Hungría: Retorno a la peor catástrofe natural europea desde Chernóbil

Artículo publicado el 10 de Enero de 2011
Artículo publicado el 10 de Enero de 2011
Harina, zumo de limón, vinagre, agua mineral, detergente, carretillas, guantes, mascarillas... No es una lista de la compra, sino donaciones urgentes para las víctimas de la catástrofe medioambiental que sufrió Hungría el pasado octubre. cafebabel.com visita el área afectada por el barro tóxico para saber cómo se organiza la ayuda sobre el terreno.

4 de octubre de 2010, pueblo de Kolontar. Un día como otro cualquiera, una pareja hace tortitas. A las 12:25, la presa de la planta de aluminio local, que contiene aguas tóxicas, se resquebraja y cede: en pocos segundos, casi un millón de metros cúbicos de material contaminante escapa de la reserva por un agujero. Una ola de dos metros de barro rojo se dirige a Kolontar, a apenas un kilómetro de distancia. No hay tiempo para huir ni reunir pertenencias. Un padre entra rápidamente en la habitación de su hijo y lo mete en un armario situado en los alto de la pared. Segundos después el barro alcanza la casa y cubre al hombre hasta el cuello. La ola desborda Kolontar y la localidad vecina de Devecser, mientras el resto del mundo observa perplejo la peor catástrofe ecológica en Europa desde Chernóbil. Hay 10 muertos, 150 heridos y 400 casas destruidas.

Un ecosistema arruinado

Tras unas pocas semanas, los medios de comunicación globales dan la espalda a la tragedia química y se centran en otras historias. cafebabel.com investiga hasta qué punto la vida en Kolontar y Devecser podrá volver a la normalidad. Estamos en la reserva de aguas tóxicas, al borde del agujero, donde los obreros trabajan contrarreloj en seis turnos para reparar el eje impulsor y excavar un canal más seguro de un kilómetro y medio. La reserva todavía contiene 2,5 millones de metros cúbicos material tóxico.

El barro rojo es un desperdicio industrial generado por la producción de aluminio, un sedimento indisoluble que contiene titanio, sodio y óxidos de silicona y de hierro, lo que le da el color cobrizo. Un análisis químico desarrollado por Greenpeace ha demostrado que, además, 50 toneladas de arsénico, 300 de cromo y media de mercurio han escapado dañando el ecosistema. Sin embargo, el principal problema es que la mezcla es muy alcalina, con un PH altísimo en el momento de la fuga.

No será posible cultivar la tierra de la región hasta, por lo menos, el próximo verano.

El contacto con la fuga puede causar serias quemaduras de difícil curación. No sólo hay víctimas entre los habitantes del área, sino también entre los equipos de rescate. Los intentos de sellar la fuga con ácido acético comenzaron al poco del accidente. No será posible cultivar la tierra de la región hasta, por lo menos, el próximo verano. El escape ha destruido casi toda la vida de dos ríos.

Ayudar a las víctimas

Reúne donaciones junto a sus amigosViajamos por la carretera roja de Kolontar, donde las señales del desastre han desaparecido. Los montones de lodo se han retirado de las calles y los pavimentos. El pueblo donde vivían unas mil personas está ahora desierto. En el centro temporal de la Cruz Roja, los voluntarios acumulan y reparten paquetes de ayuda para las familias. “Ha habido muchas iniciativas civiles”, dice Andrea Donner, voluntaria de la campaña Kidma Hungary, una organización judía montada para ayudar a mayores de edad. “Decidí ayudar a las víctimas de la catástrofe y, junto a mis amigos, organizamos una colecta de dinero que anunciamos en facebook. Hablé con los equipos de rescate sobre el terreno para averiguar qué era lo que más necesitaban las víctimas”.

Mucha gente ha estado ayudando a las víctimas del desastre a través de pequeñas iniciativas porque quieren saber cómo se utilizan las donaciones. No se fían ni de la Cruz Roja ni de las reacciones nacionales. Todavía queda por ver para qué ha sido asignado el dinero reunido (según las fuentes, 4,3 millones de euros). Desafortunadamente, no toda la movilización civil ha tenido éxito. El pintor húngaro Gabor Suveg decidió reunir 300 obras de 100 artistas para venderlas por internet y destinar el dinero a los afectados. Sn embargo, su noble propósito no tuvo buena acogida…

Mientras, los jóvenes voluntarios liderados por Andrea lograron amasar 200.000 forints (724 euros) y asegurarse donaciones por 300.000 (1.086 euros). El dinero fue usado para comprar bienes básicos transportados en camión a la localidad de Ajka para su distribución. Andrea se alegra de que por lo menos la tragedia haya “limado algunas diferencias; no importa tu edad, ni si eres judío, cristiano o musulmán, de derechas o de izquierdas. El país entero está unido en el deseo de ayudar”.

Vuelta a la normalidad

En Kolontar, descubrimos que algunas familias han ignorado el consejo de mantenerse lejos y han vuelto a sus casas sin intención de marcharse de nuevo. No quieren ni oír hablar de cómo el barro se seca y se convierte en polvo que lo hace todavía más peligroso (al entrar por vía respiratoria). Sin embargo, hay gente del pueblo que no tiene ningún lugar al que volver. “El barro tóxico come paredes, suelos y muebles, haciendo las casas inhabitables. Hay viviendas que han sido arrasadas por las inundaciones”, afirma el oficial Attila Vezendi; a continuación apunta a un solitario edificio que permanece de pie: “Hemos dejado este como recuerdo de la catástrofe”. Entramos. Parece como si estuviese recién invadido por el lodo. Observamos un agujero en una de las paredes, que no ha caído de milagro, donde cuelga una imagen de Cristo. El oficial Peter Meszaros declara que aquí solía vivir una pareja de jubilados. Él murió hospitalizado por las quemaduras. “Ella fue encontrada en un campo cercano a la granja. Ahogada”.

Volvemos a Budapest vistiendo botas militares de goma. Así lo dijeron los guardias: tras la visita, los zapatos quedan condenados a ser residuos tóxicos. Y allí siguen, en Kolontar, junto a quienes perdieron su modo de vida a las 12:25 del 4 de octubre.

Gracias a Veronika Kovacs y a Lili Szilágyi por su ayuda a la hora de compilar este reportaje, y a Aleksandra Sygiel por esperar este texto con tanta paciencia.

Fotos: © Filip Jurzyk