Hungría, un sinónimo de corrupción

Artículo publicado el 17 de Mayo de 2016
Artículo publicado el 17 de Mayo de 2016

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La corrupción es dañina, es un fenómeno que se extiende por toda Hungría y que ya es parte de su política y su vida cotidiana.  Afecta a las relaciones del gobierno con la UE, EE. UU. y Rusia. Sin embargo, ¿por qué encuentra en aumento? ¿Cuál es el rol de los sobornos en este país gobernado por el primer ministro Viktor Orbán desde 2010?

La corrupción o “mutyi” –término que recientemente cobró popularidad en los medios de comunicación húngaros– dejó de considerarse un fenómeno que sorprenda. Gracias al consentimiento tácito de la sociedad húngara, el soborno se volvió el pan nuestro de cada día durante la breve dictadura de la era Kádár. En la actualidad, la gente continúa pagando dinero extra para obtener mejores servicios en los hospitales o una atención más rápida en las oficinas. No obstante, tras la caída del comunismo en Europa del Este, este flagelo se ha insertado de tal manera en lo profundo de Hungría que según un estudio reciente, la primera palabra que le viene a la mente a los joven húngaro promedio cuando piensan en política es “corrupción”. Esta situación ha empeorado últimamente: en el ranking de corrupción realizado por Transparency International, Hungría obtuvo un puntaje angustiante, incluso si se la compara con otros países de la región.

¿Cuáles son las principales causas de esto? ¿Por qué crecieron los sobornos durante en régimen de Orbán desde 2010? Si analizamos detenidamente ciertos escándalos, la diferencia es evidente. Tomemos el caso de Miklós Hagyó, exalcalde subrogante de Budapest y supervisor del transporte público local durante el gobierno del Partido Social Demócrata (MSZP) antes de Viktor Orbán. Hagyó fue acusado de aceptar millones puestos en cajas de celulares Nokia. Se lo demandó y condenó en enero.

A pesar de que Orbán y su partido, el Fidesz (Unión Cívica Húngara), hicieron una exitosa campaña en contra del MSZP con lo de las “cajas de Nokia”, en la actualidad, la fiscalía –encabezada por Péter Polt, miembro del Fidesz desde 2010– ni siquiera se ha puesto a investigar a políticos del Fidesz envueltos en tales casos. Y hay muchos casos así: en 2012, resultó ser que las concesiones para el recientemente instituido sistema de las tabaquerías generalmente se otorgaba a aquellos con fuertes conexiones con el partido gobernante. Normalmente, tanto miembros del Fidesz como sus familiares pueden comprar terrenos increíblemente extensos que pertenecen al predio del Estado por sumas sorprendentemente bajas.  Los concursos de contratación de obra pública, apoyados en su mayoría por la UE, a menudo tienen requisitos que, obviamente, solo pueden cumplir empresas cuyos dueños tienen una buena relación con Viktor Orbán. Este es el caso de Lőrinc Mészáros, alcalde de Felcsút –ciudad natal de Orbán. Dichas obras públicas casi siempre tienen un sobreprecio de hasta el 140 a 320 %, según los resultados del Centro de Investigación Anticorrupción de Budapest. Así es como se defraudan abultadas sumas de dinero y como un altísimo porcentaje de la ayuda financiera de los fondos de la UE –que sale de los bolsillos de los contribuyentes de Europa del Este– van a parar a las cuentas bancarias de los oligarcas húngaros. No es ninguna coincidencia que Mészáros pasara de trabajar en una estación de servicio a convertirse en un hombre acaudalado y poderoso.

En 2011, se promulgó una nueva ley que habilitaba al Estado a invitar a determinadas empresas a encargarse de obras públicas sin previa licitación pública. También está el caso más reciente: György Matolcsy, gobernador del Banco Nacional Húngaro y exministro nacional de Economía. Él contribuía con fundaciones, algunas de las cuales vinculadas con Fidesz. Esas contribuciones, pagadas con dinero del Banco Nacional, muchas veces presentaban un sospechoso sobreprecio. La lista en la que figuran recién se dio a conocer luego del fallo del Tribunal Constitucional.

