György Dragomán: a través de la mirada de un niño se ve mejor cómo es una dictadura

Artículo publicado el 25 de Junio de 2007
Artículo publicado el 25 de Junio de 2007
Este autor húngaro de 34 años, nacido en Transilvania, nos habla de los horrores de un sistema totalitario usando un formato bastante inhabitual.

El notable éxito de su último libro, El rey blanco aún le turba. Dragomán es de extrema modestia y un hombre de aparencia muy calma para quien ha saboreado las mieles del éxito. Nacido en Rumania, vive en Hungría desde hace 20 años. Ha traducido a Beckett y Joyce al Húngaro. Su apellido, Dragomán, significa “traductor” o “guía” en los países del Oriente Medio. Lleva ya escritas varias obras entre novelas, cuentos y teatro. Su primera novela, Genesis nonato, recibió en 2002 el premio Sandor Brody. Su segunda obra, El rey blanco se está traduciendo y editando en toda Europa y ya ha recogido los premios húngaros Déry Tibor y Sándor Márai.

Un portero de fútbol que huye de la pelota

“Hace cuatro años, encendí la televisión y me topé en la pantalla con Helmut Ducadam, un gran portero de fútbol rumano. Todos pensábamos que estaba muerto”, explica Dragomán al preguntársele por el origne de su héroe en la ficción, un niño que regresa a la vida sin explicaión aparente. “Durante la la final de la Copa de Europa de 1986 del Steaua de Bucarest contra el FC Barcelona, Ducadam detuvo cuatro penaltis y luego desapareció. Se decía que el dictador Ceauçescu le había roto el brazo, celoso de su popularidad. Sin embargo, como si no hubiera pasado nada, volvió a parecer en las pantallas, negándose a aclarar lo que le había sucedido. Comentaba cómo el equipo tenía que entrenarse para un partido tras la explosión del reactor de Chernobil. Por lo visto se había sugerido a los porteros no tocar demasiado la pelota, pues se pensaba que podía recoger partículas peligrosas al rodar por la hierba. La idea de un portero de fútbol que tuviera que huír del balón me pareció de un absurdo total, hasta tal punto que sólo un niño podría contar esta historia sin parecer un bromista. Entonces, empecé a escuchar una voz dentro de mí que no dejaba de hablar.”

Más allá del punto de vista infantil, fluido y caótico por turnos, el estilo de Dragomán se caracteriza por las descripciones muy detalladas. Su narración desborda de recuerdos y objetos. Juguetes, cartas, navajas de bolsillo, armas caseras para ir a pelearse con los niños de la calle contigua, etc. “La mayoría de los objetos me brindan la ocasión de contar una historia. A menudo, cuando escribo, empiezo por observar y me siento delante de una pared blanca. Me concentro en el objeto hasta que logro dilucidar la historia que esconde.”

La violencia engendra violencia

Los relatos que componen El rey blanco son casi todos tristes y emotivos. Rebosan de atrocidades y de violencia, y se desarrollan en un mundo que ha perdido todas sus referencias. El padre del héroe termina en la cárcel por pertenecer a la oposición, y su padre (el abuelo, miembro del Partido Comunista) reniega de su hijo. Su madre, a su vez, lucha por darle un buen ejemplo a su hijo.

Los personajes se enfrentan a la opresión constante del sistema que se infiltra en la sociedad, privando a los individuos de su alma y de su bondad. Los adultos y los profesores terminan siendo los más castigados, destrozados por el sistema, y lo pagan con sus hijos, indefensos. “Es una historia que muestra cómo nos convertimos en nuestro propio padre en un mundo en el que la paternidad no existe. Un mundo en el que nadie podía tomar nuestra defensa.”

La idea de una infancia feliz perdida para siempre se ha convertido en una obsesión de los escritores y los artistas en general. La idealizamos muy a menudo. Dragomán, sin embargo, no cree que los niños sean puros e inocentes o “sólo corrompidos por los adultos”.

“No quiero perder mis recuerdos. ¿Qué podría escribir sin ellos? Ahora bien, no expresa ninguna nostalgia cuando habla de su infancia. Hay que reconocer, después de todo, que la infancia es un mundo de violencias. Hay que batirse constantemente para afirmar la propia posición en la sociedad. Los niños se pelean siempre entre ellos, pueden llegar a ser muy duros. Más de lo que nos imaginamos. En el mundo de los niños, el jefe de la banda es casi siempre el más fuerte. Y ahí es como mejor podemos ver el funcionamiento de una dictadura.”

Dragomán es de palabra corta. Hay que andarse con sacacorchos para hacerle hablar. Por lo visto su infancia es un tema delicado. Así que pasamos a otra cosa. Nacido en TRansilvania, su familia y él se mudaron a Hungría en 1988. Aún se acuerda de todo. “Entonces, ser un emigrante era muy difícil, una experiencia fuera de lo común. No consistía sólo en hacer las maletas y marcharse.”

Su biografía es un poco complicada, debido al territorio misterioso en el que nació. Ahora bien, no duda en declarase “húngaro, aun pudiendo observarne con la mirada crítica de un extranjero. Tengo la impresión, en cierto sentido, de haber tenido suerte. Joyce dijo una vez: 'Para ser moderno hay que haber perdido la propia familia, el propio país y la propia religión'. A mí es lo que me sucedió”, afirma sonriendo.

Es como húngaro, pero también como extranjero, que Dragomán observa la situación actual húngara. Piensa escribir un libro sobre las manifestaciones contra el gobierno. Un libro que “que sea como una granada que explota fragmentándose. Cada fragmento con una historia, una vida distinta”.

Para él, las manifestaciones de este año no tiene nada de antisistémicas. “La caída del sistema fue un momento excepcional, extático. Tras tantos años de comunismo, costaba creérselo. Lo que sucede hoy es sólo un eco de lo que sucedió en 1989. Los políticos de todos los partidos tienen sus propias historias. Hungría no va bien -siempre ha sido el caso-, pero los tiempos cambian y el pueblo se empieza a impacientar.”