“Han sido ellos”

Artículo publicado el 15 de Noviembre de 2015
Artículo publicado el 15 de Noviembre de 2015

[OPINIÓN] Pero ¿quiénes son “ellos”? Una pregunta que es importante responder con precisión, para luego poder hacerse otras preguntas que resultan fundamentales para el futuro de nuestra propia civilización. Reflexiones que hay que hacer al margen de los ataques en París.

Han pasado poco más de 48 horas. Horas de un absurdo balancín de emociones. Miedo, angustia, incredulidad, cólera, terror. Sí, terror, porque en el fondo ese es el objetivo final del terrorismo: Aterrorizar. Y no hay nada que decir, ellos están ganando esa partida.

Ellos. ¿Pero quiénes son ellos? He aquí la pregunta fatal.

Los “fundamentalistas”, los “islámicos”, “ISIS”, los “musulmanes”, las respuestas son varias y en ocasiones no son del todo correctas, o son absolutamente erradas. Pero este no es el problema, siempre hay tiempo para aprender y saber, si se desea obtener información y conocer la verdad.

La cuestión más preocupante surge cuando estos elementos están juntos. Confundidos, mezclados en una caldera maloliente de la cual no puede salir más que odio, ignorancia y negligencia. Basta con pararse a charlar en la calle para darse cuenta.

Estamos hablando de un crimen absurdo y cruel que ha sacudido increíblemente las conciencias de un continente entero, y dejará seguramente profundas secuelas en las almas de una generación completa de franceses y europeos. Pero al hablar sobre esto, entre la negligencia y la angustia, se termina siempre diciendo más o menos lo mismo: “¡Fueron ellos!”. “Pero ¿quiénes?”. “¡Los árabes, ISIS, los musulmanes!”. Tres elementos que tienen poco o nada que ver entre sí, pero que en el imaginario colectivo recorren un sólo camino como un único demonio que busca atentar contra la cultura, la identidad y la seguridad europea. Imagen alarmante, aquella en la que cada creyente de la religión musulmana en Europa puede ser identificado como terrorista y atacante, asesino violento de su dios exterminador.

La verdad, como siempre, es otra. La verdad es que ellos están atentando contra nuestra forma de vida. Ellos, sí, los terroristas. Y los pocos que están detrás de ellos, que han dirigido y organizado la matanza. Sí, pocos. Porque se trata de pocos en comparación con la inmensidad del número de creyentes pertenecientes a la religión islámica.

La verdad es que ellos están atacando nuestra paz, la convivencia todavía imperfecta que hemos construido durante años y aún continuamos construyendo, con paciencia y determinación, día tras día. Porque algunos piensan que esta paz es simplemente inconcebible, que no es razonable que cristianos, hebreos, musulmanes y ateos coexistan pacíficamente en comunidades mutuamente compenetradas. Simplemente inconcebible.

Y los “pocos” quieren tener razón sobre los “muchos”, usando el método más antiguo de educación: La violencia. Unum castigabis, centum emendabis. Castigarás a uno y corregirás a cien. Algo que infunde terror en los ciudadanos comunes, que han sido elegidos intencionadamente entre objetivos sin importancia estratégica, lo que transmite el mensaje de: “Podemos golpearte a ti también, donde sea que estés”. Pero además interrumpe también el proceso de integración en curso, introduciendo la duda y transformando una serie de actos criminales en un choque de civilizaciones, un conflicto entre la cultura “occidental” y la islámica.

¿Pero cuál puede ser la respuesta más adecuada ante tal barbarie? Paradójicamente, la decisión de cerrarse, dividir y marcar las diferencias sirve de poco.

Resulta imposible emitir comentarios sobre las reacciones de quienes, como el diario Libero, han decidido abrir con un título como “Bastardos islámicos”. O sobre quien, como varios exponentes de la Liga Norte, escriben “al próximo idiota de la izquierda  o del movimiento 5 Estrellas que me hable del Islam moderado lo agarro a patadas“, o como Matteo Salvini en Facebook: “Control de todas las situaciones islámicas actuales en Italia, bloquear las salidas y los desembarcos, atacar en Siria y Libia”. Estas son ideas que siempre se abren paso en la mente de muchos en momentos en los que es difícil razonar con la mente e ignorar el instinto.

La solución sólo puede ser la integración. Abrirse, para que nadie quede aislado o marginado. Pedir la colaboración de todos los creyentes de la fe musulmana para extirpar el veneno. De nada sirve cerrar las fronteras y alzar muros legislativos y culturales contra los extranjeros de religión islámica. Porque el enemigo está en casa, los hechos en París lo han demostrado.

La guerra y la violencia no harán otra que convertir los crímenes de unos pocos en un “choque entre civilizaciones”, exacerbarán las emociones y multiplicarán los asesinos, radicalizando las ideas y transformando a los pacifistas en guerrilleros. Somos nosotros quienes debemos encontrar un equilibrio. Para luchar contra ellos. Y “ellos” son los criminales. Porque todos los demás musulmanes están incluidos en el “nosotros”.