Huérfanos de un dios menor: Vivir después de Chernóbil

Artículo publicado el 13 de Octubre de 2015
Artículo publicado el 13 de Octubre de 2015

Crónica de dos semanas de voluntariado en el sudeste de Bielorrusia. Pies descalzos, maizales, sonrisas eslavas y lágrimas mediterráneas en los fragmentos de una Europa olvidada. (Primera parte)

Chernóbil es un infierno. Nací cinco años y un mes después del 26 de abril de 1986, y lo hice en la mitad limpia del mundo. Pero cuando oigo esa palabra, imágenes apocalípticas atraviesan de repente el aire y se unen en un torrente de asociaciones mentales: "Desastre", "radiación", "cáncer", "enfermedad". Una palabra de luz –que me encanta y que celebro en mi acercamiento al arte, al estudio, a las personalidades– se desequilibra en su polisemia, gira y revela la terrorífica mitad de su rostro. "Contaminación".

La guerra terminó

Historias, libros, artículos periodísticos y películas dibujan un mundo que no he vivido, levantan un mosaico espectral sobre el desastre nuclear de Chernóbil. El mal oscuro y melifluo se arrastraba a través de bosques y campos, navegaba por el aire en carruajes. Imparable. En qué lugar debía alojarse el mal, lo decidirían los disturbios, los vientos, las lluvias. No el hombre. Este mal no tenía moneda ni voluntad, no seguía órdenes ni ideologías. Simplemente, decían los expertos, se adentraba de manera misteriosa, por medio de vegetales, agua, plantas y animales. Y allí dentro había un dominus indiscutible, que podía hacer lo que quería, incluso modificar genes y causar cáncer. 

En 1986, el mundo exterior todavía estaba dividido por la Guerra Fría, pero durante algunos días el mundo pareció ser verdaderamente redondo, unido por el mismo miedo, obligado a beber de la misma fuente de terror. El mundo se levantó una mañana y se descubrió a sí mismo por primera vez realmente globalizado. Las fronteras, de hecho, sólo sirven para inventar los Estados y para detener a la gente; los bienes y la radiación, sin embargo, no las registran, las atraviesan ilesos. Entonces, cuando explota una central nuclear, quienes pagan el precio más alto son los vecinos del reactor, los que ni siquiera tienen tiempo para NIMBY (Not In My Backyard, no en mi patio trasero, n.d.r.). Mi historia comienza aquí: La crónica de dos semanas en Yurovichy, al sudeste de Bielorrusia, en la región de Gomel, Distrito de Kalinchovicy. A 230 km de distancia de Chernóbil y 2.238 km hacinados en microbús, migrando en sentido contrario.

Ida y vuelta

Los vecinos de Chernóbil son las regiones del sur de Bielorrusia. En esta zona, una asociación del Gassino de Turín, el Comité Girotondo, ha trabajado durante quince años a favor de los niños y las familias afectadas. Aquí el daño de la radiación se ve agravado por la pobreza y el régimen político intransigente (el Presidente Lukashenko navega tranquilamente sobre el 70% desde 1994). Algunos ecos occidentales (principalmente Skrillex y Eminem) resuenan esporádicamente entre las paredes de madera de las casas.

El Comité Girotondo promueve dos acciones diferentes. Por un lado, ofrece hospitalidad en Italia a algunos alumnos de escuelas primarias bielorrusas durante un par de meses en primavera. A pesar de la brevedad, esto permite a sus organismos dispersar entre el 40% y el 60% de la radiación absorbida. Por otro lado, la asociación organiza un campamento de verano de dos semanas en la región, para permitir a los chicos italianos ver con sus propios ojos la situación y para que los jóvenes de Bielorrusia puedan descansar. El campamento de este año fue precedido por un taller de animación intercultural. De hecho, la interculturalidad realmente se practica a lo largo del campamento. No es retórico decir que Bielorrusia no es Australia: aquí las diferencias realmente existen, los antecedentes culturales y sociales emergen, se retan y se rozan. E inevitablemente, también se contaminan.

Dios no se ha detenido en Yurovichy

Bielorrusia es una tela extendida sobre la arena: Con algunas ligeras elevaciones, pero esencialmente plana. Ningún rastro de mar ni costas, y tampoco la antigua Rutenia occidental tiene salidas al mar Báltico. La única agua que fluye es el agua dulce de las grandes arterias azules y navegables, principalmente el "príncipe" Dnepr (con 2.201 km de largo, de los cuales un tercio son territorio Bielorruso). Bosques verdes e intimidantes, únicamente grabados por pequeñas carreteras provinciales, se alternan monótonamente con campos de trigo y patatas. A veces, casi por error, brotan centros residenciales, rastros melancólicos de la vida humana.

