Grandeza y decadencia del Modelo Social Europeo

Artículo publicado el 24 de Octubre de 2005
Artículo publicado el 24 de Octubre de 2005

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Del Estado del Bienestar al “nuevo contrato social europeo”: enfoque sobre las raíces del concepto y las razones que explican su cuestionamiento actual.

Si al principio de los años ochenta se extendió, bajo la pluma de numerosos ensayistas, la idea de un Estado del Bienestar en “crisis”, haciendo pensar en su posible desaparición, algunos estudios llevados a cabo tras el final de la Segunda Guerra mundial han demostrado, no obstante, la existencia en Europa de un verdadero patrimonio común en materia de protección social: un lugar acordado a las problemáticas sociales, a las relaciones de trabajo, a la organización de los servicios de interés general, al nivel de los presupuestos sociales, a la referencia a la solidaridad y a los sistemas de protección social. Estos son sus pilares desde hace casi un siglo.

Los tres mundos del Estado del Bienestar

Forjado a partir de dos periodos clave –el final de del siglo XIX, con las leyes sociales del Canciller alemán Bismarck y la publicación del informe del economista ingles Beveridge en 1942-, este capital común europeo es la base de este “equilibrio entre prosperidad económica y justicia social”, sinónimo del modelo social europeo revindicado por los Quince durante el Consejo de Barcelona en 2002.

En 1990, el economista Gosta Esping-Andersen sistematizó la diversidad, distinguiendo tres mundos en el Estado del Bienestar, tantos como variantes nacionales del modelo social europeo. El primero esta inspirado directamente en el sistema que Bismarck puso en pie: denominado “conservador-corporativista”, funciona sobre el principio de contribución de los asalariados, tiende a garantizar los salarios de los trabajadores y se encuentra, en esencia, en la Europa Continental. Nacido de las ideas de Beveridge, el segundo esquema es el modelo liberal anglo-sajón y que tiene por objetivo luchar contra la pobreza y el paro aplicando el principio de selectividad. En cuanto al modelo socialdemócrata, que encontramos en el norte de Europa, este recoge el principio de universalidad promovido por el mismo Beveridge, con la voluntad de una redistribución igualitaria de los salarios. Desde entonces, el acceso a las prestaciones globales se fundamenta en la ciudadanía y la residencia. Existe diversidad en cuanto a los objetivos y a los criterios de acceso a la protección social y estos tres paradigmas se distinguen también por su modo de funcionamiento: si los dos últimos están financiados por el impuesto, el régimen bismarckiano reposa en las cotizaciones sociales de los asalariados.

Enfrentados hoy a la necesidad de transformaciones profundas, a la globalización y, en particular, a las nuevas aspiraciones de la ciudadanía, estos modelos se han convertido en objeto de intensas controversias, alimentado el debate electoral en Alemania o en Francia.

¿Una crisis inevitable?

A menudo, son los sistemas que se inspiran en el sistema bismarckiano aquellos que, hoy, parecen peor parados: concebidos a partir de realidades que han evolucionado al paso de las décadas, tienen cada vez más dificultades para responder a las demandas contemporáneas. Esto es porque la mutación de las necesidades de los Europeos está ligada a tres factores: aparición de nuevos riesgos sociales que caracterizan a las sociedades post-industriales, como la rápida obsolescencia de las calificaciones, la débil cobertura social derivada de la precariedad laboral, la discontinuidad de las carreras profesionales o la multiplicación de las deslocalizaciones; evolución de los comportamientos (envejecimiento demográfico, familias monoparentales, trabajo femenino, dificil conciliación entre las vidas profesional y familiar, demanda de seguridad) y cambios en los modos de vida (urbanización, movilidad geográfica, debilitamiento de las solidaridades de proximidad y dependencia, agudizada en aquellas personas en situación de fragilidad con respecto a los servicios públicos).

A la vez, los gobiernos europeos cuyos sistemas de protección social provienen de los modelos socialdemócrata y liberal, aplican reformas sobre la base de la asunción individual de responsabilidad inspiradas en la noción de “make work pay”. Dotadas de una influencia que sobrepasa con creces las fronteras nacionales, estas teorías contribuyen a poner en tela de juicio el boceto esbozado por la veterana Europa de los Quince. Tensiones ideológicas, desafíos planteados por la última ampliación -liberalismo erigido como ideología, reparto del presupuesto comunitario, consolidación institucional, dumping social-, pérdida de velocidad del motor integrador europeo con la puesta en duda del principio de subsidiariedad o los riesgos de bloqueo de la toma de decisiones en la Europa de los 25 o incluso de los 27, contribuyen a debilitar el modelo social europeo.

Crecimiento moderado y egoísmo de los Estados Miembro

La dimensión solidaria del concepto está, por otro lado, en peligro. En un contexto donde la debilidad del crecimiento incita a querer suprimir todo aquello que sea susceptible de obstaculizarlo, la idea según la cual la esfera social no puede (o no debe) desprenderse sino de una esfera económica que goce buena salud, pierde amplitud. Más inquietante aún es la cuestión de la capacidad institucional -léase de la voluntad- de los nuevos países de Europa central y oriental para adoptar el modelo social europeo. Además, si numerosas naciones se quedan ligadas al la dimensión social de la Unión, los 25 serán cada vez mas sensibles a las ventajas nacionales que pueden extraer de sus compromisos a nivel comunitario. Una tendencia exacerbada por el empuje de la aproximación inter-gubernamental de los asuntos comunitarios. Este cambio de mentalidad no está ni si siquiera compensado con un impulso de la Comisión; en cuanto al diálogo social europeo, en su ausencia, no parece haber relevo relevo de estructuras sindicales.

En circunstancias tan poco favorables, la propuesta de Tony Blair de reflexionar sobre las maneras de modernizar el modelo social europeo para adaptarlo mejor a las nuevas realidades y desafíos es urgente y a tomar en consideración.