Hacia el Este (2/3): Ser joven y kurdo en el este de Turquía

Artículo publicado el 11 de Enero de 2016
Artículo publicado el 11 de Enero de 2016

Enfrentados a la violencia diaria e intentando recuperar su identidad, los jóvenes kurdos del este de Turquía, al no poder prosperar, esperan. Para el segundo episodio de nuestra serie “Hacia el Este”, retratamos a esta juventud difícilmente tangible.

En una pequeña ciudad del este de Turquía que escapa aún a los disparos de los militares y las respuestas de las milicias, seis jóvenes comparten su vivienda. Algunos van a la universidad y estudian economía, antropología o historia del arte. Otros ya dejaron hace algún tiempo este protector capullo escolar. En gran parte de la región, proceden de distintas ciudades o pueblos pequeños. Algunos nacieron en el otro extremo del país. Está el soñador-bromista, el hipersensible, el atento, el líder amable y su fiel acólito, el eterno sonriente. También están sus amigos que pasan largos días y tardes sentados sobre la alfombra de la cocina para conversar bebiendo un té y fumando en pipa, añadiendo aún más rasgos a este mosaico de personalidades. Sin embargo, todos tienen un punto en común: Reivindican toda su "kurdicidad". Es decir, son turcos en los papeles, pero kurdos en el corazón. Los llamaremos D., O., C., L. y N. para preservar su seguridad en un país que es presa de la extrema violencia entre las fuerzas del poder y las poblaciones kurdas de Turquía.

“Nuestros cerebros están dañados por la violencia”

Desde hace algunos meses, el horror ha vuelto a adueñarse de la situación en la región. D. nos recibe un poco atormentado: "Mi tío murió la semana pasada. Había un toque de queda en su ciudad, pero quiso salir para llevar agua a los vecinos y le dispararon". A raíz de la reanudación del combate entre el PKK (el Partido de los Trabajadores de Kurdistán) y las fuerzas militares turcas, numerosas ciudades dejan de vivir, los habitantes se confinan en sus casas y arriesgan su vida.

El miedo y la violencia son constructivos para el espíritu de los jóvenes kurdos y esto es así desde hace muchos años. Todos conocen, ya sea de cerca o de lejos, personas que dejaron su vida en este conflicto y personas que tomaron las armas en las montañas con el PKK o en las ciudades con el YDG-H (la milicia fundada por jóvenes simpatizantes del PKK). El hermano de uno de ellos hace ya 15 años que se fue a combatir en las montañas. Raramente reciben noticias, y cuando lo hacen él no les habla sobre el lugar preciso del combate por razones de seguridad; su hermano tampoco ha vuelto nunca para ver a sus parientes.

Otros tendrán que hacer el servicio militar, obligatorio en Turquía, y quizá tendrán que disparar contra sus hermanos. ¿Serían capaces de hacerlo? Un joven, con una gorra que pareciera que lleva atornillada sobre la cabeza, apasionado por la fotografía y que será llamado al servicio en algunas semanas, responde que en cualquier caso no ve "ningún problema en morir como un mártir bajo las balas kurdas", que todo es "cuestión de honor".

Una identidad kurda constructiva y construida

Tal dedicación encuentra su fuente en su identidad kurda, reivindicada y exhibida. Son ellos quienes nos preguntan en sucesivas ocasiones si conocemos la historia kurda, la música kurda, a Abdullah Öcalan (un líder encarcelado del PKK) y exigen que les hagamos todas nuestras preguntas. La última noche de los cuatro días que pasamos en su compañía, uno de ellos nos dice: “Do you know PKK?” (¿Conocen al PKK?). Empezamos a conocerlo, en efecto.

La banda sonora de su vida es parcialmente francesa. Entre los ritmos de Mireille Matthieu, de Zaz, de Édith Piaf o de Indila, comprendemos que quizá hay algo político detrás de este entusiasmo. O. nos recuerda la existencia de un instituto kurdo en París y también el hecho de que se ha recibido a varios refugiados políticos en Francia. Sobre un modelo un poco maniqueísta, ellos determinan a sus amigos y a sus enemigos. Nuestra nacionalidad no es tal vez ajena a la cálida bienvenida reservada para nosotros. S. nos confía, por otra parte, que él no acepta nunca en su casa a turcos (no kurdos) a los que no conoce.

¿Cómo integrar esta identidad kurda hasta el punto el que acaba convirtiéndose en el motor principal de una vida? Como reacción evidente contra la violencia que los ataca, que ataca a sus allegados, por parte de un Estado intransigente y asesino. Pero existe al menos otro factor que puede ser determinante en la construcción de esta identidad: La propaganda. Hiperconectados, estos jóvenes pasan una gran parte de su tiempo libre con sus ordenadores y smartphones, en Facebook o YouTube, leyendo artículos o mirando vídeos. Algunos tienen la mirada hipnotizada por la propaganda del PKK: Los combatientes siguen un entrenamiento de hierro, enterrando a sus camaradas, luchando en Siria o disparando contra la policía en Diyarbakır (ciudad del sureste de Turquía). Por otra parte, se debe tener en cuenta que estos vídeos encuentran un público amplio y llegan a acumular decenas o incluso cientos de miles de vistas. El himno kurdo resuena con fuerza de día entre las paredes del apartamento, mientras que C. exhibe su vestimenta tradicional kurda y que L. no acaba de decidirse por quitarse de los hombros la bandera del PKK.