Yurovichy es uno de ellos. Las casas a menudo tienen colores muy brillantes, que reniegan de décadas de gris Brezhneviano y se rebelan en silencio. La vida pública está presente aquí sólo a lo largo de unas pocas decenas de metros. La intersección principal es vigilada por una jubilosa estatua de Lenin, a espaldas del municipio y la Dom Kulturi, una especie de centro municipal. Del otro lado se destacan el Magazyn, un emporio donde hay todo lo que uno necesita (si no hay, es porque no es necesario), y el Hospital —apreciado personalmente— con los rostros de los ancianos que se asoman por las ventanas a ver la calle, recordándonos que es también un hogar de ancianos.

Detrás del Magazyn hay un salón con una mesa de billar, donde las hijas de los dueños ponen cervezas en la nevera, las patatas fritas con ajo en el estante y el vodka a simple vista: Es el pub del pueblo, abierto todos los días hasta las diez de la noche, excepto por los "horarios locos" del fin de semana, cuando está abierto hasta medianoche. Unos metros más adelante, encontramos la escuela, el centro de la vida social: En su interior hay un gran comedor con un escenario; delante, se encuentran los bancos desgastados donde fuman los adolescentes entre el sonido metálico del rap ruso, algunos selfies y pechos de bronce; y detrás, en el desierto de hierba y arbustos donde emergen dos puertas, está el remanente de un campo de fútbol. Un pequeño hotel vagamente soviético y el monasterio ortodoxo que se destaca de la colina elevan este pueblo a la categoría de ciudad en comparación con las aldeas circundantes. En verano, durante dos semanas, la escuela es también la sede de los italianos. Dormimos en clases, jugamos en el jardín y en los pasillos, comemos y hacemos animaciones en el comedor. ¿Pueden imaginarse un grupo de australianos en Fossano o Domodossola en los años 50? La curiosidad, el calor, el asombro de los lugareños ante nosotros recordaba a aquello.

Lo hubo una vez y todavía lo hay

Invisible e impalpable, el mal sigue siendo una presencia constante e ineludible. Una nieve que no le teme a la primavera y que lo cubre todo, desde coníferas hasta miradas. Los lugareños se entristecen cuando se evoca la "Condena de Chernóbil". Emiten una resignación estoica a una fatalidad letal, contra quien no sabe rebelarse, y tal vez incluso ni siquiera pueda enojarse. Saben poco, pero saben lo suficiente como para no creer más en la indignación diplomática de los políticos y los extranjeros. A veces nuestros ojos parecen casi avergonzados, como si fueran portadores de un estigma. En el futuro, todos tendrán sus 15 minutos de catástrofe: Occidente los encontró en mitad del desastre nuclear. "Bielorrusia" fue traducido como"niños enfermos". Los bielorrusos están acostumbrados a ofrecer lo mejor a sus huéspedes: ciruelas que han recolectado descalzos y chupitos de vodka durante la cena. Ellos quisieran que también su tierra plana ofreciese lo mejor, pero ese río, esos bosques, esos prados, son parte de la zona de Chernóbil. Saben de memoria cuáles son las áreas contaminadas y dónde están vigentes las prohibiciones: De acceso, de baño, de recoger frutas y hongos. Aunque muchos las violan sistemáticamente: "Preferimos morir por culpa de la radiación a morir de hambre," declaran algunos ancianos. Entramos en un bosque que ahora debería ser seguro, purificado (tal vez) por un "trabajo conjunto" entre el Gobierno y el tiempo. No hay fauna silvestre, no asustamos ni despertamos a ningún animal. Damos la bienvenida a las ruinas de un centro de verano abandonado después de 1986, un lugar donde durante años se llevaron a cabo actividades similares a las que hemos venido a proponer. Son vestigios de un tiempo perdido. Los niños y niñas que nos acompañan profanan el sitio. Expertos, nos muestran el antiguo comedor y los baños, toman algunas fotos en este escenario suspendido y de ensueño, rodeado de agujas de pinos y hojas muertas. Tiran piedras perezosamente a los restos de una estatua de Lenin, burlonamente jubilosa, sin intercambiar el aburrimiento por ideología. Son iconos inconscientes del fatalismo. La certeza de no poder saber exactamente el coeficiente del riesgo radiactivo se desvanece con la posibilidad de vivir formando parte de esta poesía. El verano siempre se ha comprometido a velar por los baños en el río, ocultos en el bosque, por las noches en los prados para mirar las estrellas. He visto miradas que reclaman este derecho, incluso aquí. Continuará.

Este artículo es la primera parte de una profundización de cafébabel Torino dedicado a Bielorrusia.