca, está enferma de asfixia. Una asfixia crónica de la cual sufren todos los proyectos de una verdadera integración europea.

Asfixia. La Europa de Niza, la del euro y la de la vaca loca, está enferma de asfixia. Una asfixia crónica de la cual sufren todos los proyectos de una verdadera integración europea. Proyectos que no logran despegar, simplemente porque se encuentran dentro de los viejos y estancos containers que son los confines nacionales. Niza lo demuestra puesto que fue una payasada. Dirigentes en elegantes chaquetas azul europa, contrataciones a escondidas, compromisos e intereses. Y por cierto intereses nacionales. El europeismo diplomático en Niza se tradujo en un triste vals de trastos/desechos. De vaca loca, por supuesto.

Por el hecho es que no podemos pretender tener una cultura europea, cuando las instituciones que cuentan son todavía los Estados. Una cultura - cualquier cultura - no puede crecer sin un sistema institucional que la ayude a echar raíces en la sociedad. Y un sistema estatal no solo impide la integración cultural y política de Europa, sino que obstaculiza la consolidación de sus particulares culturas. Una Europa integrada no puede ser una unión de estados como los conocemos hoy en día.

Por esto tenemos que equilibrar la experiencia de la forma institucional estatutaria. Detrás de un Estado esta su historia. La historia de una institución suficentemente extensa a nivel territorial, para soportar con su estructura normativa un nuevo esquema económico y su expresión social. No es una novedad. "Dadme" una economia sobre el trueque y una jerarquía social feudal y "os daré" el Imperio medieval. "Dadme" el capitalismo y la burguesía y "os daré" el Estado moderno. Esta casual coyunctura está siendo amenazada por la mondialización y por la tendencia social de huír la política. Por un lado la nueva dimensión tecnológica alimenta la integración de las economías y la circulación de las culturas; por otro lado es una metafisica perdida del 'sentido político' del ciudadano. Los estados son incapaces de responder a estos desafíos. Son incapaces de predisponer de un aparato normativo y decisional suficientemente 'global' y al mismo tiempo incapaces de devolver a la participación política de masas desde ahora desnacionalizadas.

A esta doble deficiencia hay que agregar la incapacidad funcional para los Estados de dar vida a una real integración en Europa: y en efecto la historia lo demuestra. El problema es dimensional: los Estados europeos exprimen entidades territoriales demasiado amplias, por lo tanto los valores demográficos son excesivamente altos, como lo son también las realidades económicas. De hecho si pensamos en los Estados Unidos podemos ver como estos constituyan una federación que funciona también porque la población mediana de cada Estado es de 5-6 millones de habitantes. En la UE, de hoy hay que multiplicar estas cifras: la población media de los 15 Estados miembros es de 25 millones de habitantes y esto teniendo en cuenta el pequeño Luxemburgo. La verdad es que en Europa los Estados representan potencias demasiado importantes para que puedan renunciar a su poder en favor de una integración política que les quitaría esa amplia soberanía de la que disponen ahora.

Hay que añadir que el Estado es un hecho histórico: una experiencia reciente y tal vez pasajera. Una construcción artificial. Un sistema de instituciones que nacen de costumbre, en contraste con las culturas locales (por ejemplo en Italia) o solo después de haber pasado por encima de confines culturales o naturales, puesto que forjados por el tiempo y por la practica (es el caso de la Francia y España).

Lo que más cuenta en estos casos es ser intelectualmente herético, es decir buscar soluciones funcionales nuevas a algunos problemas históricos. Por eso una Europa integrada es importante: porque es necesario crear una entidad política importante que pueda resolver positivamente el desafio que representa la mondialisación, moviendose de manera significativa en la escena internacional: con el objectivo de representar interes económicos (que la moneda única consolidará), de vehicular un modelo cultural poliedro (ya que fundado sobre una cultura de culturas), de defender una posición geo-estratégica y geopolitica (consequencia lógica de las consolidaciones económicas y culturales).

Pero también hay que saber enfrentarse a un segundo desafío que es el de la tendencia a huír de la política: que no constituye por cierto una tendencia irreversibile, pero que representa de todos modos la pérdida del sentido democrático de las instituciones actuales. En efecto la crisis postmoderna del concepto de política, con un Europa 'global' podría agravarse y aislar el individuo aún más que hoy en día. Por esto se necesitan además de las europeas, también instituciónes más cercanas al ciudadano: sino la globalización será apolítica, en el sentido más lejano existencial de la palabra. Y no logrará ni siquiera a contestar a la emergencia de esas tendencias localisticas de redescubrimiento de las raíces nacionales, que de otro modo degenerarían en terrorismo.

La solución es que hay que dar una dignidad política (e institucional) a Europa como a sus naciones : para esto se necesita una Europa de 'macroregiones': entidades territoriales no tan grandes como los Estados, ni tan pequeñas como las regiones actuales para que se vuelva imposibile que sean absortas en la dimensión Europea. Macroregiones que cuando se necesite vayan más allá de las actuales fronteras estatales: porque las construcciones territoriales y la represión de los Estados no pudieron extirpar las orígines culturales de un pueblo y porque estas últimas tienen que ser recuperadas. Macroregiones basadas sobre una comunicación, cuyo nivel resultará de seguro ampliado por una medida territorial más funcional ya que capaz, en primer lugar, de estimular el desarrollo cultural.

Es a nivel local que hay que crear comunidades - también bilingües - fuertemente compatibles . Y también a nivel europeo: porque cuando se fundan las frontieras, hay más integración entre las distintas partes y el entero sistema es más fluyente. Esta es la clave de mi modelo: la bidimensionalidad. Es decir el hecho de que la consolidación de áreas territoriales homogéneas le dé una fuerza mayor a todo el sistema. Esto gracias a la comunicación cultural. Lo mismo tiene lugar con el desarrollo económico. Más comunicación significa más entrecambios: de conocimiento, de 'know how' y por lo tanto de mercancías y servicios. Desde hecho las macroregiones podrían llegar a ser los sujetos activos de la futura zona euro y crear no solo una mayor consolidación de los transportes y de las infrastructuras, sino también estratégias económicas y sociales ad hoc. Demasiadas veces ocurre que la prioridad de una determinada área no coincida con la de los Estados.

Cuando todas estas relaciones se desarrollan crece también esa conciencia colectiva que los Estados no han sido capaces de darnos simplemente porque no eran capaces de ello. Esa conciencia colectiva que, si hay instituciones comunes, significa también conciencia cívica es decir partcipaciones. Las macroregiones podrían volvelrse las nuevas 'polis' y conducir una política nueva sobre el territorio. La transición en obra es una gran opurtunidad para mejorar el sistema. Pero sólo con el desarrollo de las culturas 'locales' la dimensión 'global' de la Europa política puede despegar. Un sistema está vivo cuando están vivas sus partes.