"Ich bin ein Berliner": la extrema derecha me ha abierto los ojos

Artículo publicado el 23 de Septiembre de 2016
Artículo publicado el 23 de Septiembre de 2016

[OPINIÓN] Tras las elecciones estatales de Berlín del pasado 18 de septiembre, el Partido alemán Socialdemócrata y la Unión Demócrata Cristiana han perdido terreno respecto al partido de extrema derecha Alternativa para Alemania. Aunque no son buenas noticias, esto me ha hecho sentirme berlinesa más que nunca.

Cuando el domingo por la mañana me dirigía al colegio electoral de mi barrio de Berlín, me topé con un hombre y una mujer que iban hablando mientras paseaban a sus perros.

"Es peligroso", dijo la mujer señalando la bola verde que el perro del hombre llevaba en la boca. El hombre dijo riendo: "es daltónico".

"Es lo que siempre digo del mío también", contestó la mujer con un marcado acento berlinés.

En la capital alemana hasta el color de los juguetes de los perros se vuelve un símbolo político en un día tan importante. Pero el perro está en lo cierto. Durante los próximos años, Berlín parece que tendrá una coalición roja-verde-roja integrada por los socialdemócratas, los verdes y el Die Linke (partido de izquierdas). La Unión Demócrata Cristiana, el partido de Angela Merkelha obtenido el peor resultado de su historia en Berlín y, por lo tanto, formará parte de la oposición.

El gran vencedor de la jornada fue Alternativa para Alemania (AfD), un partido populista de derechas que, a pesar de participar por primera vez en las elecciones berlinesas, acumuló un 14,2% de los votos. Es tan triste como suena. Al contrario de lo que su nombre proclama, el AfD no ofrece ninguna alternativa política aparte de ciertas reivindicaciones populistas y de la oposición a que los refugiados entren en Alemania. No es raro que los miembros del AfD acaparen titulares por sus declaraciones racistas y sus comentarios extremistas.

Tómense como ejemplo las palabras de Beatrix von Storch, una de las líderes del AfD en Berlín, que una vez sugirió disparar a los refugiados que intentasen cruzar la frontera alemana, –por supuesto, von Storch declaró después que todo aquello fue un gran malentendido. Por otra parte, el partido está intentando recuperar el término völkisch [populista o nacionalista, en alemán, ndlr], a día de hoy en desuso ya que hace referencia a un concepto racial (y, por lo tanto, racista) que usaban los nazis. En los medios que aquel día cubrieron las elecciones, un simpatizante del AfD llegó a afirmar que ningún partido se alejaba tanto de la extrema derecha como éste lo hacía. Apagué la tele inmediatamente.

No obstante, estas elecciones también han ofrecido más de un dato positivo: el número de personas que acudieron a votar no había sido tan alto desde 2001. Alrededor de 100.000 votantes que no participaron en las pasadas elecciones quisieron hacer oír sus voces. Desgraciadamente, fue el AfD el que más beneficio sacó de todo esto. Aún así, que la gente vaya a votar siempre es algo fundamental para toda democracia. De no ser así, ¿cuál sería la alternativa? ¿Decirle a la gente que no vote para obtener el resultado deseado? Suena a broma, pero, hace unos meses, expertos en comunicación política cercanos al Partido Socialdemócrata propusieron exactamente eso.

Estas han sido mis primeras elecciones en Berlín desde que llegué a esta ciudad en febrero de 2012 y, curiosamente, este acontecimiento me ha hecho sentir más berlinesa de lo que jamás me había sentido. Nunca quise vivir en la capital; vine aquí para realizar unas prácticas y al final me quedé trabajando. Siempre ha sido la razón, más que el corazón, la que me ha dado motivos para sentirme parte de Berlín. A pesar de ello, cuando el otro día veía en la televisión los reportajes sobre las elecciones y las entrevistas de todos estos alemanes enfadados e insatisfechos, no pude evitar sentirme igual de ofendida que ellos en nombre de la ciudad. Escuchando a toda esa gente (y a las voces alarmistas de los periodistas), a cualquiera le daba la impresión de estar viviendo en el peor lugar de Europa.

Es cierto que hay muchas cosas que no funcionan bien en Berlín. Por ejemplo, se han invertido miles de millones de euros en nuestro novísimo aeropuerto y realmente nadie cree que vaya a abrir algún día. Hay lugares que siguen infinitamente en construcción, la administración es un desastre, etc. Y todo ello ya estaba antes de la llegada del AfD. Sí, puede que Berlín sea un incordio, pero es nuestro incordio.