Guinea, Hungría y las encrucijadas de Marcelo

Artículo publicado el 8 de Agosto de 2017
Artículo publicado el 8 de Agosto de 2017

Marcelo Cake-Baly es el actor principal de la película El ciudadano, lanzada en enero de 2017. Niño soldado en Guinea, conductor de tranvía en Hungría, entre dos culturas cuenta su lucha para llegar a ser húngaro de pleno derecho y encontrar su sitio.

Marcelo luce una sonrisa radiante. Elegante en su uniforme de trabajo blanco y negro, enseña de buen grado su antiguo despacho, instalado en el primer piso de un edificio frente a la estación Mester Útca. Es aquí donde pasa sus vacaciones desde hace quince años, para vigilar el tráfico de los tranvías cuando no está conduciendo uno. Solamente el minúsculo ruido de la tele que se ha comprado para matar el aburrimiento llena el vacío.

Hace no mucho, el director Roland Vranik abordó a Marcelo a la salida del trabajo. “Me dijo que me quería para el papel principal de su próxima película, El ciudadano (Az allampolgar)”, señala Marcelo. La historia de la batalla de un migrante africano para llegar a ser húngaro. Una trama a su medida. “Cuando el director se presentó, estaba desconcertado. ¿Realmente me lo proponía, a mí? Me explicó que cuando me vio en seguida me asoció al personaje. Leyendo el guion, me he dado cuenta de que tenía buena intuición. Acepté enseguida”, Marcelo se emociona. Del impacto de la película, no sabe demasiado, incluso si los carteles han ocupado cierto tiempo las calles húngaras. 

Niño soldado en Guinea-Bisáu

Difícil para Marcelo sumergirse en sus recuerdos de niño en la lucha en las trincheras guineanas ahora que está en pleno centro de Budapest. Sin embargo, es en un África dividida por la guerra donde ha crecido. Saca de su viejo armario bajo los papeles administrativos un viejo libro ilustrado, “Guinea-Bisáu”. “Este era yo”, cuenta. En la foto, un joven camina en medio de sus compañeros, con solo un uniforme militar como ropa. Es Marcelo, con trece años, reclutado a la fuerza por la armada para ir a combatir durante la guerra de independencia de su país. La mitad de su tiempo está dedicado a sus revisiones para el bachillerato, la otra mitad al combate en el frente. En las páginas del libro que hojea, se muestran mujeres con la ropa tradicional, cantos, vajillas coloridas. Marcelo sonríe con nostalgia.

A los dieciocho años, Marcelo dejó Guinea. Tiene que elegir: o ir a Hungría para sus estudios superiores o esperar a que haya plazas libres en Alemania del Este. La guerra le agota, por tanto irá a Hungría. A su llegada, todo es diferente, casi embriagador. “Los socialistas rechazaban cualquier forma de racismo. Me sentía totalmente en mi lugar”, explica Marcelo. En su dormitorio del duodécimo piso de la ciudad universitaria, hace migas muy rápido con su compañera de habitación húngara. Después de un año, aprueba el examen lingüístico que puede abrirle las puertas de la universidad. Marcelo está feliz: empieza los estudios de economía y le apasiona lo que aprende.

Recorrido de luchador

De pronto, el entusiasmo del principio da lugar a la decepción. “Sabía que el título de un país socialista no valía gran cosa en esa época”, lamenta. Con un máster en economía en el bolsillo, decide ir a Bélgica para conseguir un certificado más valorado. Pero allí, la vida resulta más difícil. Si está contento por aprender algo de francés, también está obligado a trabajar ilegalmente para poder comer varias veces al día. Acumula trabajillos uno tras otro, friega los platos en los restaurantes por la noche y limpia las casas de particulares. Marcelo se encoge de hombros. “Empezaba a estar realmente cansado. Mis notas iban en picado”, cuenta. Al cabo de un año, renuncia. A su vuelta a Hungría, empieza un doctorado de economía y se casa.

