Grito silencioso por la conciliación laboral y familiar

Artículo publicado el 14 de Enero de 2016
Artículo publicado el 14 de Enero de 2016

[OPINIÓN] Ayer, en la sesión constituyente del Congreso, uno de los temas más comentados fue la decisión de la diputada de Podemos Carolina Bescansa de acudir con su hijo a la Cámara. Antes que ella, lo hicieron otras políticas, en un gesto que es un grito silencioso por la conciliación laboral y familiar, una de las grandes dificultades de las mujeres que deciden ser madres. 

Cuentan que la primera mujer se llamaba Lilith y estaba hecha de barro como Adán, a imagen y semejanza de Dios. Cuentan que a aquella mujer le gustaba el sexo y le dijo a Adán: “¿Por qué he de yacer debajo de ti? Yo también fui hecha con polvo y, por tanto, soy tu igual”. Cuentan que eso no debió gustarle mucho a Adán y decidió forzarla a hacer algo que no quería. Pero, Lilith era lo que hoy llamaríamos una mujer empoderada y decidió abandonar a Adán. Cogió sus bártulos y se marchó del paraíso; el Mar Rojo la acogió y, allí, engendró a sus hijos con cuanto ser desterrado encontró. “Regresa con Adán de inmediato o te ahogaremos", le vinieron a decir. “¿Cómo puedo morir si Dios me ha ordenado que me haga cargo de todos los recién nacidos, de los niños hasta el octavo día de vida (el de la circuncisión) y de las niñas hasta el vigésimo día?”, les dijo ella. Y, desde entonces, generación tras generación, las hijas de Lilith nos hemos encargado de nuestros vástagos. Bueno, eso fue hasta que... Nos contaron otro cuento.

Un día nos dijeron que seríamos libres, que tendríamos un trabajo y la oportunidad de “realizarnos como personas”. Nos dijeron que podíamos incorporarnos al mundo laboral porque ya éramos iguales a nuestros compañeros. Incluso nos dijeron que nos podíamos dedicar a la política en  igualdad de condiciones con los machos alfas de la manada. Era mentira.

Resulta que no somos libres. La publicidad nos dice cómo debe ser nuestro cuerpo. La religión nos impone qué debemos hacer con él. Las leyes, las mismas para las que la propiedad privada es sacrosanta, nos niegan el derecho a decidir qué hacer con él.

Resulta que no tenemos trabajo. Que estudiamos más que los hombres, que tenemos mejores notas, que estamos más preparadas; pero que lo tenemos muchísimo más difícil que nuestros compañeros varones para encontrar un empleo. Y, además, somos más precarias: Tres meses al año de nuestro esfuerzo diario no valen ni un mísero euro si lo comparamos con el de los hombres que realizan el mismo trabajo que nosotras.

Resulta que no somos iguales. Que cuando acabamos con el horario laboral, nos toca poner lavadoras, hacer la compra, la comida, limpiar y planchar; exactamente igual que cuando no éramos ni tan libres ni tan iguales como ahora.

Resulta que ni siquiera podemos ser madres. Hay quienes prometimos ser madres jóvenes y, a pesar de haber cruzado ya la barrera de los 30, aún seguimos posponiendo la maternidad y supeditándola a ese trabajo que supuestamente nos realiza. Las hay que son madres y entonces pierden su puesto de trabajo o se les acaba la posibilidad de seguir avanzando. Las hay que deciden no ser madres y todo el mundo las mira raro porque están cometiendo un pecado imperdonable. Las hay que no pueden más: Que trabajan, se ocupan de los niños, de la casa, a veces también de los mayores y, sin embargo, sienten que están haciendo algo mal porque no son las Wonderwoman que nos venden las series estadounidenses. Y así podríamos estar horas y horas.

En este país, tan poco acostumbrado a que se cumplan los programas electorales, hemos puesto el grito en el cielo porque una madre haya llevado a su hijo al Congreso, cuando resulta que pertenece a un partido que se presentó a las elecciones prometiendo a sus votantes un “Plan Estratégico para la Conciliación de la Vida laboral y Familiar”. A Carolina Bescansa, que ayer decidió  prometer su cargo como diputada de Podemos con su bebé, le han dicho de todo: Demagoga, mala madre, provocadora, etc. Lo que no entienden los críticos es que el gesto de Bescansa es una reivindicación política, un gesto de denuncia, una forma de mostrar un problema invisible que sufren a diario millones de mujeres: La imposibilidad de conciliar la vida laboral y la familiar y la crueldad atroz de, a menudo, tener que decidir entre una de ellas.

Bescansa no ha sido la primera. Antes que ella otras mujeres han tenido la valentía de gritar de manera silenciosa en los Parlamentos que debemos construir otro sistema en el que pueda estar incluida la mitad de la población. En el Parlamento Europeo hemos visto crecer al hijo de Lizia Ronzulli. Antes que ella, Hanne Dall también llevo al corazón de la UE a su bebé. En 2012, vimos a Iolanda Pineda en el Senado con su hijo. En 2015, Mónica García y su hija estuvieron en la Asamblea de Madrid y la congresista argentina Victoria Donda puso el dedo en otra llaga: La de la lactancia en público.

La polémica que ha suscitado Carolina Bescansa y su bebé demuestran que aún queda mucho por hacer para conseguir esa sociedad igualitaria. Los insultos dan la razón a todas las activistas feministas que no paran de advertirnos de que el terrorismo machista que asesina a mujeres a diario es sólo la punta del iceberg de un sistema mucho más complejo de violencia. Y el hecho de que el foco esté en una madre que decide estar con su hijo y no en otro diputado, como Gómez de la Serna, que ha aprovechado un puesto público para enriquecerse y que ha pedido la baja en el partido por el que se ha presentado (PP) el mismo día en el que promete el cargo de diputado que lo convierte en aforado es para, por lo menos, hacérnoslo mirar como sociedad.