Hasso Krull: “el ruso nunca será lengua oficial”

Artículo publicado el 23 de Febrero de 2007
Artículo publicado el 23 de Febrero de 2007
Con ocasión de la Fiesta de la Independencia estonia, entrevista al poeta Hasso Krull, de 43 años, símbolo de la nueva Estonia.

Escondido al fondo de un paisaje casi parisino, es en la penumbra de una pequeña chocolatería de la ciudad vieja de Tallin donde me encuentro con Hasso Krull, poeta símbolo de la nueva Estonia, y que, a sus 43 años, ya puede enorgullecerse de estar entre los intelectuales que han marcado como pocos el enorme cambio de esta pequeña república báltica tras la independencia de la Unión Soviética en 1991. Autor estudiado en medio mundo, recitado y cantado por artistas locales como la ecléctica Mirjam Tally, Krull junta, con gran versatilidad, la poesía con la fotografía (Kaalud, 1997) o a la música jazz (Jazz 1998).

“¿La UE?, una cuestión de supervivencia, pero...

Es probable, también, que sea debido a la extraña atmósfera de este café, de sus cojines de terciopelo y de sus velas, que comenzamos a movernos sobre cada uno de los aspectos de la vida de una nación que afronta su destino como miembro de la gran familia europea: “Hemos sido veloces en los cambios y rapidísimos en destruir todo aquello que había antes. Sin embargo, puede que no todo lo que la organización soviética había creado tuviera que desmantelarse. Viéndolo con perspectiva, podemos decir que no hemos reflexionado bien sobre el peso de las reformas hacia las que habíamos puesto rumbo”.

El símbolo de este cambio es, en efecto, la Unión Europea que, en 2004, ha acogido a Estonia entre sus miembros: “Siempre me ha gustado el concepto de UE”, deja claro. “Teniendo que vivir puerta con puerta con Rusia, para nosotros Europa es una cuestión de supervivencia. Dicho esto, la burocracia comunitaria es un problema real”. Ya, la burocracia, como si los estonios no hubieran sufrido bastante su peso en el pasado.

“Sí, porque en los otros países, estas directivas europeas” -arenga, girando los ojos como si las tuviera todas delante– “vienen discutidas y a menudo adaptadas a las realidades locales. En Estonia no. Aquí todo se aplica al pie de la letra. ¿Cómo se hace para decirle a una familia de campesinos, con una vaca en el establo, que no pueden utilizar su leche porque alguien, en Bruselas, ha decidido que así debe ser?”. Mientras tanto, según el Eurobarómetro, el 56% de los estonios se declara hoy a favor de la permanencia en la Unión del país. Menos que Polonia, pero más que Italia.

Ninguna concesión al “Fascismo” ruso

A medida que se van consumiendo las tazas de té y van calentándonos en esta fresquísima tarde otoñal talliniana, siento que podemos detenernos en la cuestión, tal vez, más delicada: la relación con Rusia, y con la minoría rusófona, que aquí roza el 26 % de la población. De golpe, aun sin que los rostros se ensombrezcan, todo se vuelve más serio, más pesado.

Puede que la culpa sea mía, porque no soy capaz de no preguntar por qué el ruso no puede llegar a ser la segunda lengua oficial. “Imposible”, responde Krull. “Es una cuestión de seguridad interna: si nosotros ofreciéramos a los rusos la posibilidad de hablar su vieja lengua, esto los llevaría a no aprender nunca el estonio”. En cierto sentido, a no reconocer de pleno la emancipación de un país que ha elegido no volver a ser nunca más tierra de conquista y lugar de vacaciones. “Es más, un gesto como tal daría la falsa idea de un acercamiento a Rusia, de una renuncia, aun mínima, a la independencia respecto de un país en el que se está desarrollando un nuevo fascismo”.

Usa, en efecto, la palabra “fascismo”, el ecnuánime y tímido poeta Krull: “En Rusia ya todo pasa por las manos de la familia Putin, el Parlamento no es otra cosa que un inútil residuo de un bonito sueño democrático”. Ahora, cuando el ambiente comienza a volverse casi incandescente, cuando se nos acaba el té y las manecillas del reloj apagan el fuego que apenas nace recordándonos que ha llegado el momento de dejar este rincón intemporal para volver al frío helador que desde hace días asedia sin tregua este nuevo confín de la vieja Europa. Para un sardo como servidor, son difíciles de soportar. “¡Pero es mejor que en años pasados!”, me consuela Krull.