¿El único documento de identidad de Marcelo? Un permiso de residencia de estudiante extranjero. Una vez terminados sus estudios, se encuentra en situación ilegal. Afortunadamente, encuentra un buen puesto en un banco. La suerte le sonríe: se gana bien la vida y tiene para mantener a su familia que crece con el nacimiento de dos hijos. Pero estamos en 1989 y el telón de hierro cae. Sin nacionalidad húngara, con el cambio político, ya no tiene derecho a trabajar. Es despedido.

Empieza entonces un largo recorrido del luchador para conseguir la nacionalidad húngara. “He rellenado cientos de documentos administrativos, compuesto por decenas de carpetas”, añade. Pero hay un problema: para llegar a ser húngaro, hay que poseer un bien inmueble. Y para poseer un bien inmueble hay que ser húngaro. Es un callejón sin salida del que no puede salir. Sobre todo porque suspende varias veces el examen de ciudadanía sobre la historia de Hungría y su constitución. Explica: “Quise volver a Guinea para ver si allí la vida era mejor para mi familia”. Su vuelta será rápida: en su país de origen la situación es mucho peor.

Marcelo, tan jovial como siempre, se ensombrece. “¿Qué podía hacer? Busqué un trabajo para mantenernos”, exclama. Pasó a ser empleado del ayuntamiento, en la vivienda, en todos los ámbitos donde no piden la nacionalidad húngara. “Nunca estaba en un buen puesto. Siempre había un blanco por encima de mí para darme órdenes”, se lamenta. 

“Soy un extranjero en todas partes”

Tres años. Harán falta tres años para recibir por fin ese trozo de papel probando que era húngaro. Marcelo esboza una sonrisa: “estaba contento por mi familia, al fin teníamos derecho a las ayudas sociales”. Se pone a buscar trabajo de manera activa en el ámbito económico. Cada día envía currículums, redacta cartas de motivación. Victoria, le llaman para entrevistas. Pero una vez más se desilusiona. “Desde que llegué, se reían de mí en mi cara. Y acababan diciéndome que no había lugar para mí”. Un carné de identidad no era suficiente para integrarse. “A ojos de los demás, nada había cambiado. Mi color de piel siempre era el mismo”. Marcelo se encoge de hombros y afirma que aún, a día de hoy, ningún africano titulado en Hungría trabaja en un puesto que equivalga a sus cualificaciones. 

Durante dos años, espera de manera desesperada un cambio de situación. Pero ningún empresario vuelve a llamarle. Cuenta con remordimientos: “Tuve que ser realista: nunca tendría un trabajo que me gustase. Porque soy negro”. Marcelo acepta la situación de mala gana. Se encoge de hombros por enésima vez. “Me apunté a la formación de conductor de tranvía. ¡Qué es donde estoy ahora!”, se sorprende. Borra de un plumazo lo que le rodea desde 2004. Los paneles de control, donde toquetea algún botón de vez en cuando. Los monitores de vigilancia, en los cuales se posan sus ojos. El teléfono, que suena cuando un tren no se pone en marcha. “Hice las paces con mi destino, acepté. Sé que no es mi culpa, sino de las circunstancias”, explica Marcelo.

Incluso hoy cuando presenta su carné de identidad, la gente se sorprende de que sea húngaro. El año pasado, volvió a Guinea a ver a su hermano pequeño. Ironía del destino, en el aeropuerto, los agentes de la aduana le consideraron como un turista. Marcelo prefiere tomárselo con una sonrisa: “Soy un extranjero en todas partes. Pero mis hijos son húngaros. Los he educado con esa idea. El único momento en el que son guineanos es cuando me junto con mis amigos y cocinamos platos picantes de nuestra infancia”. 

Hoy en día para Marcelo nada ha cambiado, no es más que otra palabra en su carné de identidad. Sabe que no tiene ningún futuro como actor negro en Hungría. Pero tiene esperanza para un papel internacional. Recuperando su buen humor, estalla de risa pensando en el momento en el que se vio por primera vez como cabeza de cartel en la calle, cuando estaba a los mandos de su tranvía. “Estoy orgulloso de haber afrontado el desafío, yo, que nunca había actuado en mi vida”. Su mujer también está muy orgullosa. Promete que si actúa así de bien en una segunda película, nunca le volverá a llamar Marcelo, sino “el señor artista”.