Guerra a los hogares y paz a los palacios

Artículo publicado el 3 de Febrero de 2006
Artículo publicado el 3 de Febrero de 2006
En Berlín, la demolición del Palacio de la República -una reliquia de los tiempos del comunismo- es inminente. Construcciones similares existen en otros países del antiguo bloque del este, cada una con su particular historia.

El “Palast” (palacio) de la República, un edificio erigido entre 1973 y 1976 por el régimen comunista de Erich Honecker, se convertirá pronto en “Ballast” (desperdicio) de la República, tal y como solían denominarlo los alemanes del este. Tres empresas constructoras se han hecho con el contrato de demolición municipal y gozarán así del insigne honor de hacer trizas la “tienda de luminarias de Erich”, otro de los nombres atribuidos irónicamente por los berlineses al edificio.

La construcción que antaño fuera el orgullo arquitectónico de la antigua República Democrática de Alemania, desaparecerá un gran espacio baldío en mitad de una de las plazas más céntricas de Berlín. Las obras de demolición durarán hasta mediados de 2007, dejando su lugar a una explanada de césped que durará lo que se tarde en reunir los fondos necesarios para la reconstrucción del castillo de la ciudad de Berlín. Otros países ex comunistas, sin embargo, tratan a sus “palacios” heredados de la era soviética con más respeto.

La toma del palacio de invierno

“¡Paz a los hogares y guerra a los palacios!”, exclamaba Georg Büchner en 1834 en su libro El rolante de Hesse. Con su acceso de cólera decimonónica inspiró la consigna más popular de los regímenes comunistas. Muchos historiadores colocan el punto culminante de la revolución bolchevique en la “toma del palacio de Invierno” de San Petersburgo, la capital rusa hasta 1917, denominada durante la era soviética Petrogrado. Este acontecimiento ficticio, que resultó ser una puesta en escena delirante del realizador ruso de principios del siglo XX, Sergej Eisenstein, produjo sin embargo una verdadera revolución semántica.

De tal modo, en ruso un edificio asaltado se suele llamar “Zimnyj Dworez”. Literalmente, “palacio de Invierno”. Cuando el pueblo logró hacerse con los edificios del poder aristocrático, el palacio, en tanto palabra y en tanto edificio, fue rehabilitado. Los comunistas soviéticos fueron los primeros en pensar sobre el concepto de palacio del pueblo. Modificaron la función de los antiguos palacios y construyeron otos nuevos. La residencia del zar ruso, en el “gran palacio del Kremlin”, fue transformada en sede del soviet supremo en 1930. Hoy, el lugar es donde se desarrollan las recepciones oficiales y de Estado.

Realismo socialista

Pronto, los soviets exportaron su gusto por los palacios a sus “países hermanos”. Así, Varsovia tuvo su Palacio de la Cultura y de las Ciencias, construido por trabajadores soviéticos, como “regalo” de Stalin a la capital polaca. El arquitecto de este edificio fue el ruso Lew Rudnew, quien afirmó sin inmutarse haber construido una obra “característica de la arquitectura polaca”. En realidad, el palacio fue concebido por el mismísimo Stalin y no deja de ser un ejemplar típico de arquitectura estalinista con sus 234 metros de alto, 3.288 estancias y 124.000 m². Para los habitantes de Varsovia, este inmueble es como una espina clavada en su corazón, hasta el punto de que un célebre chiste polaco reza así: “¿Cuál es el lugar más hermoso de Varsovia? – ¡El mirador del palacio de la cultura, pues desde ahí es imposible verlo!”.

Sin embargo, este palacio ha sobrevivido a los acontecimientos de 1989. En él se han instalado ahora cines, teatros, galerías comerciales, discotecas, una piscina y el reloj más elevado del mundo. En él puede leerse la hora incluso a seis kilómetros de distancia. Entretanto, los dirigentes de la ciudad han hallado la solución para esconder esta verruga arquitectónica del centro: rodearla de otros edificios.

En Sofía, uno de los palacios más conseguidos

Los Búlgaros so gentes llenas de sentido del humor que se entretienen en ponerle motes muy divertidos a los numerosos inmuebles de su hermosa capital. Por ejemplo, el “Tschalma-Saraj”, que podemos traducir por “harén del turbante”, es el Palacio Nacional de la Cultura, muy popular entre los búlgaros. El origen del mote se remonta a los extravagantes sombreros que solía llevar Ludmila, la hija de Shivkov, el Jefe del Estado y Secretario General del partido Comunista.

A diferencia de Varsovia, en Sofía los arquitectos no se dejaron imponer el modelo soviético para la construcción de su palacio situado majestuosamente a los pies del monte Vitosha, rodeado de parques y fuentes, y probablemente el mayor y más hermoso edificio multifuncional de Europa del sur. Se inauguró en 1981 con ocasión del primer congreso mundial “bulgarístico”. Mientras los días del oxidado Palacio de Berlín están contados, el NDK de Sofía obtuvo en 2005 el premio de honor de la Asociación Internacional de Palacios de Congresos (AIPC) y espera albergar en breve un espacio cultural completo que comprenda ópera y filarmonía.

El segundo edificio más grande del mundo

Incluso la voluntad más poderosa del mundo no hubiera podido levantar el “Palatul Parlamentului” (Palacio del Parlamento) de Bucarest con los medios tradicionales, (dinamita y picos incluidos). Denominado ahora “Palatul Poporului” (Palacio del Pueblo), el edificio no ha sido acabado desde que se detuvo su construcción en 1989. Este complejo testimonia la megalomanía del “Drácula rojo” local, Nicolae Ceausescu, quien para cuya construcción mandó arrasar el barrio más bello de Bucarest: la colina Spiru.

Según el libro Guinness de los récords, el palacio de Bucarest es el segundo edificio más grande del mundo tras el Pentágono de Washington: un total de 330.000 m², 12 plantas y miles de estancias. 20.000 obreros trabajaron en su construcción hasta 1989, pero sólo se acabaron las fachadas. El acondicionamiento interior nunca se terminó de realizar, en particular debido al lujo exigido por Ceausescu: maderas nobles para las paredes y los artesonados, 3.500 toneladas de cristal para lámparas de araña y tapices de 16 metros de alto y 50 de ancho tejidas por máquinas especialmente diseñadas para la ocasión

En diciembre de 1989, Ceausescu fue derrocado, juzgado y ejecutado en cuestión de cuatro días. Los rumanos hubieran deseado proceder del mismo modo con su palacio. Incluso se llegó a aprobar su demolición, pero la destrucción mediante explosivos se reveló imposible y ahora las dos cámaras parlamentarias de Rumania se encuentran desde 1997 entre sus paredes. Aun así, a los habitantes de Bucarest les sigue avergonzando el palacio: al preguntarles en la calle dónde encontrarlo, nueve de cada diez transeúntes contestan encogiéndose de hombros.