¿Hacia el fin del mito de la potencia civil europea?

Artículo publicado el 24 de Marzo de 2003
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Artículo publicado el 24 de Marzo de 2003

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Aunque eloquente, la imagen familiar de Europa como un “gigante económico, enano político y gusano militar” puede también ser imprecisa. Al considerar exclusivamente los componentes “clásicos” del poder, esta metáfora esconde un aspecto que ha sido hasta hoy esencial en la construcción europea

Esconde, en efecto, la voluntad de actuar por la paz y la seguridad construyendo un orden internacional fundado en la responsabilidad común, el multilateralismo, la cooperación (antes que la competencia), y el rechazo del uso de la fuerza como instrumento de poder. En otras palabras, la entidad europea se proponía llegar a ser un “poder civil global”, un actor influyente del sistema internacional que practica una forma particular de diplomacia, en la que la prioridad sería otorgada a la creación de conjuntos de normas de conducta a pretensión universal, respetadas por todos: en este sentido, la vocación europea sería la de “civilizar” las relaciones internacionales, de actuar guiada por los valores antes que por los intereses. Particularmente opuesta a la imagen de la “hiperpotencia” americana, que haría del uso de la fuerza un instrumento principal del poder para la defensa de sus “intereses nacionales”, esta “doctrina europea” sería más próxima del idéalismo kantiano que de la realpolitik.

¿Utopismo? ¿Angelismo? Aunque esta visión ideal es obviamente contraria al comportamiento internacional tradicional de las potencias, la propia construcción europea, una experiencia exitosa de pacificación de las relaciones entre antiguos enemigos basada en la interdependencia, daba credibilidad a estas pretensiones. No obstante, hay que considerar que, entre otros factores, este éxito fue posible gracias al contexto excepcional de la guerra fría, que protegía de la guerra al continente europeo (que vivía sin embargo obsesionado por su espectro). Ahora, en el nuevo contexto estratégico, la continuidad de esta idea parece en cambio comprometida. Tres elementos estrechamente relacionados la amenazan: la imposibilidad de mantener a Europa al margen de las cuestiones de defensa, en un entorno “inseguro”, en el que el uso de la fuerza se “revaloriza”; las iniciativas en este sentido en el seno de la entidad europea, que aunque tímidas, la alejan del “tipo ideal” de “potencia civil”; y finalmente, los traumatismos surgidos de la brecha entre las capacidades europeas y las exigencias del contexto de seguridad, y de la profunda divergencia entre los intereses y posiciones de los distintos países detrâs del vago consenso retórico.

Un mundo no tan “civilizado”

La evolución del contexto internacional ha sido el primer factor traumático: a pesar de que desde el fin de la guerra fría la magnitud global de los conflictos no ha dejado de disminuir, la percepción de muchos europeos es que el mundo se ha vuelto más “peligroso” en la época actual, a causa de las múltiples amenazas – reales o supuestas – que presentan los conflictos de identidad, la inmigración, el terrorismo. Estas percepciones coinciden con las del otro lado del Atlántico, donde se considera el mundo de hoy como esencialmente inestable, plagado de amenazas difusas y “deslocalizadas” que exigen una vigilancia permanente – y más recientemente, que hacen necesaria la “prevención” a través del uso de la fuerza. Paradójicamente, si la “guerra imposible” de la confrontación Este- Oeste imponía la paz en Europa, su terminación ha estimulado una mentalidad de “fortaleza sitiada” en un Occidente que descubre de nuevo el caos alrededor de él. Los europeos no han interiorizado enteramente, por supuesto, la representación conflictiva del mundo tan popular en Estados Unidos, donde los analistas están dedicados a identificar a los enemigos nuevos y los “peer competitors” de mañana; no obstante, frente a las necesidades de la “gestión de crisis” y al choque del “regreso a la guerra” (bajo la forma de la “guerra contra el terrorismo”), la necesidad de adoptar posiciones fuertes y de actuar cuando las declaraciones de principios ya no bastan es cada vez mas apremiante.

¿Una “potencia civil”... con su ejército?

