¿Hacia una gestión ecológica eficaz?

Artículo publicado el 5 de Junio de 2007
Artículo publicado el 5 de Junio de 2007
El 5 de junio, Día Mundial del Medio Ambiente, organizado desde 1972 por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD), saca a la palestra algunos de los enredos ecologistas.

“El estado del medio ambiente es el único juez de la eficacia de nuestros programas y políticas”. Y la verdad es que la realidad ecológica es más bien amarga. La reflexión de Klaus Töpfer, antiguo director ejecutivo del programa de la ONU para el medio ambiente, atestigua la ambigüedad constante que rodea el ámbito de la protección medioambiental.

Desde hace tres décadas, el Día Mundial del Medio Ambiante conmemora la protección de la naturaleza, pero hay que constatar que somos incapaces de frenar el proceso de destrucción de nuestro planeta. El medio ambiente se deteriora a un ritmo cada vez más rápido, la biodiversidad se ve amenazada, la extinción de las especies se acelera y el calentamiento climático se intensifica.

El remedio, peor que la enfermedad

Qué ironía: la situación continúa deteriorándose a pesar del boom de numerosas instituciones, programas u organizaciones encargadas de la protección o de la gestión de los recursos medioambientales.

Esta paradoja plantea serios problemas sobre la naturaleza y el papel de la gestión internacional del medioambiente, pero también sobre la capacidad, o más bien la incapacidad de la ONU de llevar a cabo su misión.

Según el investigador Adil Najam, “la gestión de procesos mundiales, a falta de una autoridad global, se organiza según un sistema muy complejo, incluso ininteligible". En suma, si bien la OMC (Organización Mundial del Comercio) rige el comercio internacional o si bien el mandato de la OMS (Organización Mundial de la Salud) cubre el sector de la sanidad, la gestión del medio ambiente resulta ser sin embargo caótica.

En 2006, el PNUD (Plan de Naciones Unidas para el Desarrollo) registró más de 500 acuerdos multilaterales relativos a la protección de los recursos medioambientales. Aparte del PNUD, hay que añadir otras organizaciones como la Organización Metereológica Mundial (OMM) -actor oficial en lo relativo a cambios climáticos-, la Convención-Marco de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (CMNUCC) o la Comisión del Desarrollo Sostenible (CDS) también dependiente de la ONU. A esta nebulosa de siglas hay que añadir una larga lista de convenciones especializadas, como la Convención sobre la Diversidad Biológica (CDB) o incluso la Convención sobre las Especies Migratorias.

La ineficacia es la culpable

Resulta lamentable constatar que todas estas organizaciones compiten por cosechar los fondos de los donantes, sobre todo los Estados. Su ceguera mutua resulta aún más sorprendente. Todos estos actores clave de la ecología apenas conocen sus actividades respectivas y sus fines a menudo se pisan entre sí.

Con el fin de paliar este ambiente de desorganización, la ONU ha creado un grupo de reflexión, el EMG, Environment Management Group (Grupo de Gestión Medioambiental), que reúne a varias decenas de actores medioambientales capaces de seleccionar informaciones, de coordinar y aunar esfuerzos, y de realizar actividades de asesoramiento.

Este paso, loable, no es más que la perfecta ilustración de lo absurdo del sistema: al introducir otra vez una nueva estructura paraguas, la ONU convierte la gestión en algo más complejo. La ausencia de una autoridad centralizada ralentiza la coordinación de los esfuerzos en aras de una eficacia dudosa. ¿Acaso ha permitido el protocolo de Kyoto que se frene el aumento de las emisiones de gas de efecto invernadero? Al hacernos conscientes de la ausencia de visión a largo plazo de los gobernantes nos damos cuenta de que lo peor está por llegar.

Una Europa… ¿verde?

En estas condiciones, la cuestión de la reforma de la gestión medioambiental no supone un antojo de unos cuantos funcionarios internacionales, sino el objetivo crucial para los habitantes del planeta. También es una ocasión única para la Unión Europea de proponer un proyecto de reforma, afirmando su liderazgo en cuestiones medioambientales.

Alemania -líder indiscutible de las energías renovables-, Francia, así como otras agrupaciones de ONG, militan, por ejemplo, por la creación de una Organización Mundial del Medio Ambiente, con el fin de dotar a las Naciones Unidas de una herramienta medioambiental capaz de gestionar las buenas voluntades, una especie de interlocutor único que coordine a todo el planeta.

¿Será suficiente este proyecto? ¿Suficiente para influir en la posición de Estados Unidos o de Australia, reticentes a la idea de una estructura que consideran costosa y potencialmente poco eficaz? ¿Suficiente para influir en China e India, que consideran que su derecho al desarrollo es prioritario? Se admiten apuestas.