Holanda y el Islam cara a cara

Artículo publicado el 6 de Marzo de 2006
Artículo publicado el 6 de Marzo de 2006

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Desde el asesinato del realizador holandés Theo van Gogh, los holandeses perciben cada vez más un abandono de su sacralizado sistema multicultural.

Antes, podíamos ver a quien fue primer ministro holandés entre 1994 y 2003 –Wim Kok- ir en bicicleta al trabajo. Sin embargo, hoy, dos parlamentarios son conducidos a sus despachos desde sus secretas y seguras casas en coches blindados y a prueba de balas.

La parlamentaria Ayaan Hirsi Alí, somalí de nacimiento, ha vuelto recientemente al trabajo después de haber sido forzada a huir del país tras el brutal asesinato el 2 de noviembre de 2004 de su amigo y colaborador artístico Theo van Gogh. El asesino, un islamista radical de 26 años, dejó una nota sobre su víctima amenazando a Hirsi Ali, y a la "traidora" sociedad holandesa, en general.

El suceso conmocionó al clima social y político del país de los tulipanes. Ha alimentado el miedo al terrorismo islámico y el creciente malestar con lo que parece ser un fracaso de integración de la minoría musulmana, que se cifra en un millón de personas entre los 16 millones con que cuentan los Países Bajos. Las previsiones oficiales para 2020 sitúan a la población musulmana en torno al 50% en las grandes ciudades.

Inquietud en la ciudad

Muchos marcan el 11-S como el punto en el que la sociedad dio un giro. Los estudios llevados a cabo por el gobierno muestran cómo el desempleo en el seno de las minorías étnicas se ha doblado desde entonces. Dicho esto, la muerte de Van Gogh parece haber perturbado a los holandeses aún más, debido a su alarmante proximidad y desconcertante crueldad. En un sondeo realizado poco después del asesinato, el 47% dijo ser menos tolerante hacia los musulmanes que antes. La noticia de que el asesino formaba parte de una célula más amplia de militantes radicales ha intensificado la ansiedad general. “Parece que se trata tan sólo de una cuestión de tiempo para que un gran ataque tenga lugar en nuestro país”, dice un estudiante de Ámsterdam, donde se produjo el asesinato.

Las tensiones parecen estar creciendo especialmente allí; el malestar necesita poco para estallar. Según el alcalde, Job Cohen, esto se demostró hace poco cuando las manifestaciones contra las supuestas blasfemias de las caricaturas danesas del profeta islámico se convirtieron en violentos disturbios dirigidos por jóvenes marroquíes.

Aun así, las iniciativas a favor del entendimiento existen. Elena Simona, una “inventora social”, como ella misma se define, organizó la llenada con regalos de los zapatos de los musulmanes que van a rezar a una mezquita en Ámsterdam, una tradición holandesa del mes de diciembre. Por su parte, Cohen es bien conocido por su enfoque moderado: sus argumentos están en la línea de una mejor representación de los musulmanes en tele- series. Aunque hasta entonces la brecha seguirá ensanchándose.

La negación de los holandeses

A toro pasado, muchos aseguran haber visto venir de lejos la marginación de la comunidad musulmana desde hace ya veinte años. Se quejan de las políticas de inmigración. Multiculturalismo por partida doble: los holandeses han adoptado sistemas que alientan a las minorías étnicas a mantener su identidad cultural.

El origen de estas políticas parece más pragmático que idealista. Durante décadas, se atrajo a los trabajadores inmigrantes con una lógica de temporalidad. Se consideraba más práctico no favorecer la integración ya que se suponía que estos “trabajadores invitados” no echarían raíces; pero muchos lo hicieron y trajeron a sus familias.

Además, el clima sofocante de lo políticamente correcto en los años ochenta y noventa impidió durante mucho tiempo cualquier discusión sobre el asunto, por miedo a ser tachado de racista. Fue un extravagante inconformista de la derecha quien al final rompió el tabú, cuestionando abiertamente el multiculturalismo.

¿El final del multiculturalismo?

Una retórica feroz que antes hubiera estado reservada a la periferia del escenario político se ha abierto paso a la corriente principal. El ministro de Economía, Gerrit Zalm, le declaró la “guerra” al fundamentalismo islámico el día que Van Gogh fue asesinado. El ministro del Interior, Remkes, dijo: “sólo la represión puede ayudar contra los peores canallas”. Geert Wilders, el segundo de los fuertemente custodiados parlamentarios, aboga por medidas administrativas: una política para detener terroristas sospechosos sin necesidad de un juicio. “Esa gente debe ser eliminada de nuestras calles y la barrera de una prueba no puede ser un obstáculo”, dice. “El gobierno debe ser capaz de actuar antes y rendir cuentas después”.

El multiculturalismo está llegando a su fin, o eso parece. Incluso la posibilidad de una doble nacionalidad ha sido abandonada por el gobierno. El parlamento aprobó recientemente la proposición de ley de Rita Verdonk, ministra de Inmigración, que obliga a futuros inmigrantes a pasar un test de ciudadanía en su país de origen. La ministra habla también de introducir un código nacional de conducta representativo de la “identidad holandesa”, algo que la ciudad de Rotterdam ya ha llevado a cabo.

La ministra llegó incluso a proponer la obligatoriedad de hablar holandés en las calles. “Es asunto mío si charlo en Surinamí por la calle”, le respondió un diputado suranimí, algo sensibilizado. ¿Es esto una tendencia general en el multiculturalismo?

Varios imanes han sido expulsados del país y muchos otros tendrán que participar en el curso de “naturalización” recompensado con una copia de la constitución holandesa y una bandera nacional. Quizás un regalo más apropiado sería una bicicleta; el día que los imanes pedaleen hacia el trabajo quizás lo harán también los parlamentarios.