Igual que sucede en otros lugares, es difícil tener en cuenta las circunstancias en este ambiente de información de masas, actualidades retransmitidas, transformadas, utilizadas, teorías de medio pelo y manipulación. N. asegura: "¡En el Corán, se dice que una tercera Guerra Mundial se desencadenará en Siria!". Nadie lo verifica y otro tema se conecta, venden la política de Putin, condenan a los los Estados Unidos y a Obama.

Droga, mujeres y dos lenguas

Una identidad e ideas fuertes que no están a salvo de paradojas: Entre el ideal político del PKK, las aspiraciones personales y la religión, a veces resulta difícil no perderse. El ejemplo de la droga es el más llamativo. Mientras que el YDG-H combate firmemente el uso de la droga y llama al asesinato de los distribuidores (difícil saber si es por razones religiosas o sanitarias), al menos a la mitad de los hombres jóvenes kurdos que nos encontramos no les molestó fumar hierba en pipas artesanales delante de nosotros, en particular, dos de los combatientes de esta milicia. “Sí, pensamos que la droga es mala pero cuando volvemos del combate, nuestro espíritu ha soportado cosas muy difíciles y es como una necesidad para no volverse loco”, se justifica C. ¿Entonces también toman droga para combatir? Al parecer no, su única droga sería “el honor”.

El informe sobre el papel de las mujeres es igualmente ambiguo. Entrevistamos solamente a una joven mujer durante esos días, la futura esposa de uno de sus amigos. Ellos admiran y felicitan el compromiso de las mujeres en los grupos armados kurdos, tanto en el PKK en Turquía como en los Peshmergas en Irak. Sin embargo, las mujeres tienen un lugar muy limitado en la sociedad kurda. Con respecto al matrimonio, O. dice: “Cuando termine mis estudios, le pediré a mi madre que encuentre una mujer para mí en el pueblo. No quiero una chica de la universidad, correría el riesgo de que vea a otros chicos. (…) Una vez que se casa, una mujer debe poder ver a otras mujeres, pero debe permanecer en casa sin encontrarse con otros hombres que no sean de su familia, de lo contrario correría el riesgo de marcharse”.

Comprometerse o escaparse

Tienen apenas más de 20 años, están en fase de transición y pronto deberán elegir qué será de sus vidas. Estas elecciones se determinan obviamente por la situación conflictiva y la violencia de su rutina diaria. Hay quienes ya están comprometidos en el combate como C. y su primo, miembro pleno del YDG-H. Toman las armas en Diyarbakır o en Batman y no piensan en otra cosa que en defender a las poblaciones kurdas del Estado turco. También hay un joven kurdo de Mardin que piensa unirse a su hermano en las montañas tras terminar sus estudios y que, mientras espera, se "droga" con los vídeos de propaganda del PKK.

Sin embargo, seguramente esto no sea representativo de la mayoría de estos jóvenes. Aunque muchos lo pensaron, esperar parece lo más razonable, como lo hace O.: “Hablé con mi madre sobre ir a combatir por el PKK. Ella me dijo que debía continuar con mis estudios para poder servir al futuro Kurdistán con mis competencias en historia del arte o en informática”.

Por último, existe una tercera opción: Escapar. Temporalmente, a través de los programas Erasmus que permitirán a O. y N. ir a Alemania o Polonia el próximo semestre. Siempre y cuando esto sea posible: D. había obtenido buenos resultados en su examen y debía viajar el año pasado para un período de prácticas Erasmus, pero finalmente no pudo ir ya que su universidad no le pagó los fondos a tiempo. A veces le gustaría marcharse definitivamente: “Cuando leo en las noticias que hay gente que muere, incluidos niños, la escuela ya no tiene sentido para mí y me siento mal. Quiero irme de aquí, a un lugar donde no haya violencia, donde no me manipulen, ni el Estado, ni el PKK. Pero es muy difícil, mi familia vive aquí, no puedo dejarlos solos”. Intentará aprobar de nuevo el examen este año para seguir el camino de sus compañeros, para tener una tregua y quizá conseguir “reparar” ese “cerebro dañado por la violencia”, esa “memoria que no funciona más”.

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Este artículo es claramente subjetivo y no pretende presentar la naturaleza esencial de la juventud kurda, tan distinta de otras, solo busca elaborar un retrato, por incompleto que sea, a partir de conversaciones con una quincena de kurdos, en gran parte de sexo masculino.