Hungría-Eslovaquia: olvidando en bici la tragedia del pasado

Artículo publicado el 9 de Enero de 2008
Artículo publicado el 9 de Enero de 2008
Para los residentes en la frontera húngara, Schengen es un acontecimiento histórico con resultados agridulces.

Para llegar a la frontera eslovaca en la pobre ciudad industrial de Sátoraljaújhely, en el norte de Hungría sólo se necesita cruzar la calle. Se inicia en Hungría, y termina en Eslovaquia. “¡Voy en bici de un sitio a otro todas las semanas!”, exclama Sándor Pinter, una niña de 8 años. Su padre, István, tiene sentimientos más encontrados sobre la entrada de Hungría y Eslovaquia en la zona Schengen del 21 diciembre de 2007.

La historia de un castillo

La familia Pinter poseía un pequeño castillo en Sátoraljaújhely, que era más importante antes de 1920. El Tratado de Trianon fijó que la mayor parte de las tierras del Castillo permanecerían en Eslovaquia, con el grueso de la familia. Con este Tratado Hungría perdió el 71% de su territorio y el 66% de su población, y Eslovaquia se convirtió en una parte de la entonces Checoslovaquia. El Tratado de Trianon dejó profundas heridas en la vida de muchas familias que se vieron obligadas a vivir separadas por la ruptura del orden húngaro. Y no debemos olvidar el hecho de que algunos aristócratas húngaros perdieron sus posesiones junto con sus enormes fortunas.

“Aún no he estado allí”, dice amargamente, “ni siquiera después de tanto tiempo. No me han dejado hacer uso de mi propiedad todavía. Así que hasta ahora lo único que hemos conseguido es luz verde para cruzar la frontera sin documentos. ¿Y qué? ¿Necesito traer a la memoria esos malos recuerdos familiares o cualquier mal sentimiento? No lo creo. No quiero imaginar cómo habría sido la vida si no hubiéramos perdido las propiedades familiares. Schengen no mejorará mi vida, no me devolverá mis tierras. No me preocupa si tengo que seguir haciendo colas durante horas como lo hemos tenido que hacer hasta ahora.”

¿Se acabó el dolor producido por el Tratado?

Tras más de ochenta años, las heridas aún no han cicatrizado. Quizá el 21 de diciembre de 2007, cuando los límites del Espacio Schengen se abrieron a Eslovaquia, Eslovenia y Austria, resultara un bálsamo para el dolor. Desde aquel día, Hungría se convirtió en uno de los salvaguardas de la Unión, y podremos avanzar a toda velocidad sin paradas desde Sáropatak, en el norte de Hungría, al océano Atlántico.

Anna, de 25 años, estudia en Budapest, pero su familia vive en Pozsony, Bratislava, capital de Eslovaquia. No termina de creerse que ya no sufrirá las colas de los controles de pasaporte en la frontera. “¿Es un sueño?”, se pregunta. Con esto parece que la UE se hace más tangible.

Cualquier mapa te dice que el lago Ferto se sitúa entre Hungría y Austria. A partir de ahora, podremos navegar alegremente de un extremo a otro, desde que se ha convertido en una propiedad común, un tesoro común ¿Podemos vivir juntos sin vallas y hombres armados? En medio de celebraciones sobre la preparación conjunta con Suiza de la Eurocopa de futbol para 2008, las autoridades austríacas acaban de mencionar que la seguridad sería mayor para los aficionados. Las televisiones están como locas acreditándose.

Mientras tanto, los húngaros que viven en Ucrania o Serbia pueden pasar más tiempo en el país que consideran su “casa” sólo con un visado válido. Pero es una victoria agridulce. El precio de un visado supera los 10.000 florines (39 euros). Así que una reunión familiar, una cena o un encuentro con viejos amigos puede costar una fortuna. Cientos de personas se van a beneficiar. ¿Pero qué hay de las familias que no pueden permitirse comprar un visado?

Pero todo va bien

Sin embargo, la era que estaba marcada en nuestra memoria con imágenes del telón de acero y János Kádár, el dictador comunista de Hungría desde 1956 a 1988, han terminado. Olvídese de las esperas de horas en los cruces fronterizos, adivinar lo que la guardia fronteriza nos puede hacer para armar un espectáculo en vivo delante de los demás. Ya no hay que elegir una frontera, se han terminado los nervios.

Aun así, la generación de mis padres siempre tendrá vuelco en el estómago cuando cruce la frontera. Aunque la gente en la aldea de Hegyeshalom en la frontera austríaca tiene que esperar un poco más. Se ha fijado un tiempo para despejar toda la frontera de los controles y encontrar la financiación para convertir ese espacio en una autopista, que ahora está casi terminada.