Sin embargo, además de la evidente falta de acción tanto de la fiscalía como de la Autoridad Tributaria Húngara (NAV), ¿existe realmente alguna diferencia entre los sobornos y el lugar que ocupaban en la política húngara antes y después del año 2010? Mi respuesta es que sí. La corrupción ha estado por todas partes desde antes de esa fecha, incluso durante el primer gobierno de Orbán entre 1998 y 2002. Claro que, en ese entonces era un efecto adverso, un problema que podría haberse resuelto sin reformar todo el sistema. Eliminar la corrupción es un desafío y una tarea que los países de Europa del Este, como Hungría, tienen que enfrentar desde 1989. Estos son los países en los que ni las instituciones democráticas ni la responsabilidad de los líderes constituían los cimientos históricos y en donde se mantuvo la influencia de algunas de las figuras prominentes del sistema anterior.

Todo cambió desde 2010: Orbán restructuró a Hungría con una mayoría de dos tercios del Fidesz en el parlamento húngaro. La corrupción en la Hungría de Orbán no es un efecto secundario sino la base de todo el régimen. En mi opinión, el Fidesz ha perdido sus principios ideológicos. Ya no es un partido conservador con votantes de clase media –como en 1998– sino un partido popular sin una base ideológica sólida: según Gábor G. Fodor, asesor de Orbán: “el concepto de una Hungría cívica era solamente un producto político”. En la actualidad, la motivación no es ideológica sino monetaria. Muchos miembros del partido, sobre todo los de la segunda generación, como Antal Rogán o János Lázár, parecieran tener una sola meta: convertir su capital político en uno económico.

Precisamente, esa es la razón por la que yo debo contradecir a muchos húngaros, liberales extranjeros, políticos de izquierda y periodistas que dicen que el régimen de Orbán es (o se está volviendo) un sistema autoritario de ultraderecha y cuyo origen es ideológico. Podría ser; no obstante, una dictadura de ese tipo sería expulsada de la UE –la mayor fuente de dinero del círculo de Orbán– en un santiamén. Por lo tanto, les resulta más beneficioso quedarse dentro de la organización y simplemente utilizar la retórica anti Unión Europea para ganar apoyo en Hungría. La fiscalía, los tribunales y parte de los medios de comunicación se encuentran bajo la presión política para que así los oligarcas puedan continuar con sus negocios sucios sin que exista la más mínima posibilidad de que se los procese.

Ahora bien, según la opinión del miembro opositor del parlamento Europeo, Benedel Jávor, Orbán tiene muchos conflictos con Bruselas y, pronto o temprano, esto podría generar una reducción del apoyo financiero que recibe Hungría.  Asímismo, siguiendo sus consideraciones prácticas, la clase dirigente llevaría al país a la otra fuente principal de ayuda financiera en Europa: la Rusia de Putin, con quien el gobierno de Orbán tiene una buena relación.  La verdadera amenaza para el delicado estado de la democracia húngara es que el país se encomendase enteramente a Putin. La razón es que así el gobierno dejaría de preocuparse por las presiones ejercidas por la UE para que se mantengan los valores democráticos básicos. Los húngaros pudieron darse cuenta de esa la corrupción interna cuando, en 2014, el gobierno estadounidense le prohibiera el ingreso a ciertos ciudadanos húngaros –tal como ocurrió con Ildikó Vida, expresidente de la NAV, fuera de EE. UU. Lo que motivó este acto, según la explicación oficial de EE. UU., fue la participación en la corrupción.

El otro peligro es un aumento en la cantidad de personas que votarían por el partido xenófobo y ultraderechista Jobbik (Movimiento por una Hungría Mejor), cuya propaganda depende principalmente de un abordaje en contra del sistema y de la corrupción. Los signos de advertencia ya son obvios: Jobbik es el partido más popular entre los votantes jóvenes, incluso entre los estudiantes universitarios.