Grzegorz Szczgiel: Un viaje por Europa y Asia en un viejo Opel Kadett

Artículo publicado el 16 de Febrero de 2010
Artículo publicado el 16 de Febrero de 2010
Este intrépido realizador polaco y su documental 'Con el coche por el techo del mundo' (‘Autem na dach świata’) fueron los ganadores del festival de viajes de Wrocław en 2008. Una visión de Europa y Asia desde la ventanilla de un coche. Cafebabel habló con él sobre los encuentros con extraños, lugares y costumbres

Grzegorz es economista. Acaba de crear su propia empresa en Wrocław (la antigua Breslavia): vende bicicletas eléctricas. Confiesa que no sólo quiere llevar un negocio, sino también animar a la gente a proteger el medio ambiente y practicar un estilo de vida ecológico. Es un optimista empedernido que no deja de soñar con el lado oriental del mundo. De su primer viaje por trabajo se ha gestado una pasión, una especie de pasatiempo para cada tiempo libre.

Hemos estado hablando durante bastante tiempo, pero la chispa de sus ojos sigue ahí. De sus palabras se desprende un deseo constante. A través de sus recuerdos vuelve a los encuentros del camino. Habla sobre la especial comunicación con los extranjeros, a través de la cual surgen dos mundos de manera natural: el nuestro y el de ellos. Los encuentros con personas desconocidas suscitan emociones diversas, a menudo temor. Gracias a la confrontación con los otros se aclaran las peculiaridades culturales de las personas. Me pregunto si es suficiente para romper estereotipos. Grzegorz me ha asegurado que una estancia en Irán le dio la oportunidad de entender lo poderosos que son los prejuicios que se crean a través de los medios de comunicación. “Para los europeos, Irán ha sido sinónimo de hostilidad y fabricación de bombas. Pero realmente es un país muy agradable. En la frontera he oído '¡bienvenido a Irán!', y he visto a alguien traer té caliente”, nos cuenta emocionado.

Eres nuestro invitado 

¿Tiene razón? Me doy cuenta de que soy la viva imagen del enemigo de Irán y me cuesta aceptar sus palabras sin oponer resistencia. ¿Son los iraníes realmente una nación tan abierta que da la bienvenida a los turistas? Grzegorz disipa mis dudas rápidamente. “Los que llegan reciben un trato especial. Los iraníes se sienten obligados a invitarte a su casa y hablar contigo”, cuenta, observando con disimulo si me creo lo que dice, y continúa. “En los bares me pagaron a menudo la cuenta. Cuando le pregunté al camarero, me contestó brevemente: ‘Tú eres nuestro invitado’. Isfahán, la cuna de la cultura iraní, es un pueblo situado a unos 340 kilómetros de Teherán. Me encontraba en una plaza donde los lugareños organizan meriendas por la noche. Me invitaron a tomar té y me ofrecieron queso. Era un grupo de personas entre las que había una estudiante iraní. La chica hacía preguntas y traducía simultáneamente para los demás. Había unas treinta personas. Todo el mundo quería preguntar algo. ¡Era increíbre! Cuando el coche se averió, conocí a un hombre que nos propuso que fuéramos con él a la ciudad más cercana. ¡Nos llevó en su coche 400 kilómetros! ¿Te puedes creer que no quiso que le pagásemos después de un día entero de viaje?”. De repente los dos nos quedamos callados.

No me lo puedo creer y siento que, probablemente, la ayuda desinteresada sólo se encuentre en los países situados al este de nuestras fronteras, no comercializados ni empeñados en lograr el éxito, con tiempo de sobra para poder seguir avanzando. “Desafortunadamente, los occidentales saben poco acerca de ellos y meten iraníes, iraquíes, paquistaníes y árabes en el mismo saco. Los iraníes se llaman a sí mismos persas, los seguidores de Darío I El Grande y no les gusta que se refieran a ellos como árabes. Es un gran insulto. Envié un sms a Polonia con saludos y me respondieron: ‘Tened cuidado en esa guerra”.

Una cortina en el mar

¿Cómo me sentiría en el mundo islámico como extranjero, como turista y también como mujer? Los roles femeninos del Este me son ajenos. ¿Quiere eso decir que son peores? Simplemente son diferentes. “En los pequeños pueblos de Pakistán no se ven mujeres. Ellas cuidan de la casa, de la tierra y del ganado. Hay autobuses y playas para hombres y para mujeres. [En las playas] ellas están separadas de los hombres por enormes cortinas que llegan hasta el mar. Se bañan completamente vestidas. Para los paquistaníes, ésa es la tradición”. Sabemos que el intenso debate internacional sobre el rol de las mujeres paquistaníes continuará por mucho tiempo, pero hemos observado que la presencia femenina es visible. “Aunque en Irán llevan el pañuelo sobre la cabeza, su presencia no es extraña. Las jóvenes iraníes se confundirían con europeas. Les gusta el maquillaje, vestir a la moda y la joyería. Tienen planes para crear y desarrollar sus intereses”.

Pero las diferencias culturales surgidas de la experiencia histórica dificultan el diálogo. En Irán la hospitalidad es, sorprendentemente, muy importante. ¿Basta con eso para vivir el uno al lado del otro? “No sólo se trata del idioma, la identidad nacional o la cultura. En Pakistán, el individuo no cuenta. Cuando estábamos atravesando las montañas, el nivel del agua subió de tal manera que se hizo imposible cruzar al otro lado. Una excavadora hizo un terraplén especial que nos permitió cruzar. Los vehículos estaban parados en una cola. En uno de los coches se averiaron los frenos e invistió a un grupo de curiosos, llevándose a tres personas con él dentro del agua. Dos hombres fueron rescatados. El tercero probablemente murió. Fue arrojado con un saco a un camión. Vi a otras víctimas en un camión que fue aplastado por una roca. Esta turbulenta historia ilustra la dureza de los paquistaníes en la vida, siempre luchando y con disturbios”.

Pensamos que Europa cambia de año en año. Un caleidoscopio de diferentes ideas y maneras de pensar que intenta englobar un todo armonioso. Deseamos vivir juntos. Sé que tenemos un difícil trabajo por delante. “Para mejorar esa vida en común debemos aprovechar las experiencias de los estados multiculturales. El entendimiento sólo nos enriquecerá cuando los recién llegados trabajen y no se aprovechen meramente de las ventajas sociales. Deben integrarse, aprender el idioma local y respetar la cultura y la legislación vigente. Debemos respetarnos mutuamente y comprender que los conflictos se deben a los encuentros con extraños. Pese a todos los esfuerzos, siempre habrá un nosotros y un ellos”.