¿Hacia un mundo sin trabajo?

Artículo publicado el 3 de Agosto de 2015
Artículo publicado el 3 de Agosto de 2015

El primer ministro finlandés Juha Sipilä, elegido el pasado 19 de abril, ha manifestado en su declaración de política general su ambición de experimentar un "salario universal" cercano a los 1.000 euros. Revolucionario para algunos, espejismo para otros, el "salario universal" suscita un gran número de dudas y aprehensiones.

El "salario universal", "salario incondicional de existencia" o "salario base" consiste en pagar a cada individuo, independientemente de su situación socio-profesional, de su estado de salud y de su patrimonio, un salario mensual fijo que le permita vivir modestamente sin obligarle a trabajar un complemento. En un momento en el que numerosos puestos de trabajo parecen estar destinados a desaparecer, debido a la desindustrialización o por ser suplantados por la evolución tecnológica, el salario universal surge como una solución cada vez más creíble que permitiría garantizar un mínimo a todos para poder vivir correctamente y fomentar el consumo. Objeto de controversia para los economistas, la idea del salario universal navega entre la utopía y la estrategia para una economía post-industrial.

Experimentos en Países Bajos, en Suiza y en Finlandia

Este salario, desde la óptica de la simplificación, tiene igualmente por vocación la de reemplazar todas las ayudas sociales existentes. En Francia, la asociación Movimiento Francés por un Salario Base cuenta actualmente con 400 miembros. A escala europea, el salario universal es defendido por la Alianza Europea por el Salario Base desde 2014. En un artículo publicado en Le Monde el pasado noviembre, el historiador Yves Zoberman abogaba de este modo, frente a la crisis de la zona euro y las dificultades de Europa, por la instauración de un salario universal europeo que permitiera "reinventar una nueva política europea favoreciendo la supresión de una sociedad a dos velocidades, formada por aquellos que trabajan y los demás".

Experimentado en varias regiones del mundo: Alaska, Canadá y Namibia, la idea de un salario universal avanza -particularmente en Europa, donde se está actualemente experimentando en Utrecht en los Países Bajos y puede que próximamente en otras 30 ciudades del país. Hasta ahora, ningún Estado lo ha institucionalizado realmente, pero el salario universal podría muy pronto introducirse en Finlandia, donde el primer ministro Juha Sipilä proyecta -inicialmente en las regiones piloto conocidas por sus altas tasas de paro- pagar una suma aproximada de 1.000 euros a todos los habitantes de los territorios cobaya. Con el 65% de los parlamentarios que afirman estar dispuestos a aprobar el proyecto y una opinión pública favorable del 79%, es muy probable que la iniciativa pueda materializarse. En cuanto a Suiza, se ha programado un referéndum sobre el tema para el año 2016.

Resultados muy esperanzadores

Tanto los defensores del salario universal como sus oponentes son trans-partidistas y no militan bajo una etiqueta o partido político, aunque se pueden encontrar numerosos miembros del partido de los verdes al centro. Lionel-Henri Groulx, profesor de ciencias sociales en la universidad de Montreal explica de este modo que nos encontramos "delante de una paradoja, en la cual el salario universal es justificado a partir de contextos ideológicos opuestos. Es capaz de generar beneficios opuestos entre sí, si no contradictorios". Los refractarios señalan su apego al salariado o bien ven en el salario universal una asistencia generalizada. Si bien algunos como el economista alter-mundialista Jean-Marie Harribey parten del principio de que las empresas pagarán aún menos a sus empleados, otros temen que las empresas tengan dificultades para contratar a gente para funciones poco agradables.

El salario universal pretende hacer desaparecer desempleo sufrido -admitiendo que la inflacción no aniquila progresivamente el valor del subsidio-, pero no tiene por vocación abolir el trabajo sino disociarlo de su remuneración. Se trata de hacer una elección, dado que el trabajo, además de un salario, puede ser también una fuente de satisfación y de socialización. Podría tender a inscribirse en un ideal de economía colaborativa, al mismo tiempo que permitiría apoyar la innovación, ofreciendo suficiente tiempo y recursos para dar rienda suelta a las ambiciones de cada uno, y favorecer el consumo. De Canadá a Namibia, los balances de algunos experimentos llevados ya a cabo son muy esperanzadores. De hecho, la disuasión al trabajo fue finalmente baja, con ventajas muy positivas: disminución de la criminalidad y las hospitalizaciones, aumento de la duración de los estudios en jóvenes y revitalización de las redes locales económicas y sociales.

El salario universal encuentra un gran éxito en la opinión pública. Después de seducir a personalidades como el economista Thomas Piketty o el político Dominique de Villepin, una encuesta de IFOP encargada por L'Opinion e I-Télé demostró la primavera pasada que también estaban a favor el 60% de los franceses, con una progresión del 15% prevista para los próximos tres años.