Así, desde hace algunos años, la construcción de la PESD parece haber venido a “contaminar” la idea de la “potencia civil” europea previamente existente. Por supuesto, los instrumentos previstos para la gestión de conflictos, incluyendo la creación de la Fuerza de Reacciòn Ràpida, se enmarcan en los mismos principios invocados previamente – particularmente, el multilateralismo, la preferencia absoluta por los medios pacíficos y la exigencia de legitimidad. No por ello la cuestión es menos esencial: ¿Al dotarse de capacidades militares y al prepararse para emplearlas, Europa no estaría acaso convertiéndose en un poder “como los otros”? Para algunos, la idea misma de una Europa militarmente capaz de participar significativamente a operaciones “de gama alta”, o incluso (en un futuro tan distante como incierto) de asegurar su seguridad por sus propios medios, es incompatible con el rol de “potencia civil”. ¿Los intereses – ayer nacionales, mañana “europeos” recuperarían su papel tradicional en la definición de la política exterior, tal como la concebían las potencias europeas del pasado? Lo que es peor, estas iniciativas evocan una posible ruptura del tabú de la no-guerra en Europa, sobre el cual estaba, no obstante, fundado la idea de la “potencia civil”, y del que ésta última sería, para algunos, inseparable.

Las cuestiones militares: ¿el fin del consenso europeo?

Sin embargo, estas preguntas no han dejado de ser en gran medida teóricas, dada la inexistencia de un verdadero acuerdo entre los países europeos sobre la necesidad de aportar una respuesta común a los problemas de seguridad, incluyendo los mas graves. Es bien sabido que la idea de una entidad europea dotada de toda la gama de capacidades de las “potencias clásicas” – es decir, disponiendo de una fuerza militar y de una cohesión politíca que le permita expresarse como una sola voz – no hace de ninguna manera la unanimidad en Europa. La atribución de capacidades militares mínimas y extensamente subordinadas a la Alianza atlántica, que le permitan contribuir a las misiones de Petersberg más modestas, ha sido el único paso que ha podido engendrar un consenso suficiente. Aunque estos avances son evidentemente insuficientes, la posibilidad de dotar a la Union Europea de los medios que le permitirían adquirir una autonomía aunque fuese relativa de la Alianza (y por lo tanto de Estados Unidos), y traducir sus compromisos de principio en acciones concretas, no es aceptable para varios países de Europa. La misma tendencia se observa en las posiciones comunes europeas: sólo las cuestiones relativamente menores de seguridad, tales como la proliferación de armas ligeras o los conflictos “périféricos” pueden ser objeto de un relativo consenso. Evidentemente, frente a los problemas críticos, tales como la situación en Irak (o previamente, en la ex-Yugoslavia), no ha sido posible llegar a un acuerdo para actuar de forma unificada sobre la base de los principios de la “potencia civil”. Ello deja a cada uno de los países de Europa todo el margen para abordar las cuestiones de seguridad y defensa considerando exclusivamente sus propios intereses. Así, en el caso de Irak, uno de los elementos esenciales a la definición del “poder civil”, el rechazo al uso de la fuerza excepto en condiciones muy estrictas (la naturaleza multilateral de la acción, su legalidad internacional, su papel de último recurso) se rompe en pedazos frente a las posiciones irreconciliables en el interior de Europa – la de los Estados que sostienen sin ambages las posiciones más “beligerantes”, asociandose a Estados Unidos, y las de los “pacifistas” que se oponen a ellos.

En este sentido, la deriva actual provoca una doble pérdida para Europa: sin poder llegar a ser la potencia “clásica” con la que algunos sueñan, las fortalezas que le daba el estatus de “potencia civil” se debilitan por la falta de cohesión que produce el “regreso de la guerra” en un momento en el que Europa aún balbucea en materia de política exterior. La situación actual pone en entredicho los principios básicos sobre los que las naciones europeas estaban supuestamente de acuerdo para actuar en el mundo, y por esa vía, amenaza con sacudir la estructura ya frágil de la acción exterior europea: evidentemente, no todos los Estados europeos están dispuestos a seguir esos postulados de base. Quizás, dirán algunos, una Europa que exorcizó la guerra se acomoda forzosamente mal en un mundo donde la hiperpotencia la relegitima. ¿El fin de la época de la utopía?