Hacia una Europa 2 en 1

Artículo publicado el 17 de Octubre de 2005
Artículo publicado el 17 de Octubre de 2005

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Se puede pensar de todo, pero la Unión Europea es un gran éxito. Dicho esto, una reforma económica y mentalidad abierta son necesarias para que éste siga siendo el caso.

La Unión Europea ha significado el que naciones beligerantes que lucharon entre sí durante más de mil años hayan aprendido en menos de 50 a interactuar pacífica y colectivamente en el escenario global, cambiando las armaduras y las lanzas de los campos de batalla por los comentarios ocasionalmente insidiosos en el Consejo Europeo. Más aún, la Unión Europea ha sido un motor de prosperidad para Europa, sacando a millones de familias de la pobreza en la posguerra y encuadrándolas en la clase media que tantos europeos consideran como parte de sus derechos natos. Esto no es una exageración; es un hecho. La Unión Europea ha ayudado a que el pastel europeo sea mucho más grande, creando un contexto en el que ha experimentado más de tres décadas de rápido crecimiento económico, preparando el terreno para dominar el mundo económica, política y socialmente.

La ampliación, buena para la economía

¡Qué triste es, entonces, que en el momento del gran triunfo europeo –cuando el proyecto europeo ha traído una unidad a Europa que ni siquiera Carlomagno pudo imaginar- las voces de una mayor integración repentinamente se encuentran a la defensiva! ¡Qué triste es que los mismos argumentos que los padres fundadores de Europa tuvieron que superar –que una mayor integración comercial conduciría a una callejón sin salida y que la expresión de solidaridad con los vecinos pobres podría de alguna manera desafiar la prosperidad de los ricos- de pronto tengan vigencia de nuevo!

Tal vez valga la pena tratar algunos aspectos básicos. Europa ha sido exitosa principalmente porque abrazó una economía de mercado social. Pero mucha gente ha olvidado hoy en día que esa economía de mercado social tiene dos pilares: el social y el económico. La Historia está llena de ejemplos que muestran que el tratar de construir una economía social sin mercado es un desastre: así sucedió en la Unión Soviética o en la actual Corea del Norte. Simplemente, debemos crear el bienestar que necesitamos para construir la sociedad mejor y más justa que queremos. Y si no podemos generar el bienestar –como, de hecho, sucede cada vez más– dejaremos de ser una comunidad socialmente justa de la que podamos sentirnos orgullosos. ¿Dónde está la justicia social si hay 19 millones de desempleados? ¿Qué hay de social al ver a nuestro sistema de asistencia social colapsarse porque poderosos intereses particulares no permiten la reforma del mismo?

Aprender del pasado

La gente lo olvida, pero Alemania y Francia eran países relativamente pobres en los años cincuenta, cuando los líderes europeos se embarcaron por primera vez en el proyecto europeo. La idea de entonces era forjar una unión del carbón y el acero, permitiendo a los miembros fundadores comerciar entre ellos libremente a través de sus fronteras. Ese comercio, dijeron, crearía paz y prosperidad, lo cual motivaría una futura integración que a su vez propiciaría más paz y prosperidad. Y estaban en lo correcto. Tenemos una enorme deuda con Schuman, Monet y nuestros otros padres fundadores por mostrarnos el camino hacia delante en una época en la que la fe de Europa claramente pendía de una balanza.

Pero la fe de Europa cuelga de nuevo de una balanza hoy en día. La idea principal es esta: Europa se encuentra al final de una era histórica, como lo estuvo en los años cincuenta cuando el proyecto europeo fue lanzado. El bloque soviético y el Pacto de Varsovia se colapsaron, ofreciendo la posibilidad de extender el estilo de prosperidad de la Unión Europea hacia el este. Por fin, al ampliar la Unión Europea el año pasado, hemos tomado los primeros pasos para abrazar esta oportunidad histórica.

¿Lo hemos hecho? A la "Vieja Europa" no le gusta mucho en realidad la "Nueva Europa". Particularmente, no le gusta lo que la "Nueva Europa" le fuerza a reconocer acerca de sí misma, es decir, que han crecido más en relación con sus beneficios que al arduo trabajo que les permitió crear esos mismos beneficios en un principio. Es hora de superar este miedo. Es tiempo de que la Unión Europea le hable directamente al pueblo, y haga claras las ventajas que esto brinda, como lo hizo Robert Schuman en su llamamiento público para que Europa mancomunara sus recursos de carbón y acero en 1950. Es tiempo de ofrecer una visión de una Europa unida, que trabaja en paz, mano con mano, cada cual haciéndolo con espíritu de solidaridad.

Nosotros, en Occidente, tenemos una tarea urgente. Debemos abrazar la modernidad, reajustar nuestras prioridades presupuestarias para promover el conocimiento y las habilidades entre nuestros propios trabajadores, motivando a nuestras compañías y ciudadanos a desarrollar todo su potencial hasta el tope de la escala económica. Debemos aprender a promover el espíritu emprendedor, haciéndolo sencillo para formar pequeñas compañías del sector de servicios, y ayudar a expandir las compañías de tamaño medio que ya estén formadas. Debemos retomar los principios que nos han hecho grandes –nuestro espíritu de aventura, nuestra excelencia educativa, nuestro sentido de justicia social y nuestra habilidad de competir económicamente- para que podamos continuar compartiendo nuestro bienestar y valores con el mundo que nos rodea.